El amanecer se filtraba sobre las dunas, tiñendo el horizonte de un rojo apagado que parecía recordar la sangre derramada. El grupo se detuvo en un claro de arena para despedir a Ellen. No había templo ni sacerdote, solo piedras apiladas y un manto raído que cubría su cuerpo. Max buscó ramas secas y las colocó alrededor, formando un círculo que simbolizaba protección. Izumi, con gesto solemne, trazó símbolos en la arena, antiguos signos de respeto que había aprendido en su pueblo. Karina, con las manos temblorosas, se arrodilló frente al cuerpo de su madre.
El funeral improvisado fue breve, pero cargado de significado. Karina colocó una flor seca sobre el manto y susurró:
—Te prometo que no olvidaré tu voz.
Max se inclinó en silencio, murmurando palabras que nadie alcanzó a escuchar. Sus ojos brillaban con un dolor contenido; Ellen había sido más que una compañera de viaje, había sido un lazo humano en medio de la adversidad. Izumi cerró los ojos y dejó que el viento llevara su respeto, distante pero presente.
Cuando la arena cubrió el último vestigio de Ellen, Karina sintió que algo dentro de ella se quebraba. El mundo parecía más vacío, y al mismo tiempo, más extraño. Porque junto al dolor, había un cambio que no podía ignorar: su cabello, antes oscuro, ahora ardía en tonos rojos intensos, y sus ojos se habían tornado de un azul profundo, como el hielo. Cada vez que se miraba reflejada en el agua o en un fragmento de metal, sentía que no era ella, que la maldición había arrancado su identidad y la había transformado en alguien desconocido.
El viaje hacia Marvella continuó. La caravana avanzaba lenta, y cada paso era un recordatorio de lo que habían perdido. Karina estaba en silencio, con la mirada fija en el horizonte. Max se mantenía cerca, ofreciéndole agua, ajustando la carga de su mochila, buscando gestos pequeños que pudieran aliviar un dolor tan grande. Él también sufría: había formado un lazo con Ellen, y su ausencia era un vacío que no podía llenar.
Izumi, en cambio, se mostraba más distante. No era frialdad, sino una forma distinta de acompañar. En una pausa del viaje, se acercó a Karina y le dijo con voz serena:
—La maldición no es un castigo, es un legado. Aprenderás a vivir con ella, y nosotros estaremos aquí para que no te consuma.
Ella lo miró con ojos enrojecidos, incapaz de responder. Entonces Izumi bajó la mirada y añadió, con sobriedad:
—Mi padre también me entregó mi poder. Lo perdí hace poco tiempo, y con él se fueron todas mis esperanzas. La maldición me cambió, me aisló, me hizo sentir extraño... pero aprendí que no me definía. Tú también lo harás.
Las palabras de Izumi no fueron cálidas, pero sí firmes, y en ellas Karina percibió un reflejo de su propio dolor.
Más tarde, Max se acercó. Se sentó a su lado y habló con voz suave, cargada de emoción:
—Vi cómo peleaste, Karina. Vi cómo te enfrentaste a Draken, cómo resististe cuando todo parecía perdido.
Fuiste fuerte, más de lo que cualquiera hubiera esperado. Ellen estaría orgullosa de ti... yo lo estoy.
Las palabras de Max atravesaron la coraza de silencio que Karina había levantado. Sintió que el peso de la batalla, el sacrificio de su madre y el cambio en su cuerpo se mezclaban en un torbellino imposible de contener.
Esa noche, cerca de un oasis, Karina se apartó del grupo. Se miró en el reflejo del agua y vio a una desconocida: cabello rojo como fuego, ojos azules como hielo. No era ella. No podía serlo. El dolor la desbordó. Se dejó caer sobre la arena y gritó, golpeando el suelo con las manos, llorando hasta que su voz se quebró.
—¡No soy yo! ¡No quiero esto! ¡Quiero que vuelva!
El llanto se convirtió en sollozos desgarradores. Max corrió hacia ella y la abrazó, sosteniéndola mientras su cuerpo temblaba.
—No estás sola —le susurró—. No tienes que cargar con esto sin nosotros.
Izumi se mantuvo a cierta distancia, observando con respeto. Sabía que el duelo era un proceso íntimo, pero también comprendía que Karina necesitaba romperse para poder levantarse.
Y así ocurrió. Entre lágrimas, entre gritos y silencios, Karina se permitió sentir todo el peso de la pérdida. Cuando el amanecer llegó, se levantó con los ojos hinchados, pero con una convicción clara. Se limpió el rostro y dijo con voz firme:
—Seguiré adelante. Por ella. Por mí.
Al amanecer, las murallas de Marvella se alzaron frente a ellos. La ciudad era un contraste brutal: bulliciosa, llena de comerciantes que gritaban precios, aromas de especias y telas exóticas que inundaban el aire. Caravanas entraban y salían, y las calles vibraban con vida. Karina se sintió abrumada: el mundo seguía girando, mientras dentro de ella todo permanecía detenido.
Cruzó las puertas de la capital del Oeste con la mirada baja, llevando en su interior un duelo que nadie más podía cargar. Max caminaba a su lado, firme, e Izumi detrás, silencioso pero atento. La multitud los envolvió, pero en el corazón de Karina ya no había solo dolor: había también una chispa de decisión. El recuerdo de Ellen seguía vivo, y con él, la certeza de que debía seguir adelante.
Editado: 19.03.2026