Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 8 - El fantasma en el barco

Max, decidido a no dejarse engañar por su propia mente, fingió salir del almacén y abandonó sus tareas como guardia. En silencio, se deslizó detrás de unas cajas apiladas, oculto en la penumbra. El aire era pesado, impregnado de humedad y madera vieja; el polvo flotaba como un velo invisible, y cada crujido de las tablas parecía amplificar la opresión del lugar. Allí, inmóvil, se convirtió en parte del entorno, esperando descubrir qué era aquello que había escuchado tantas veces en la oscuridad.

Arriba, en cubierta, Izumi buscaba despejar su mente. Saludó brevemente al navegante que reemplazaba a Luis y permaneció un rato contemplando el mar, hasta que decidió regresar a su cuarto. En el pasillo se encontró con Luis, quien lo saludó con su habitual calidez:

—Hola, compa, otra vez contemplando las estrellas arriba.

—Sí, pero ya me iba a dormir —respondió Izumi con una sonrisa cansada.

Luis lo invitó a tomar un café en el comedor, como acostumbraba antes de retomar la navegación. el chico aceptó.

La conversación entre ambos fluyó tranquila. Izumi preguntó por el viaje y Luis respondió con serenidad:

—Todo ha ido bien, está siendo un viaje tranquilo. Si todo sigue así, en cuatro días más estaremos pisando tierras del Oeste.

Izumi se alegró. Luis, curioso, preguntó:

—¿Qué es lo primero que harás al llegar ahí, compa?

—Debo encontrar la manera más rápida de llegar a Marvella —contestó.

Luis sonrió y compartió su propio plan: visitar a los padres de su esposa en Tefara, ancianos amables con quienes deseaba pasar un día de descanso. Izumi lo felicitó con sinceridad, y tras esa charla ambos se despidieron: el chico se retiró a su cuarto, Luis volvió al timón.

El silencio de la madrugada envolvía el barco cuando, de pronto, un crujido seco quebró la calma en el almacén. Max se tensó al instante. Con precisión minuciosa se incorporó, y al distinguir una silueta en movimiento gritó:

—¡Quieto ahí! —apuntando con su espada.

El caos estalló: cajas cayendo, pisadas apresuradas, pequeños gritos desgarradores que repetían "¡mamá, mamá!". Max encendió una antorcha y la luz reveló la verdad: una niña de unos diez años, cabello negro, ojos azules y ropas gastadas, estaba tirada en el suelo, llorosa y temblorosa.

Sorprendido, Max bajó la espada y preguntó con voz firme pero contenida:

—¿Y tú quién eres?

Antes de que la niña respondiera, un ruido detrás de él lo alertó. Giró y recibió el ataque de una mujer que se lanzó sobre su cuerpo. Con un golpe rápido la apartó, y la niña corrió hacia ella gritando "¡mamá!". La mujer, de unos treinta años, cabello rojo y mirada intensa, vestía ropas sencillas de campesina. Ambas estaban exhaustas, hambrientas, con el miedo grabado en sus gestos.

Ambas estaban exhaustas, hambrientas, con el miedo grabado en sus gestos

Max las observó con compasión.

—No son piratas... díganme cómo llegaron aquí.

La madre, aún con desconfianza, respondió con voz quebrada:

—No nos mates. Déjame tomar un barril y nos lanzaremos al mar.

Max bajó la espada por completo y habló con calma, en frases largas y explicativas, buscando transmitir seguridad:

—No voy a hacerles daño. Pero necesito saber quiénes son y cómo terminaron aquí. Si me lo dicen, les prometo que no las delataré.

La mujer se incorporó lentamente, con lágrimas en los ojos.

—Mi nombre es Ellen. Escapo del reino del Norte. En mi pueblo me culpan por las malas cosechas y la muerte del ganado... porto una maldición heredada. No me queda mucho tiempo de vida, y solo busco un lugar donde mi hija pueda vivir en paz.

Max comprendió de inmediato: aquella confesión era apenas un fragmento de algo mayor, una pista que conectaba con las antiguas historias de las maldiciones. Miró a la niña y preguntó suavemente:

—¿Por qué saliste de tu escondite?

La niña bajó la mirada, incapaz de responder. Ellen explicó:

—No hemos comido nada en días. Mi hija ya no aguantaba. Le prohibí salir, porque si faltaba algo del almacén empezarían a sospechar... pero no me obedeció.

Max caminó unos pasos alrededor del almacén, pensativo. Finalmente se detuvo y declaró con firmeza:

—No le diré a nadie lo que ocurre aquí. Pero deben prometerme que no tomarán nada del almacén y que no volverán a salir ni hacer ruido.

Ellen, con lágrimas de gratitud, asintió. Max agregó con tono protector:

—Tranquila. He conocido a otros con maldiciones como la tuya, y sé que eso no significa maldad.

La madre y la niña regresaron a su escondite, un hueco estrecho entre las cajas. Max apagó la antorcha y, en silencio, volvió a su cuarto. No hubo gestos simbólicos, solo la acción directa de retirarse con el peso de una nueva responsabilidad.

En su interior, sin palabras, aceptó la carga heroica de proteger aquel secreto. Y aunque la noche volvió a ser tranquila, se podía sentir que este encuentro abría una nueva línea de conflicto que marcaría el futuro

Durante los siguientes dos días, Max aprovechó sus rondas de guardia para deslizarse hasta el almacén y dejar pan duro, agua fresca y, cuando podía, alguna fruta seca. Cada encuentro era breve, pero suficiente para que la relación entre ellos comenzara a transformarse.

Al principio, la niña lo miraba con desdén, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

—Ya llegó el Guardian de la comida —murmuraba con ironía, como si quisiera marcar distancia.

Max respondía con una sonrisa ladeada y un comentario sutil:

—Pues menos mal que alguien vigila que no te comas todo el almacén.



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Editado: 19.01.2026

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