La noche envolvía Solaria con un aire pesado. Las farolas apenas iluminaban las calles empedradas cuando Maximiliano rompió el silencio:
—¿Cuál es el siguiente paso, Izumi?
El joven respondió con espontaneidad, casi con entusiasmo:
—Es fácil. Debemos ir al Reino del Oeste y solicitar ayuda.
Maximiliano lo miró con una mezcla de incredulidad y paciencia.
—¿Fácil? —repitió, arqueando una ceja—. ¿Sabes qué tan lejos está Marvella, la capital del Oeste?
Izumi parpadeó, sorprendido por la pregunta. Antes de que pudiera responder, Maximiliano sonrió con picardía.
—Vamos a una taberna. Allí podremos pensar con calma.
El lugar era humilde y rústico: mesas de madera gastada, paredes ennegrecidas por el humo de las lámparas de aceite, y un olor a cerveza mezclado con pan recién horneado. Los murmullos de los parroquianos llenaban el aire, mientras una risa aislada rompía la monotonía.
Sentados frente a frente, Maximiliano desplegó los recursos que había recibido en el castillo: monedas de oro, documentos con sellos reales y permisos de viaje. Izumi, en cambio, apenas tenía unas provisiones y un plan improvisado.
—Mi idea era conseguir un transporte —explicó, jugueteando nervioso con el borde de la mesa
—. Un caballo, una carreta... lo que sea. Llegaríamos a Lunamar, un pueblo pesquero, y desde allí tomaríamos un barco hacia el continente del Oeste.
Max soltó una carcajada, golpeando suavemente la mesa con la palma.
—ese plan es pésimo. Ir en caballo hasta Lunamar te tomaría semanas, y ningún barco pesquero podría cruzar el océano.
Izumi frunció el ceño, pero la sonrisa de Max suavizó la crítica.
—Escucha —continuó con tono ingenioso—. Lo mejor es viajar hasta Sanquiel, un pueblo cercano. Allí podremos tomar un tren a vapor que nos lleve directamente a Puerto Nivalis, la ciudad portuaria más grande del Reino del Sur. Con mi influencia como príncipe y los documentos de mi padre, encontraremos un barco hacia el Oeste.
Izumi lo miró con alivio y asintió.
—Gracias, Max. Tu plan es mucho mejor.
El nombre salió con naturalidad, y desde ese instante, Izumi comenzó a reconocerlo como Max.
Al amanecer, tras descansar en una posada, un ciudadano aceptó llevarlos en su carreta hasta Sanquiel. Max pagó sin dudar, y el viaje comenzó.
El traqueteo de la carreta acompañaba sus conversaciones, que fluían cada vez con más confianza.
En una plaza, la carreta pasó junto a una estatua imponente de Max. Izumi la observó con ironía.
—Curioso... ¿por qué sólo hay una estatua tuya y no de tu hermana?
Max suspiró, con una mezcla de orgullo y melancolía.
—Mi padre mandó construirla después de que, junto a unos forasteros, logré detener a unos bandidos que querían saquear la ciudad. Pero nunca se ha llevado bien con mi hermana. Siempre la relegó a trabajos burocráticos, sin darle oportunidad de demostrar más. Ella dice que no le molesta, que disfruta su vida así... pero yo siempre lo he considerado injusto.
Izumi sonrió con sarcasmo.
—Veo que ni la realeza se salva de los problemas familiares.
Max lo miró con picardía.
—¿Y tu familia qué tal?
El rostro del chico se ensombreció.
—Hace poco perdí a mi padre en la última batalla contra la grieta. Era el hombre más fuerte que conocí. Gracias a la maldición podía controlar el agua como un ejército indomable, levantando muros líquidos para defender y lanzando torrentes que arrasaban todo a su paso.
Max lo escuchó con atención, inclinándose hacia él.
—Perdón... ¿Cómo fue que perdió la batalla?
Izumi bajó la mirada, con voz grave.
—Protegiéndome a mí.
El silencio se hizo pesado.
—¿Era tu única familia? —preguntó Max con suavidad.
—No. Aún tengo a mi hermana y a mi madre. Por ellas debo detener el avance de la grieta el próximo año.
Max lo miró con compasión, y su tono se volvió firme.
—Entiendo tu motivación. Ahora tengo aún más razones para ayudarte.
Izumi sonrió con humor, intentando aliviar la tensión.
—Aunque me hubiera gustado más que me entregaras algunas tropas en vez de un solo hombre. He pasado por dos reinos y sólo he conseguido un papel del Este y un hombre del Sur. Espero que en el Oeste mi suerte cambie.
Max rió, sacudiendo la cabeza.
—No sé las razones de mi padre para enviarme contigo, pero gracias a ti podré cumplir uno de mis sueños. He vivido toda mi vida en Solaria, sin poder salir de sus fronteras. Conocía el mundo sólo a través de libros e ilustraciones. Siempre soñé con verlo con mis propios ojos: todos los reinos, todas las ciudades, todas las personas posibles.
El paisaje era bucólico: campos verdes que se mecían como un mar bajo el viento, colinas suaves que se perdían en el horizonte, y ríos que reflejaban el cielo como espejos quebrados.
El viaje continuó durante dos días. Entre largas conversaciones, Izumi y Max compartieron recuerdos, anécdotas y confesiones. Poco a poco, sus diferencias se transformaron en comprensión mutua, y la complicidad entre ambos se hizo evidente.
Al tercer amanecer, la carreta se detuvo en lo alto de una colina. Frente a ellos, entre la bruma matinal, se alzaba Sanquiel, con su estación de tren a vapor y sus casas de madera que despertaban con el sol.
Editado: 19.01.2026