Max no le quitó los ojos de encima.
La criatura permanecía cerca del manantial, inmóvil, demasiado grande para confundirse con el entorno. Max sentía el pulso golpeándole en las sienes, pero no se movió. Había algo en aquella presencia que exigía respeto. Miedo. Instinto puro. Con una mano sostuvo a Karina, presionándola suavemente contra su pecho para impedir cualquier sonido. La niña respiraba rápido, desacompasada.
Pasaron unos minutos eternos.
Entonces la criatura alzó la cabeza.
Su mirada recorrió el bosque, lenta, pesada, como si olfateara el aire. Luego avanzó. Cada paso suyo quebraba ramas y aplastaba arbustos con una facilidad brutal. Max reaccionó de inmediato: tomó a Karina en brazos y se replegó hasta quedar oculto tras el tronco de un árbol grueso, sentándose en la tierra húmeda, manteniéndola inmóvil.
La criatura pasó a su lado.
Tan cerca que Max sintió el temblor del suelo. Tan cerca que contuvo la respiración hasta que el pecho le ardió. No cerró los ojos. No parpadeó. Solo esperó.
Cuando el ruido se perdió entre la espesura y ya no fue visible, Max soltó a Karina. La niña seguía rígida, la mirada fija en el vacío.
—Oye... oye —susurró él, sacudiéndola apenas—. Reacciona. Te necesito.
Karina tardó unos segundos en volver en sí.
—¿Qué era eso...? —preguntó, con la voz quebrada—. Nunca había visto nada parecido.
—Yo tampoco —respondió Max sin rodeos—. Y no quiero saberlo. Rápido. Tenemos que tomar el agua ya y volver con los demás. Esa cosa fue por donde veníamos.
No hubo más palabras.
Llenaron cada cantimplora con el agua del mismo manantial donde había bebido el ciervo... y la criatura. Max no pensó en ello. No había tiempo para dudas. Cuando terminaron, emprendieron la retirada siguiendo las marcas que él mismo había dejado en los árboles, avanzando con la angustia constante de sentir pasos a su espalda.
Al reencontrarse con el río, el grupo seguía intacto.
Izumi intentaba pescar con paciencia forzada. Ellen luchaba por mantener encendida una fogata incipiente. El navegante dormía sobre una piedra, agotado. Karina corrió hacia su madre y la abrazó con fuerza. Ellen la sostuvo de inmediato, alarmada.
—¿Qué pasó? —preguntó—. ¿Por qué vienen así?
Max los reunió a todos y explicó lo ocurrido, sin adornos. Cuando terminó, Izumi tenía el ceño fruncido.
—La descripción que das... —dijo con voz grave— encaja con las cosas que emergen de la grieta que se abre en mi pueblo.
El silencio que siguió fue pesado.
Izumi y Max se miraron. Ambos conocían esa historia. Max apagó el intento de fogata con el pie.
—Ya encontramos agua que podemos beber —ordenó con voz firme—. No debe haber más expediciones ni descansos largos. Nos movemos ya. Tenemos que salir de este bosque lo antes posible.
Mientras recogían sus cosas, Izumi se acercó a él.
—¿Crees que en este lugar también se esté abriendo una grieta?
Max negó despacio.
—No lo sé. La primera vez que oí hablar de esos monstruos y de las grietas fue cuando te conocí. Ningún reino tenía conocimiento de algo así.
No dijeron más.
Reanudaron la marcha.
Caminaron durante dos días más, deteniéndose solo para comer. El cansancio se acumuló como una losa: pies heridos, músculos rígidos, párpados pesados. El entorno cambió sin que se dieran cuenta. El bosque dio paso a un terreno húmedo y espeso, el aire se volvió denso, difícil de respirar. Todo estaba empapado. Todo olía a agua estancada.
Un pantano.
Fue entonces cuando vieron la casa.
Se alzaba sobre la ribera, sostenida por troncos clavados en el barro. Una estructura rústica, hecha con madera del entorno, recubierta de pasto seco y hojas. A un costado, pequeños cultivos. Ciervos muertos colgaban, abiertos y desangrados. Bajo la casa, atado a uno de los troncos, flotaba un pequeño bote.
El navegante sonrió por primera vez en días.
—Al fin... señales de vida. Podemos pedir que nos guíen.
Max lo detuvo de inmediato.
—No. No vamos todos. Y menos aquí. No sabemos con quién tratamos.
—Además —añadió Ellen— ninguno de nosotros está en condiciones de pelear.
El silencio volvió a instalarse, hasta que Izumi habló.
—Yo iré. Me acercaré a ver si hay alguien. Ustedes sigan por el río hasta el bote. Si ven que me atacan, tomen el bote y huyan. Yo pelearé. Estamos cerca del agua.
No esperó respuesta.
Izumi avanzó solo hacia la casa. La puerta estaba abierta. Dentro no había nadie. Dio un paso... y la puerta se cerró de golpe.
Una mujer apareció detrás, delgada, cabello largo y negro, ropa desgastada. Un tatuaje de líneas recorría su rostro. Lo apuntó con una lanza improvisada.
—¿Quién eres? —exigió—. ¿Qué quieres?
—Tranquila —respondió Izumi retrocediendo—. Estoy perdido. Mi barco naufragó en la playa. Llevo días caminando.
—No pareces marinero —replicó ella—. Mientes. Eres un saqueador.
Atacó.
Izumi esquivó y se lanzó por la ventana. Al tocar el suelo, cerca del agua, gritó con lo que le quedaba de voz:
Editado: 27.01.2026