Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 12 - Aprender a avanzar

El río nacía del mar como una herida abierta en la arena.

Desde la playa, su cauce se internaba en la tierra con paciencia, estrechándose a medida que el bosque lo reclamaba. El agua avanzaba turbia, arrastrando hojas, ramas y restos del mundo que lo rodeaba.

—Bien —dijo el navegante al llegar al inicio del cauce—. Desde aquí podemos empezar.

Tenía una mano apoyada en el pecho. Respiraba hondo, como si necesitara recordarle a su propio cuerpo que seguía entero. El miedo no lo abandonaba; apenas sabía disimularlo.

Max le dio un golpe seco en la espalda, más fuerte de lo necesario.

—Bueno, vamos entonces.

Izumi observó el bosque. Oscuro, cerrado, antiguo.

—Debemos encontrar comida —dijo—. Somos demasiados y no tenemos casi nada.

Fue el quien dio el primer paso hacia los árboles.

—Caminemos despacio, siempre a un costado del río. Si ven algún animal, intenten cazarlo.

Nadie discutió.

Max fue tras él, luego Karina, Ellen y, cerrando el grupo, el navegante. Se dividieron a un lado del cauce, avanzando con cuidado, atentos, pero sin perder tiempo.

De los tres días que siguieron, uno quedó grabado con más peso que los otros.

El hambre empezaba a doler.

Max fallaba una y otra vez al intentar cazar conejos. Cada movimiento tardío, cada salto mal calculado, arrancaba una risa de Karina, burlona y punzante.

—Casi —decía ella—. Casi lo lograste.

Max gruñía algo ininteligible y volvía a intentarlo.

Sobrevivían gracias a lo poco que habían rescatado del barco y a los peces que Izumi lograba arrancarle al río cuando veía alguno lo bastante cerca. No abusaba de su poder. Solo lo justo. Siempre lo justo.

Durante uno de los descansos, Ellen observó el agua con desconfianza.

—Se acabó todo —dijo—. Lo del barco, incluso el agua. Y no sé si esta sea bebible.

El río era opaco, cargado de restos del bosque.

—Sin agua no duraremos mucho —respondió Max—. Propongo que una vez al día detengamos la marcha y un grupo explore más allá del cauce. Tal vez encontremos algo mejor.

Nadie se opuso.

El primer día se alejaron Max e Izumi.

Volvieron con las manos vacías.

—Nada —dijo Izumi—. Solo árboles.

El segundo día fueron Ellen e Izumi.

Ellen avanzaba sin miedo, separándose más de lo prudente, empujada por una determinación que no admitía pausa. Izumi la seguía de cerca, silenciosa, vigilante.

Fue Ellen quien encontró unos frutos: pequeños, morados, agrupados en racimos.

—¿Crees que sean comestibles? —preguntó.

Izumi los observó sin tocarlos.

—No lo sé. Llevemos algunos. Tal vez alguien más sepa.

De regreso, Ellen los mostró al grupo.

—Los encontramos en el bosque. No sabemos si se pueden comer.

—Yo digo que la niña los pruebe —dijo Max, con una sonrisa ladeada, señalando a Karina.

—¿Estás loco? —respondió ella—. Tú eres el guardián de la comida. Tú deberías probarlos.

Se empujaron, se burlaron, hasta que Ellen habló:

—Basta. Yo los traje. Yo los probaré.

Se llevó uno a la boca.

El silencio fue inmediato.

—Me siento bien —dijo al cabo de unos segundos—. Creo que son comestibles.

—Esperemos hasta mañana —respondió Izumi, sin apartar la mirada de ella—. Por seguridad.

Esa noche, Izumi encontró a Ellen despierta, sentada junto a Karina, que dormía profundamente.

—Lo de hoy fue imprudente —dijo—. ¿Por qué lo hiciste?

Ellen tardó en responder.

—No me queda mucho tiempo —dijo al final—. La maldición... no me importa mi vida si con ella protejo la de mi hija.

Guardó silencio un instante, luego añadió:

—Si algo me pasa, solo te pido que se encarguen de que Karina crezca en un lugar seguro.

La respuesta de Izumi fue inmediata. Fría.

—Te lo dije. No soy tu guardaespaldas. La que debe proteger a tu hija eres tú.

Ellen apretó los labios.

—Estás siendo egoísta —continuó Izumi—. ¿Has pensado cómo se sentirá ella cuando te pierda? ¿O dónde crees que irá la maldición cuando mueras?

Respiró hondo.

—Disfruta el tiempo que te queda con tu hija. No desperdicies tu vida de forma estúpida.

Izumi sabía cómo funcionaban las maldiciones.

Sabía lo que se perdía cuando un padre desaparecía.

A unos pasos de allí, Karina escuchó cada palabra con los ojos cerrados. No se movió. No respiró más fuerte. Fingió dormir hasta el final.

Al día siguiente, cuando llegó el turno de explorar, Max y Ellen se preparaban para partir.

—Mamá —dijo Karina, alzando la voz—. No es tu turno. Es el mío.

Ellen la miró, sorprendida.

—No, hija. Tú no puedes.

Karina se levantó, la tomó de los hombros y la sentó junto a Izumi y el navegante.

—Confía en mí —dijo—. No soy una carga.

—Es peligroso...

—Sé correr rápido —respondió, sonriendo—. Además, irá conmigo el guardián de la comida.

Le dio una palmada en el hombro a Max.

—Vamos. Rápido.

Ellen dio un paso tras ellos, pero Izumi la detuvo.

—Tranquila —dijo—. Estarán bien.

Ellen se quedó mirando cómo se internaban en el bosque.

—Fue valiente lo que hiciste niña—dijo Max mientras avanzaban—.

—No me llames niña.

—Entonces deja de llamarme guardián de la comida.

Karina bufó.

—Gracias, Max. Quiero demostrarle a mi mamá que puedo hacer cosas sola.

Un crujido interrumpió la conversación.

—Escóndete —susurró Max.

Se agacharon entre unos arbustos. Entre las ramas apareció un pequeño ciervo. Era la primera vez que veían uno desde que seguían el río.

—¿Lo cazamos? —preguntó Karina.

—Mejor no —respondió Max—. Sigámoslo. Tal vez nos lleve a agua limpia.

Avanzaron en silencio. Max marcaba los árboles con la espada. Karina no apartaba la vista del animal.

Finalmente, el ciervo se detuvo.

Había llegado a un manantial.

El agua era clara. Viva.

Se abrazaron.



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Editado: 27.01.2026

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