Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 7 - Rumbo a Tefara

La mañana siguiente amaneció clara y fresca en Puerto Nivalis. El muelle estaba lleno de movimiento: estibadores cargando mercancías, comerciantes discutiendo precios y marineros ajustando sogas y velas. En medio de ese bullicio, Luis esperaba a Izumi y Max junto a su barco, un navío de tamaño medio, sólido y funcional, preparado para transportar mercancías y atravesar largas distancias.

Al verlos llegar, Luis los recibió con un abrazo fuerte, como era su costumbre, y con una sonrisa franca.

—Todo listo, compas. Solo me falta terminar unos papeleos antes de zarpar hacia Tefara.

Les pidió los documentos que habían traído desde Solaria. Izumi y Max los entregaron con calma; eran certificados de viaje y permisos que habían guardado con cuidado desde su salida. Luis los revisó rápidamente y asintió satisfecho.

—Perfecto, todo en orden. Suban al barco, conozcan la tripulación y acomódense. Yo termino esto y nos vamos.

Izumi y Max subieron con entusiasmo. El barco tenía una tripulación de diez hombres: cinco estibadores encargados de la carga y descarga, un navegante que apoyaba a Luis en el timón, un guardia adicional, y Luis como capitán. La organización era simple y práctica, sin adornos innecesarios. Cada uno sabía su rol y lo cumplía con disciplina.

El primer día transcurrió con calma. La rutina era estricta pero sencilla: los estibadores se encargaban de la limpieza y las comidas; Luis navegaba y tres veces al día revisaba el inventario con precisión, asegurándose de que nada faltara; el navegante lo reemplazaba cuando era necesario; los guardias patrullaban el barco, atentos a cualquier peligro o intruso.

Max, fiel a su carácter extrovertido, se integró rápidamente con los estibadores. Entre risas y bromas, se burlaba de sí mismo cuando tropezaba por el mareo, o inventaba chistes sobre la carga que parecía más pesada que él. Los estibadores lo recibieron con simpatía, y pronto se convirtió en el centro de pequeñas conversaciones que aligeraban la jornada. Izumi, en cambio, observaba todo con serenidad, manteniendo cierta distancia. No intervenía en las bromas, pero su mirada tranquila parecía disfrutar del contraste entre la disciplina del barco y la espontaneidad de su compañero.

Esa noche, Izumi subió a cubierta. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban con intensidad sobre el mar oscuro. Se apoyó en la baranda, contemplando el horizonte infinito. Luis, que seguía al timón, lo saludó con complicidad.

—También te gustan las estrellas, compa —dijo con una sonrisa cansada

—También te gustan las estrellas, compa —dijo con una sonrisa cansada.

—Son hermosas e inalcanzables —respondió Izumi—. Eso me gusta de ellas.

Luis rió suavemente, y su voz se volvió más íntima. Le habló de su pueblo, Río Encanto, un lugar en el reino del Sur donde su padre había sido pescador toda la vida. Contó cómo aquel hombre nunca se atrevió a vender más allá de su gente, hasta que un comerciante del Norte llegó y les mostró otro mundo. Luis relató sus propios comienzos en Puerto Nivalis: duros, llenos de trabajo y sacrificio, hasta que logró comprar su barco y dedicarse al comercio entre reinos.

Finalmente, confesó lo que más le dolía: la distancia con su esposa y su hija pequeña.

—Son mi motor, compa. Pero no estar con ellas en estos viajes tan largos... eso es lo que más me pesa.

Izumi lo escuchó con atención, y en sus palabras se reflejó también su propio anhelo.

—Entiendo ese sentimiento. Yo también espero volver a ver a mi madre y a mi hermana.

Luis lo miró con afecto paternal y asintió.

—Descansa, muchacho. Mañana será otro día largo en el mar.

Ese momento quedó como un secreto compartido solo entre ellos, bajo el cielo estrellado, cargado de nostalgia y vulnerabilidad.

El segundo día, durante una ronda, Max escuchó un llanto tenue proveniente del almacén. Era un sonido frágil, como el de una niña pequeña que murmuraba la palabra "mamá". Intrigado, recorrió el lugar, revisó cada rincón, pero no encontró nada. Se rió nervioso, atribuyéndolo al mareo.

—Seguro son alucinaciones —murmuró, tocándose la cabeza.

Esa noche, su curiosidad lo llevó de nuevo al almacén. El silencio lo envolvía hasta que, de pronto, el llanto se repitió, más desgarrador, más claro. Max abrió la puerta apresurado, pero solo halló vacío. El eco se desvaneció en la oscuridad.

Al día siguiente, le contó a Izumi lo ocurrido. Izumi, fiel a su racionalidad, se rió.

—Los fantasmas no existen. Seguro eran ruidos del barco.

—No, Izumi, escuché claramente la palabra "mamá". —Max insistió, inquieto.

—No creo que sea buena idea esparcir rumores en un barco que le costó tanto a Luis.

Max aceptó no decir nada, pero pidió a Izumi que lo acompañara en la siguiente ronda. Juntos revisaron el almacén, esperaron largo rato, pero no escucharon nada. Izumi lo miró con calma.

—¿Ves? Nada de fantasmas.

Max sonrió nervioso.

—Supongo que fue mi imaginación.

Esa misma noche, Max volvió solo al almacén. El barco estaba en silencio, y el mar golpeaba suavemente contra el casco. Se detuvo frente a la puerta, contuvo la respiración y escuchó. El llanto regresó, más claro, más cercano, como si la niña estuviera justo detrás de la madera.

Max abrió la puerta de golpe. Dentro, nuevamente solo había silencio y oscuridad.

El eco de aquel llanto quedó suspendido en la noche, como si el mar guardara un secreto.



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Editado: 19.01.2026

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