Puerto Nivalis era la ciudad que concentraba la mayor parte del comercio exterior del reino del sur. Sus barcos transportaban bienes hacia el Oeste y el Norte, convirtiéndola en el verdadero pulmón económico de Solaria. La bahía se extendía inmensa, de aguas tranquilas y azul profundo, protegida por formaciones rocosas y colinas áridas. Aunque a simple vista parecía calma, bastaba imaginar las interminables filas de barcos mercantes entrando y saliendo sin descanso, cargados de especias, minerales, telas, grano y objetos exóticos de tierras lejanas.
El tren llegó con un estruendo metálico que se mezclaba con el bullicio de la ciudad. El humo de la locomotora se elevaba en columnas oscuras, disipándose sobre el puerto. Apenas las puertas se abrieron, la multitud descendió con prisa, como si el tiempo en aquel lugar corriera más rápido. Los pasajeros se dispersaban en todas direcciones, hablando de precios, ventas y trueques, sin detenerse más que lo necesario para cerrar un trato.
Max observaba maravillado.
—¡Woow! Nunca había visto tanta gente reunida en un mismo lugar —comentó con entusiasmo.
Izumi, en cambio, se sentía abrumado.
—Me genera algo de estrés... —murmuró, justo cuando un ciudadano chocó su hombro y siguió su camino con un "disculpe" rápido, sin perder el ritmo de su carrera.
La ciudad ascendía desde el borde del mar hacia las colinas, formando una metrópolis escalonada. Los edificios, de piedra clara y formas sólidas, estaban pensados para resistir el viento marino y el paso del tiempo. En los niveles bajos se encontraban almacenes, mercados y casas de comerciantes, donde el aire olía a sal, aceite y mercancías recién llegadas. Más arriba, las viviendas se volvían más amplias y ordenadas: barrios enteros dedicados a artesanos, navegantes y funcionarios que controlaban impuestos y rutas comerciales. Las calles estrechas, pensadas para proteger del sol, estaban siempre llenas de movimiento.
Los muelles de madera y piedra se extendían como brazos gigantes hacia el mar, recibiendo barcos mercantes de todo tipo: grandes naves de casco ancho y pequeñas embarcaciones que entraban y salían sin descanso. Estibadores descargaban cajas y barriles mientras comerciantes gritaban precios en un tono veloz pero educado, como si cada palabra fuera parte de una transacción urgente.
En un extremo, elevándose sobre la roca, se alza una gran torre de vigilancia, visible desde kilómetros mar adentro. No es solo un faro: es símbolo de poder y control. Desde allí se regulan las entradas y salidas del puerto, se avistan barcos enemigos y se anuncian las llegadas importantes. Por la noche, su luz guía a las flotas como un ojo eterno que nunca parpadea.
Max, con una sonrisa, se giró hacia Izumi.
—Lo primero que haré será probar el famoso Guiso del muelle mayor. Es típico de aquí, siempre quise hacerlo.
El plato, nacido en los muelles y preparado originalmente por estibadores y marineros, había sido refinado con el tiempo por comerciantes ricos sin perder su esencia. Hoy era el símbolo gastronómico de la ciudad, servido tanto en tabernas ruidosas como en salones elegantes. Su mezcla de pescado de aguas profundas, mariscos variados, granos secos, raíces salinas y especias extranjeras lo convertía en un reflejo del comercio que sostenía a Puerto Nivalis.
Izumi lo miró con cierta decepción.
—Haz lo que quieras, yo iré al puerto a consultar los barcos.
Max asintió feliz y se perdió entre la multitud en busca de su comida, mientras Izumi avanzaba hacia los muelles. Preguntó a un estibador por los barcos hacia Tefara, la ciudad portuaria del Oeste. El hombre, ocupado cargando barriles, respondió con rapidez:
—Creo que el barco de pasajeros salió hace una hora. Corra al muelle quince, allí llegan los barcos de pasajeros, quizá alcance.
Izumi corrió adaptándose al ritmo frenético de la ciudad, pero al llegar al muelle lo encontró vacío. Solo un hombre de traje formal lo esperaba con actitud servicial.
—¿El barco hacia Tefara ya partió? —preguntó Izumi.
—Sí, estimado. Ha llegado tarde. Pero puedo ayudarlo con los boletos para el próximo viaje.
—¿Y cuánto tardará en llegar el próximo?
—Este mismo día, de la próxima semana. Los viajes son espaciados, la mayoría viaja por comercio en sus propios barcos, no por turismo.
Izumi agradeció con serenidad y se sentó frente al mar, en calma, observando el muelle vacío. El bullicio de la ciudad quedaba atrás, y el sonido del agua golpeando suavemente contra la piedra lo envolvía mientras esperaba a Max para contarle la situación.
Izumi seguía contemplando el mar cuando sintió un golpe en la espalda. Era Max, que lo saludó con una sonrisa cansada:
—¿Qué pasa, solitario? Aquí debemos esperar el barco.
Izumi lo miró con un gesto levemente molesto. Max se encogió de hombros y añadió:
—Mmmm... creo que nos fue mal, ¿verdad?
Editado: 19.01.2026