La puerta del almacén se abrió de golpe.
La madera crujió contra la pared cuando tres piratas irrumpieron entre risas, empujando cajas y barriles como si el lugar les perteneciera. El eco de sus botas se extendió por el espacio cerrado, rebotando entre las sombras. En un rincón, ocultos tras la carga, Max, Izumi, Ellen y Karina permanecieron inmóviles, conteniendo incluso la respiración. Ninguno se atrevió a parpadear.
—Aquí tampoco hay nadie —dijo uno de los piratas, pateando una caja—. Pero mira esto... obtuvimos muy buen botín. Esto nos servirá mucho.
Las risas se apagaron de golpe cuando un paso distinto resonó detrás de ellos.
No fue rápido ni ligero. Fue pesado. Cada pisada parecía hundirse en la madera del barco, anunciando su presencia antes de que apareciera. Un hombre de gran altura entró al almacén. Su cuerpo era ancho, compacto, y su sombra se alargó sobre los piratas como una advertencia muda. Su mirada recorrió el lugar con desprecio.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó con voz grave—. ¿Encontraron algo?
Los piratas bajaron la cabeza de inmediato.
—No, Draken... —respondió uno—. Solo estaba el idiota que se escondió en la cocina.
El navegante. El recuerdo de su huida cruzó fugazmente por la mente de Max.
Draken gruñó, claramente insatisfecho.
—Bien. Ustedes y toda la tripulación que sobrevivió llevarán este barco a tierra. Allí vendan todo. Incluso al hombre secuestrado. Quédense con eso como su pago.
Se giró antes de salir.
—Yo seguiré atacando barcos —añadió—. Aún tengo que encontrar a esas mujeres.
No explicó quiénes eran. No hizo falta. El frío que dejó tras sus palabras fue suficiente.
Cuando se marcharon, el silencio volvió a apoderarse del almacén. Un silencio más pesado que antes.
—No sé cuál era tu plan, Max —susurró Izumi al cabo de un rato—, pero si es quedarnos escondidos aquí... no lo pienso seguir.
Max no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en la pared, como si aún pudiera atravesarla con los oídos.
—No —dijo por fin—. Pero por ahora debemos esperar.
Izumi frunció el ceño.
—¿Esperar a qué?
—A estar cerca de tierra —respondió Max—. Cuando llegue ese momento, necesito que hundas el barco.
Izumi lo miró como si no hubiera escuchado bien.
—Nunca he hecho algo así —admitió—. No sé si pueda lograrlo.
Max sostuvo su mirada. No había seguridad en su expresión, solo una convicción silenciosa.
—Yo sé que puedes.
Karina, ajena al peso de la conversación, levantó la mano con curiosidad.
—¿Y por qué no salen y matan a esos piratas?
Max negó despacio.
—Aunque los matemos, no sabemos dónde estamos ni a dónde ir. Además... ninguno de nosotros sabe navegar un barco.
Mientras hablaba, retiró con cuidado una astilla de la pared y abrió un pequeño agujero. A través de él observó el mar, interminable.
—Así que espero que ustedes dos sepan nadar bien.
Los días siguientes pasaron sin forma ni sonido. Dos días enteros escondidos, compartiendo el aire viciado del almacén, escuchando pasos sobre sus cabezas, voces lejanas, el crujido constante del barco. El tiempo se volvió espeso, casi irreal.
Cuando Max volvió a mirar por el agujero, una línea distinta rompía el horizonte.
Tierra.
Aún estaba lejos, pero era suficiente.
Esperaron.
Cuando Max confirmó que estaban lo bastante cerca, se movieron por primera vez sin cuidado. Ellen abrazó a Karina con fuerza antes de tomar un barril vacío y asegurarlo para que flotara. Max se quitó la armadura, envolvió su espada y su capa con telas resistentes. Izumi cerró los ojos.
Respiró hondo.
El mar comenzó a agitarse.
Al principio fue apenas un temblor, un vaivén irregular. Luego las olas crecieron, chocando unas contra otras desde direcciones imposibles. El barco empezó a crujir, balanceándose de forma violenta.
Arriba, los piratas gritaban. Corrían sin rumbo, se acusaban unos a otros, perdían el equilibrio.
La puerta del almacén se abrió de golpe.
Un pirata los miró, paralizado por el impacto.
No llegó a gritar.
Max avanzó un paso y lo derribó con un golpe seco en el mentón.
Izumi alzó las manos.
Las movió con una fuerza que no parecía humana.
El mar respondió.
Una ola inmensa se alzó junto al barco y lo volcó como si fuera un juguete. La cubierta desapareció, el mundo se dio vuelta, y el agua irrumpió por todos lados. La madera se partía, el metal rechinaba, los gritos se ahogaban.
Max golpeó con todas sus fuerzas el pequeño agujero que había hecho antes. La pared cedió y abrió una vía de escape. Izumi salió primero, lanzado al mar embravecido. Max esperó.
Ellen apareció cargando a Karina y el barril. Max la ayudó a salir.
Emergieron a la superficie entre restos del barco y cuerpos que luchaban por no hundirse. Algunos piratas gritaban, otros desaparecían bajo las olas.
Izumi nadaba hacia la orilla con movimientos torpes pero decididos. Max empujó el barril con Karina encima y lo siguió. Ellen avanzaba más atrás.
Cuando Izumi tocó la arena, cayó de rodillas y luego de lado, completamente exhausto. Max llegó poco después y se dejó caer sobre el barril, jadeando.
—¿Y mamá? —gritó Karina de pronto—. ¿Dónde está mi mamá?
Max alzó la vista.
Ellen no estaba.
Se puso de pie de inmediato, dispuesto a volver al mar, cuando una voz lo detuvo.
—Hija... aquí estoy.
Ellen emergía más lejos, caminando con dificultad. Su mano sangraba de forma alarmante. A su lado, sostenía al navegante.
Editado: 27.01.2026