Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 14 – La maldición de Ellen

Avanzaron durante tres días siguiendo el curso del río.

El bote les permitió ganar distancia sin desgastarse en exceso. Remaban por turnos, en silencio, cuidando cada movimiento y cada sorbo de agua. Izumi pescaba cuando el cauce se ensanchaba lo suficiente; Ellen aportaba los frutos que había guardado desde el bosque. A intervalos, descendían a tierra firme, encendían una fogata breve, comían y volvían a empujar el bote al agua. No era un viaje cómodo, pero sí eficiente. Un tránsito necesario.

El 30 de julio, el río finalmente nació ante ellos.

Desde el bote se distinguían montañas de altura moderada, y entre sus rocas surgía una corriente cristalina que descendía hasta formar una depresión circular: un lago natural, de agua clara y limpia, inmóvil como un espejo. Cuando tocaron la orilla, Max y Karina saltaron al agua sin pensarlo. Rieron, se salpicaron, se sumergieron una y otra vez, bebiendo como si jamás hubieran probado agua en su vida.

Izumi y Ellen recargaron los contenedores en silencio. El navegante, en cambio, permaneció apartado, observando el entorno con el ceño fruncido, como si algo no terminara de encajarle.

—Vamos bien, ¿verdad? —preguntó Izumi, rompiendo el silencio.

El hombre dudó antes de responder.

—Sí… cruzando esas montañas deberíamos llegar a Rush Valley —dijo, sin demasiada convicción—. Pero aún queda un largo camino.

Con las energías renovadas, retomaron la marcha.

El ascenso fue irregular. Para Max, las rocas y pendientes no suponían un verdadero obstáculo, aun así, se detenía para ayudar cuando podía. Izumi avanzaba con un ritmo constante, firme, sin arriesgar más de lo necesario. Ellen sufría más: la herida de su mano seguía abierta bajo las vendas, enrojecida de una forma que no parecía natural, y cada apoyo le arrancaba un gesto contenido de dolor. Karina se mantenía siempre a su lado, ayudándola a subir, a equilibrarse, aunque para ella también resultaba difícil.

El navegante era quien más sufría. El cansancio se le notaba en los hombros hundidos, en la respiración agitada. Max terminó cargándolo más de una vez cuando las fuerzas ya no le respondían.

Al alcanzar la cima, el esfuerzo se vio recompensado.

Ante ellos se extendía un prado amplio, salpicado de verdes y marrones, que parecía no terminar nunca. Mucho más allá, apenas visible en el horizonte, comenzaba el desierto.

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Caminaron hasta bien entrada la tarde y acamparon en el prado. La fogata iluminó rostros cansados pero tranquilos. Esa noche, Max se acercó a Izumi mientras los demás dormían.

—Ahora que sé cómo son los monstruos a los que te enfrentas… —dijo— te admiro aún más.

Izumi soltó una risa breve.

—No lucho solo. En mi pueblo hay muy buenos combatientes.

Guardó silencio un momento y añadió:

—¿Tienes idea de cómo será Rush Valley?

Max negó con la cabeza.

—No. Solo espero encontrar a alguien que pueda ayudarnos… y que no sea un lugar lleno de escorias como esos piratas —dijo, y luego agregó con humor cansado—. A veces pienso que hubiera sido mejor quedarse en Puerto Nivalis esperando el barco de pasajeros, ¿no crees?

Rieron en voz baja, compartiendo una complicidad breve, casi ingenua.

A la mañana siguiente cruzaron el prado y alcanzaron el desierto.

Antes de internarse, se detuvieron. Racionaron alimentos, contaron el agua, ajustaron la ropa para soportar el calor del día y el frío de la noche. Todo estaba calculado. Aun así, la inmensidad de arena imponía un silencio pesado.

Cayeron la noche refugiados bajo una gran roca. La fogata apenas rompía la oscuridad. Ellen y Karina se quedaron dormidas pronto. El navegante miraba las estrellas con ansiedad evidente. Izumi y Max hablaban en voz baja sobre la criatura y los acontecimientos recientes.

Entonces, escucharon las pisadas.

Rápidas. Demasiado cercanas.

Izumi y Max se pusieron de pie de inmediato.

De la oscuridad emergió un grupo de hombres montando criaturas capaces de desplazarse por la arena con una velocidad antinatural. Eran diez. Se detuvieron frente a ellos, observándolos como se observa una presa.

—Son basura, no tienen nada útil —rió uno.

—La espada de ese muchacho se ve cara —respondió otro—. Y mira… hay dos mujeres. Podríamos venderlas como esclavas.

—Tienes razón —dijo el primero—. Ustedes sigan hasta la ciudad. Ustedes cuatro, ayúdenme a matarlos.

Cinco se marcharon. Cinco bajaron de las monturas.

Karina y Ellen despertaron sobresaltadas.

Max e Izumi, deshidratados, mal alimentados y al límite de sus fuerzas, se plantaron frente a ellos.

—¿En serio quieren pelear, niños estúpidos? —se burló uno.

No terminó la frase.

Izumi lanzó un chorro de agua directo al rostro del hombre, igual que aquella vez contra Max. Los saqueadores se detuvieron, sorprendidos apenas un segundo.

Luego atacaron todos a la vez.

Max se lanzó al frente. Bloqueó, esquivó, retrocedió. No tenía fuerzas para atravesar las armaduras; solo podía resistir. Izumi utilizó la poca agua que le quedaba para mantenerlos alejados del grupo, pero el agotamiento lo volvía lento.

Uno de los hombres logró esquivar el agua y se abalanzó sobre Izumi. Rodaron por el suelo. El golpe rompió la cantimplora. El agua se derramó. Izumi, en shock, perdió el control. La corriente cayó inerte sobre la arena.



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Editado: 27.01.2026

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