El sangrado de Ellen finalmente se había detenido. Con esfuerzo, el grupo recogió sus pertenencias y montó sobre las criaturas que los bandidos habían dejado atrás: enormes bestias de pelaje espeso, con riendas ásperas y monturas capaces de cargar tres personas junto con provisiones. Max, Ellen y Karina subieron a una, mientras Izumi y el navegante ocuparon la otra.
Durante el trayecto, Ellen permaneció inconsciente. Su rostro mostraba un desgaste evidente: palidez extrema, respiración irregular, labios resecos. Karina, aferrada a la montura, repetía con firmeza:
—Mi madre es fuerte… ella va a estar bien.
En un momento breve, Ellen abrió los ojos. Su mirada era vidriosa, apenas consciente. Murmuró con voz débil:
—Karina… no te preocupes…
Antes de que pudiera decir más, volvió a caer en un sueño pesado. Karina la sostuvo con ternura, como si ese instante bastara para renovar su esperanza.
El navegante, incómodo, murmuró a Izumi:
—Nunca había estado tan cerca de personas con maldiciones. Verlos actuar… me sorprende.
Izumi lo miró con seriedad:
—Nuestros poderes son una carga. Aunque parezcan espectaculares, nos desgastan. Mi control del agua consume mi cuerpo y mi mente. En el caso de Ellen es peor: ella usa su propia sangre… cada batalla la acerca al límite.
Las criaturas avanzaban con velocidad sorprendente sobre la arena, como si flotaran. En apenas un día alcanzaron el arco metálico que anunciaba la entrada a Rush Valley. El portal, sostenido por pilares de metal oscuro, imponía un aire industrial y áspero. Tras él, la ciudad se desplegaba como un asentamiento improvisado: calles estrechas, fachadas coloridas pero desgastadas, cables colgando, toldos remendados y edificios de dos a cuatro pisos que parecían crecer unos sobre otros. El aire olía a polvo, hierro oxidado y especias baratas. Voces se mezclaban en un murmullo constante, creando un caos vibrante.
Al cruzar la vía principal, las miradas se clavaron en ellos. Susurros ininteligibles acompañaban cada paso. Izumi frunció el ceño. Max, con voz firme, advirtió:
—No bajen la guardia. No sabemos cómo actúa esta gente.
Descendieron de las monturas. Izumi sugirió buscar comida y agua. Karina, preocupada, replicó:
—¿Y con qué vamos a pagar? No tenemos nada valioso.
Max sonrió con ironía:
—Mi espada. Los bandidos la querían, debe valer algo.
Karina lo encaró:
—¿Y si la vendes? Izumi perdió su agua, mamá está inconsciente… ¿Cómo nos defenderemos?
Max soltó una risa burlona:
—Entonces te tocará pelear a ti.
Izumi intervino con calma:
—Tranquila. Encontraremos agua en la ciudad. Y Max sabe pelear sin espada.
En la plaza central hallaron una fuente monumental. El agua caía en cascadas desde lo alto, decorativa pero no potable. Para Izumi, era suficiente: un recurso en caso de ataque.
Mientras el grupo se acomodaba, Max se separó en busca de una tienda de armas. En el primer local, el vendedor intentó estafarlo con una oferta ridícula. Max, serio, recuperó su espada y salió. Al caminar por la calle, notó sombras siguiéndolo: tres hombres lo observaban con insistencia, aunque decidió no enfrentarlos aún.
En la plaza, un desconocido se acercó al resto.
—Bonitos bisontes de arena… difíciles de amaestrar. ¿Cómo un grupo de forasteros consigue dos?
Izumi lo encaró:
—¿Por qué dices que somos forasteros?
El hombre rió:
—Porque nadie de aquí entraría con ellos a la ciudad. Son demasiado valiosos. A menos que quieran venderlos.
Karina, rápida, improvisó:
—Así es, los queremos vender, nuestra familia se dedica a crías bisontes de arena y como vez mi madre está muy enferma por lo que necesitamos dinero. Así que, si no estas interesado en comprarlo mejor vete,
El hombre, sorprendido por la seguridad de la niña, ofreció un trato inmediato:
—Les doy 50 monedas de plata por cada uno.
Izumi lo miró con desconfianza. En su mente, el cálculo era claro: si acepto, nos estafará; si pido demasiado, quedará en evidencia que no conozco el mercado. Observó el entorno con rapidez. A lo lejos, un cartel ofrecía platos de comida por 10 monedas de plata. El contraste era evidente: los bisontes valían mucho más que lo que el hombre proponía.
Con firmeza, Izumi replicó:
—Es una broma. No puedo venderlos en menos de 50 monedas de oro cada uno.
El hombre soltó una carcajada.
—Muchacho, no tengo esa suma. Te ofrezco 30 monedas de oro por cada uno.
Izumi dudó. Son un medio de transporte rápido, podrían ayudarnos a llegar a las fronteras del Oeste… pero aquí son un riesgo. Tenerlos es como gritar que somos forasteros y atraer ladrones. Además, ¿dónde los guardaremos en la noche?
Editado: 02.03.2026