Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 16 - El destino de un clan

La mañana llegó con un silencio extraño en la posada. Ellen abrió lentamente los ojos, sintiendo el cuerpo pesado y la mente aún atrapada en la fatiga. Estaba recostada en una cama estrecha, en una habitación modesta de paredes de madera. A sus pies, Karina dormía encogida, como si hubiera velado toda la noche.

Al notar el movimiento de su madre, Karina despertó de golpe. Sus ojos brillaron y, con un salto, exclamó:

—¡Mamá, al fin despertaste! ¿Cómo te sientes?

Ellen esbozó una sonrisa débil.

—Bien, hija... solo un poco cansada. —Su voz era suave, pero cargada de alivio—. ¿Dónde estamos? ¿Cómo llegamos aquí?

Karina le sirvió agua y un plato con pan, carnes y frutas mientras relataba lo ocurrido en Rush Valley: la venta de los bisontes, la posada, el descanso de Max y el navegante, y la salida de Izumi en busca de transporte. Ellen escuchaba con sorpresa y alivio, como si cada palabra le devolviera un poco de paz.

Cuando Karina se levantó para avisar a los demás, Ellen la detuvo con firmeza.

—Espera... necesito explicarte algo.

Karina volvió a sentarse, con el ceño fruncido. Ellen tomó aire y habló con una seriedad que heló la habitación:

—Lo que viste aquella noche... fue la maldición de nuestra familia. Nuestro clan fue poderoso, capaz de controlar la sangre propia y la de nuestros familiares. Por eso nos temían. Tu padre fue el último portador, y cuando murió, el poder pasó a mí. Pero nunca aprendí a dominarlo. Cada vez que lo uso, me debilito, me desmayo... y sé que este poder acabará conmigo antes de tiempo.

Ellen tomó la mano de su hija con fuerza.

—No quiero que cargues con lo mismo. Pero tarde o temprano, la maldición será tuya. Debes aprender a defenderte, a cuidarte sola. No puedo enseñarte... pero confío en que tú serás más fuerte que yo. Te amo, Karina.

Karina la miró con lágrimas contenidas, mezcla de miedo y determinación.

—No morirás, mamá. Eres la mujer más fuerte que conozco. Yo también me volveré fuerte... y juntas podremos con todo.

Ellen la abrazó con todas sus fuerzas, y por un instante, la fragilidad se transformó en un gesto de coraje inesperado.

Karina salió de la habitación con el rostro endurecido. Caminó hasta la puerta de Max y golpeó con fuerza. Él abrió con gesto somnoliento.

—Lo siento, no pedí comida a la habitación —bromeó, intentando cerrar.

Karina empujó la puerta con una patada y entró con decisión.

—Quiero aprender a pelear.

Max arqueó las cejas, sorprendido. Karina continuó, con voz firme:

—Recuerdas lo que me dijiste en el barco... que si algún día usaba una espada sería para proteger a alguien. Pues quiero proteger a mi madre. Enséñame.

Max la miró en silencio, hasta que su expresión se endureció.

—Te enseñaré. Pero no será fácil.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina implacable.

Por las mañanas, Karina atendía la herida de Ellen y le llevaba alimentos. Luego, bajo la mirada severa de Max, comenzaba el entrenamiento.

El sudor le corría por la frente mientras caía una y otra vez al suelo, frustrada por no lograr los movimientos. Max corregía con dureza, levantándola sin suavidad, repitiendo:

—De nuevo. Más firme. No bajes la guardia.

Las caídas se mezclaban con lágrimas contenidas, pero Karina nunca retrocedía. Cada golpe, cada corrección, se transformaba en determinación. Por las tardes, corrían por las calles de Rush Valley, entre miradas sospechosas y murmullos de bandidos. La ciudad era un telón sombrío, hostil, donde cada esquina parecía esconder peligro.

Por las noches, Max le enseñaba el manejo de la espada. Sus diálogos eran directos, sin adornos, pero cargados de respeto mutuo. Poco a poco, entre la disciplina y la exigencia, surgía una confianza silenciosa, un vínculo que se fortalecía con cada entrenamiento.

Poco a poco, entre la disciplina y la exigencia, surgía una confianza silenciosa, un vínculo que se fortalecía con cada entrenamiento

Ellen, aunque frágil, sorprendió al grupo una tarde al levantarse para ayudar en la cocina. Su gesto fue pequeño, pero suficiente para demostrar que aún tenía voluntad. Karina la observó con orgullo, sintiendo que la fuerza de su madre no estaba solo en la maldición, sino en su resistencia cotidiana.

Al cuarto día, mientras Max corregía la postura de Karina en un ejercicio, Izumi apareció con su tono pragmático.

—Veo que ya se encuentran mejor. ¿Cómo está tu madre, Karina?

—Su herida está controlada, y hoy incluso me ayudó con la comida —respondió con una sonrisa.

Izumi asintió, sin emoción.

—Perfecto. Ya conseguí transporte. Un hombre tiene una caravana de camellos y está dispuesto a llevarnos hasta Marvella. El viaje durará siete días. No será tan rápido como con los bisontes, pero al menos no tendremos que caminar.

Karina y Max se miraron con alegría.

—¡Genial! —dijeron al unísono.

Max añadió con seriedad:

—No creas que el entrenamiento terminará. Seguiremos durante el viaje.

Karina sonrió, con brillo en los ojos.

—Eso era lo que esperaba.

Izumi se giró hacia la puerta.

—Bien. Iré a dar la noticia a los demás y a comprar provisiones. Prepárense. Mañana partimos.

El grupo sintió un alivio silencioso. Tras días de tensión en Rush Valley, la promesa de un viaje tranquilo hacia Marvella se alzaba como un respiro en medio de la hostilidad.

Después de una noche de descanso y organización, la mañana del 07 de agosto el grupo se reunió con el hombre que los llevaría hasta Marvella. El precio fue de diez monedas de oro, dos por cada camello. La caravana sería de seis, contándolo a él.



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Editado: 02.03.2026

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