Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 11 - Tierras desconocidas

Izumi despertó sobresaltado, con el aire atascado en la garganta y el pulso martillándole las sienes. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Arena fría bajo la espalda. El murmullo del mar rompiendo no muy lejos. Una fogata improvisada que chisporroteaba a pocos pasos, iluminando siluetas encorvadas alrededor del fuego.

Seguían en la playa.

Todos estaban allí, con las ropas extendidas sobre piedras y ramas para secarlas, acercándose al calor como si este pudiera borrar el cansancio acumulado. Max fue el primero en notarlo despierto.

—Al fin despertaste —dijo, forzando una sonrisa—. ¿Qué tal estuvo la siesta?

El intento de humor no funcionó.

Izumi se incorporó de golpe. La confusión dio paso a una oleada de ira contenida. Antes de que Max pudiera reaccionar, Izumi lo tomó del cuello de la camisa y lo atrajo hacia él, lo suficiente para que solo él pudiera oírlo.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó con la voz baja, tensa—. ¿Quiénes son esas mujeres? ¿Son a las que los piratas estaban buscando? ¿Por ellas nos atacaron? ¿Por qué sabías dónde se escondían? No me dijiste nada.

Max no se resistió. Se notaba exhausto: los hombros caídos, el rostro pálido, los ojos cansados. Aun así, levantó las manos en señal de calma.

—Lo siento —dijo—. De verdad. No sabía nada de los piratas. Te lo juro.

Izumi no aflojó de inmediato.

—Habla.

—Conocí a Ellen y a Karina en el barco—continuó Max—. Las ayudé con comida y agua. Eso es todo. Nunca supe que alguien las estuviera buscando así... ni que llegarían tan lejos.

Izumi lo soltó con brusquedad y giró la mirada hacia la niña. Karina estaba sentada cerca del fuego, con los brazos cruzados, observándolo sin parpadear. No había miedo en su expresión. Solo una quietud tensa.

—Tú lo sabes —dijo Izumi, con un tono que no dejaba espacio a dudas.

Karina no respondió. Sostuvo la mirada, desafiante, los labios apretados.

—Ella no sabe nada —intervino una voz firme.

Ellen regresaba desde la orilla, cargando lo poco que había logrado rescatar entre los restos del barco, comida, agua y algunas herramientas. Se detuvo junto al grupo, dejando las cosas cerca del fuego.

—Pero yo tengo una idea.

Izumi la observó en silencio. Ellen respiró hondo antes de empezar a hablar.

—Como te contó Max, venimos escapando de un pueblo en las fronteras del reino del norte —dijo—. Los aldeanos me culparon de las desgracias que empezaron a azotar la región. Decían que era por una maldición.

Alzó la vista un instante, como si midiera cuánto debía decir.

—Mi familia era grande. Poderosa. Todos portábamos la misma maldición, compartida por el clan. Durante años no fue un problema... hasta que, sin previo aviso, comenzaron a responsabilizarnos de todo lo malo que ocurría. Malas cosechas. Enfermedades. Muertes.

El fuego crepitó.

—La gente empezó a perseguirnos. La capital apoyó la cacería. Mi esposo y yo logramos huir y asentarnos en un pueblo pequeño. Allí nació Karina. Por un tiempo creímos que habíamos dejado el pasado atrás.

Max apretó los puños, en silencio.

—Pero las cosas volvieron a ir mal —continuó Ellen—. Y cuando los aldeanos supieron quién era yo... nos expulsaron. Sin juicio. Sin advertencia.

Izumi frunció el ceño.

—En el puerto de Northgate —siguió— nos atacaron por primera vez. Draken encabezaba a un grupo de hombres. Era un aldeano del pueblo que nos había exiliado.

Karina bajó la mirada.

—Cuando nos fuimos —dijo Ellen—, las desgracias no cesaron. Eso solo reforzó la idea de que la maldad no desaparecería hasta que estuviéramos muertos. Por eso Draken empezó a contratar bandidos. Piratas. A cualquiera que estuviera dispuesto a cazarnos.

El silencio que siguió fue pesado.

Izumi se llevó una mano a la frente, pensativo. Cuando habló, su voz fue directa, seca.

—Yo no seré su guardaespaldas. Tengo mi propia misión.

Max lo miró con asombro, y algo de descontento.

—Pero —añadió Izumi— estamos en esto juntos. Si están dispuestas a viajar a Marvella, pueden acompañarnos. No esperen que ponga mi vida en riesgo por ustedes.

Max soltó una risa breve.

—Yo sí seré su guardaespaldas.

—Qué héroe —replicó Karina, sacándole la lengua.

Ellen sonrió, visiblemente aliviada. Se acercó a Izumi y le tendió la mano.

—Hace tiempo que no sentía la calidez de otras personas.

Izumi dudó un instante antes de estrecharla.

La mañana llegó con un cielo gris y un viento frío que arrastraba sal y arena. El grupo comenzó a preparar lo poco que tenía para partir.

—¿No sería buena idea despertar a este sujeto? —comentó Karina, señalando con el mentón al hombre tendido cerca de unas rocas—. ¿O ya está muerto?

—Despiértalo —dijo Ellen—. Puede ayudarnos a saber dónde estamos y cómo llegar a nuestro destino.

Karina no se hizo rogar. Le dio un par de suaves patadas en la espalda.

—Oye. Oye. Oye, tipo del mar.

No hubo respuesta.

—¡Despierta!

La última patada fue directa y contundente. El navegante despertó sobresaltado, incorporándose de golpe, mirando alrededor con pánico.

—¿Dónde...? ¿Dónde estoy?

—Eso mismo queremos saber nosotros —dijo Max, inclinándose frente a él—. ¿Recuerdas lo que pasó?

El hombre tragó saliva.

—Nos atacaron unos piratas. Me amarraron, me cubrieron los ojos... luego el barco se hundió. Y ahora estoy aquí.

—Un excelente resumen —asintió Max.

Izumi se acercó.

—¿Tienes idea de dónde estamos?

El navegante pensó unos segundos.

—El ataque fue cerca de nuestro destino. Estábamos a uno o dos días de llegar al puerto de Tefara. Antes del hundimiento pasó más de un día... así que no llegamos al puerto eso es claro. Probablemente dieron la vuelta. Diría que estamos en territorios sin ley. Por el clima, casi seguro en las tierras del Oeste.

Por el clima, casi seguro en las tierras del Oeste



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Editado: 27.01.2026

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