Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 5 - Fuera de las fronteras de Solaria

Sanquiel era un pueblo pequeño, rural, rodeado de bosques y prados que parecían interminables. La vida allí giraba en torno a la agricultura, y sus habitantes, siempre sonrientes, saludaban con la cordialidad típica del reino del sur. La calma era casi absoluta, interrumpida únicamente por el estruendo metálico del tren que partía a intervalos regulares, un sonido que rompía la paz como un recordatorio de que el mundo seguía avanzando más allá de los campos.

La calma era casi absoluta, interrumpida únicamente por el estruendo metálico del tren que partía a intervalos regulares, un sonido que rompía la paz como un recordatorio de que el mundo seguía avanzando más allá de los campos

Max observó el lugar con gesto crítico.

—Para ser el primer pueblo que visito... la verdad no es gran cosa —dijo con sarcasmo.

Izumi sonrió con paciencia.

—Casi todos los pueblos son así. Lo raro sería que todo el mundo fuera como Solaria.

Max arqueó una ceja.

—¿Y tu pueblo? ¿Es parecido a este?

—Sí, salvo por la estación de tren —respondió Izumi—. Es enorme, contrasta con todo lo demás.

El comentario despertó la curiosidad de Izumi.

—¿Estás seguro de que los trenes son más rápidos que un caballo?

Max lo miró con cierta duda.

—Nunca lo comprobé. Será mi primera vez —confesó—. Pero según los textos que leí, son el medio de transporte más veloz del mundo. Fueron ideados en Marvella, en el reino del Oeste. Esos tipos son increíbles en lo que a construcción se refiere: las mejores obras de ingeniería vienen de allá.

Izumi frunció el ceño.

—Nunca vi nada parecido desde que salí de mi pueblo y recorrí varios lugares del Este.

Max soltó una risa breve, cargada de ironía.

—Claro, aunque siendo un Eryn, habitante de las tierras del Este, con tanto orgullo por su conocimiento... deberías haber leído algo sobre trenes, ¿no?

Izumi respondió con calma.

—Ese conocimiento está concentrado en Eryndor, la capital. Los pueblos aledaños no tienen acceso a él. Yo pasé mi vida protegiendo a mi gente, no estudiando el mundo.

Max asintió, y con tono más reflexivo agregó:

—De hecho, los trenes nunca llegaron al reino del Este. Sus habitantes, y en especial los de Eryndor, jamás estuvieron de acuerdo con talar árboles o modificar sus terrenos para construir las vías. Prefirieron mantener sus bosques intactos, aunque eso significara renunciar a la velocidad y a la conexión que ofrecen los trenes. Esa decisión los aisló, pero también preservó su identidad.

Izumi lo miró un instante en silencio, recordando lo vivido en el castillo. La tensión de aquellos días hacía que la serenidad de Sanquiel resultara casi extraña, como si el contraste mismo fuera un alivio. Finalmente, rompió el silencio:

—Bueno, entonces será nuestro primer viaje en tren juntos.

La estación destacaba sobre el resto del pueblo, con su estructura de hierro, vigas macizas y el olor penetrante del carbón impregnando el aire. Los aldeanos hablaban con orgullo de ella: era útil, había traído prosperidad y conexión con otros lugares. Para ellos, el tren ya no era novedad, sino parte de la rutina.

Izumi y Max compraron sus boletos tras preguntar a comerciantes y vecinos por horarios y funcionamiento. Cuando la máquina de vapor apareció, con su cuerpo metálico y engranajes relucientes, los aldeanos apenas se inmutaron. Para Max, en cambio, fue imposible no detenerse a observar cada detalle técnico: las válvulas, el acero reforzado, el sonido del motor.

—No parece tan rápido —comentó Izumi con naturalidad mientras subían al vagón.

—Ya veremos —respondió Max, ajustándose la capa con gesto cotidiano.

Y así, entre palabras simples y sin mayor ceremonia, ambos se acomodaron en el tren que los llevaría a Puerto Nivalis.

El tren avanzaba con un estruendo constante, y pronto la velocidad se hizo evidente. Max, con una sonrisa ladeada, comentó:

—Definitivamente ahora veo a los caballos como tortugas

Izumi soltó una risa breve.

Ambos compartieron ese momento ligero, dejando que la sorpresa por la rapidez de la máquina se mezclara con un humor sencillo. Era un respiro, un contraste con los días tensos que habían vivido en el castillo.

Max, ajustándose la capa, miró por la ventana y dijo con naturalidad:

—Según lo que conversamos, el viaje tomará unas cuatro horas. Para aprovechar el tiempo... ¿te molesta si me cuentas más sobre esa grieta que se abre en tu pueblo? No es por incomodar, pero si voy a enfrentarme a algo, prefiero tener todo el conocimiento posible.

Izumi lo miró con calma.

—No me molesta —respondió, y tras un breve silencio comenzó a relatar—. La grieta se abre todos los años en el mismo lugar, el mismo día y a la misma hora: el 26 de abril, a la 01:23 de la madrugada.

Su voz se volvió más grave mientras describía la escena:

—El suelo tiembla, la tierra se parte con un rugido que parece venir de lo más profundo. Un resplandor oscuro se extiende como humo, y de allí emergen demonios de todo tipo: pequeños, grandes, con garras afiladas, con dientes que parecen cuchillas. Al inicio, la grieta era pequeña y solo podían salir criaturas menores que logramos contener. Pero cada año se hacía más grande... y en la última batalla aparecieron demonios que no pudimos controlar. Arrasaron gran parte de mi pueblo y se llevaron muchas vidas... entre ellas, la de mi padre.

Max lo escuchaba con atención, intrigado.

—¿Cuánto tiempo permanece abierta?

—Aproximadamente una hora —contestó Izumi.



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Editado: 19.01.2026

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