Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 9 - Guardianes

La mañana del 18 de julio amaneció fría. Max lo sintió en la piel: el aire cortaba como cuchillas, su aliento se dibujaba en nubes breves, y el entumecimiento en sus manos le recordaba que habían cruzado hacia el otro hemisferio. El mar, silencioso y vasto, parecía observarlos con indiferencia, un testigo eterno de las rutas y las batallas que se libraban sobre su superficie. Luis, con voz firme, le confirmó que ya estaban cerca de su destino.

Max se retiró a su patrullaje, con la clara intención de llevar algo de ropa a Ellen y Karina. El barco crujía bajo sus pasos, como si compartiera el mismo frío que él.

Un grito rompió la calma:

—¡Barco desconocido!

Izumi corrió hacia la cubierta. Apenas llegó, un estruendo sacudió el aire y una columna de agua se levantó frente al casco. Luis y el otro guardia gritaron al unísono:

—¡Nos atacan, tienen cañones!

Max, que estaba con las dos mujeres, escuchó el estrépito y corrió hacia arriba. Ellen lo detuvo un instante, con voz temblorosa:

—¿Qué está pasando? Por favor, no les digas dónde estamos.

Max asintió con frialdad y algo desconcertado.

—Pase lo que pase, no salgan de su escondite.

En cubierta, el caos reinaba. Los estibadores corrían sin rumbo, el timón vibraba bajo las manos de Luis. Izumi, con el rostro endurecido, le explicó:

—Nos atacaron. Luis ordenó tirar todo lo que no sirve al mar para ganar velocidad.

—¿Quién nos atacó? —preguntó Max.

—No lo sabemos.

Max trepó con agilidad el mástil para tener mejor visión. Un segundo disparo retumbó, arrancando astillas y desgarrando una vela. Bajó de inmediato y gritó:

—¡Son piratas! ¡No llevan bandera de ningún reino!

Luis maldijo.

—Este barco no tiene cañones... y solo somos tres guardias. Nunca pensé que los rumores de la taberna fueran ciertos.

Izumi los escucha y agrega

—No podremos escapar y menos ahora con una vela menos, Luis debemos pelear

Las risas de los piratas se acercaban. Luis ordenó:

—¡Todos tomen un arma y dispónganse a proteger sus vidas!

Los estibadores, armados con palos y herramientas, se alinearon con miedo. El navegante huyó. Luis y el guardia defendieron el timón. Max e Izumi se plantaron en la proa, con expresiones serias, esperando.

El barco pirata se acercó lo suficiente para mostrar a veinticinco hombres desaliñados, con ropas negras y barbas enmarañadas

El barco pirata se acercó lo suficiente para mostrar a veinticinco hombres desaliñados, con ropas negras y barbas enmarañadas. Flechas de fuego surcaron el aire.

—Idiotas —murmuró Max—, ¿Por qué quieren quemar el barco si su objetivo es la mercancía?

Izumi levantó las manos. El agua del océano respondió, interceptando cada flecha con movimientos precisos, solemnes, como si el mar obedeciera a su voluntad.

—Bien hecho, amigo —dijo Max, bajando hacia los estibadores—. Debemos protegernos entre nosotros, estos tipos que se acercan no son como la gente que han conocido, son gente sin honor y pelean sucio con el fin de matarlos, son sus vidas o las de ellos, no tengan miedo. Busquen interceptarlo cuando intenten entrar al barco, si caen al mar ya no serán un problema, ¡Confío en ustedes! Volveremos todos vivos con nuestras familias.

El choque de los barcos sacudió la cubierta. Los piratas saltaron a bordo. Izumi lanzó un chorro de agua que arrastró a varios de vuelta a su barco. Max, con mirada fría, atravesó a un pirata frente a todos. El silencio de los estibadores fue inmediato: miedo y respeto se mezclaron en sus ojos.

La lucha se volvió brutal. El mar rugía, el barco crujía, y la sangre manchaba la madera. Izumi repelía con agua a los invasores, cada movimiento calculado, cada gesto solemne. Max, implacable, cortaba y atravesaba sin piedad.

Luis gritó desde el timón:

—¡Este es mi barco! ¡He trabajado toda mi vida para conseguirlo! ¡No dejaré que unos idiotas me lo quiten!

Max e Izumi corrieron hacia él. Max enfrentó a cinco piratas a la vez, su espada brillando con violencia. Izumi empujaba con agua, pero los enemigos volvían a subir. En medio del caos, dos piratas atravesaron a Luis mientras defendía el timón. Su cuerpo cayó con un golpe seco, dejando un vacío inmediato. El timón fue tomado por un pirata que giró bruscamente, lanzando a todos al suelo.

Max miró alrededor: Luis muerto, los estibadores casi aniquilados, el guardia rodeado. Izumi quiso atacar de nuevo, pero Max lo detuvo con fuerza.

—No podemos ganar esto ahora.

—¿Qué estás diciendo? —rugió Izumi, con los puños apretados y la mirada llena de odio.

—Si atacamos, moriremos. Tengo un plan. Confía en mí. Debes generar una distracción, lo más grande que puedas.

Izumi, frustrado, aceptó. Levantó los brazos y el mar respondió con furia: una ola inmensa barrió la cubierta, arrastrando a piratas y cadáveres por igual. Max sujetó a Izumi y juntos corrieron hacia el almacén.

Dentro, Ellen y Karina permanecían ocultas.

Ambos entraron al almacén con el corazón acelerado. Izumi, aún con la tensión en el rostro, se inclinó para arrastrar una caja y bloquear la entrada. Max lo detuvo con firmeza, sujetándole el brazo.

—No —dijo en voz baja, con un tono helado—. Sospecharán si encuentran este almacén cerrado.

Ellen salió al escuchar la voz de Max.

—¿Qué está pasando?

—No podemos explicar ahora. Solo necesitamos tu escondite.

Se refugiaron en el pequeño espacio. Donde antes había calidez y esperanza, ahora reinaba el miedo e incertidumbre. El silencio era absoluto, roto solo por el crujido del barco.



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Editado: 19.01.2026

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