La capital del reino se alza en medio de una vasta región de montañas ricas en minerales, una ciudad gigantesca cuyo pulso nunca se detiene. Desde kilómetros de distancia se puede ver una neblina permanente suspendida sobre sus techos: humo de carbón, vapor de maquinaria y polvo de piedra que se eleva desde las innumerables minas que alimentan la riqueza del reino.
La ciudad está construida en varios niveles, adaptándose al terreno rocoso. En la base se extiende el distrito industrial, un laberinto de rieles metálicos, grúas, talleres y depósitos. Locomotoras de vapor recorren constantemente la ciudad transportando vagones cargados de carbón, hierro y otros minerales extraídos de las montañas cercanas. Las fábricas y refinerías funcionan día y noche; sus chimeneas escupen columnas de humo mientras enormes calderas rugen como bestias de hierro.
Las minas principales se encuentran tanto dentro como alrededor de la ciudad. Grandes túneles reforzados con acero y madera descienden hacia las profundidades de la montaña. Elevadores industriales, cintas de carga y sistemas de rieles subterráneos conectan las galerías con la superficie. Los mineros emergen cubiertos de polvo oscuro mientras vagones llenos de mineral son empujados hacia las fundiciones cercanas.
Sobre esta zona se alza el distrito comercial, una vasta red de calles empedradas, plazas y puentes metálicos. Aquí el ruido de los martillos de los herreros se mezcla con los gritos de los mercaderes. Los mercados venden lingotes recién fundidos, herramientas, maquinaria, armas, piezas mecánicas y artefactos traídos desde tierras lejanas. Comerciantes de todo el continente llegan atraídos por la riqueza mineral del reino.
Más arriba, sobre terrazas y plataformas de piedra reforzada, se encuentra el distrito administrativo y noble, donde las edificaciones combinan arquitectura monumental con ingeniería industrial. Grandes edificios de acero, cristal y piedra albergan los gremios mineros, las casas comerciales y los ministerios del reino. Desde aquí se controla el flujo de recursos que alimenta la economía de toda la nación.
La infraestructura de la ciudad es colosal. Torres de carga, puentes ferroviarios, ascensores industriales y grúas gigantes conectan sus diferentes niveles. Canales de vapor recorren las calles alimentando maquinaria pública y alumbrado. Por la noche, miles de lámparas industriales iluminan el paisaje metálico, dando a la ciudad un brillo rojizo entre la niebla de carbón.
A pesar de su aspecto duro y mecánico, la ciudad está llena de vida. Mineros, ingenieros, comerciantes, artesanos y viajeros llenan las calles. Tabernas, mercados nocturnos y gremios obreros mantienen el espíritu de una población acostumbrada al trabajo constante.
El distrito industrial rugía con el eco metálico de las fundiciones y el murmullo constante de la multitud. El navegante se detuvo de pronto, giró hacia Max e Izumi y, con una calma serena, dijo:
—Les agradezco todo lo que hicieron por mí. Aquí estoy a salvo, puedo continuar solo.
Izumi arqueó una ceja.
—¿Y qué harás ahora?
—Trabajaré un tiempo en esta ciudad —respondió él con una sonrisa breve—. Juntaré lo suficiente para regresar a Puerto Nivalis. Solo quiero volver a mi hogar.
Max asintió con sinceridad.
—Te deseo suerte. Ojalá pronto vuelvas a casa.
El hombre dio un paso atrás, pero Max lo detuvo.
—Espera… nunca te preguntamos tu nombre.
El navegante soltó una risa ligera, casi resignada.
—A estas alturas ya no importa. Probablemente no nos volvamos a ver. Espero que ustedes también logren su objetivo. Buen viaje.
Y así, sin mirar atrás, se perdió entre la multitud, como una sombra más en el corazón de Marvella.
Los demás continuaron recorriendo la ciudad en busca del rey del Oeste. Marvella no tenía castillos ni palacios de mármol que destacaran; era un entramado de acero, humo y comercio. Preguntaron a varios ciudadanos, pero cada uno señalaba un lugar distinto. El título de rey había pasado recientemente al hijo del antiguo monarca, un joven cercano a su pueblo que dedicaba gran parte de su tiempo a reuniones con los gremios comerciantes.
Karina señaló a un grupo de guardias.
—Ellos deben saber dónde está el rey.
Izumi se adelantó y habló con firmeza:
—Buenos días, soy mensajero del reino del Este. Necesito reunirme con el rey del Oeste. ¿Podrían indicarme dónde encontrarlo?
Los guardias se miraron sorprendidos.
—El Este rara vez envía mensajeros, y menos a Marvella. Además, no tenemos noticia de ninguna reunión. ¿Tienes algún documento que lo acredite?
Izumi bajó la mirada.
—Nos atacaron en el camino y nos robaron todo.
Los guardias rieron con burla.
—Lo siento, no puedes ver al rey así como así. Solo los líderes de gremios o miembros de la realeza pueden solicitar una audiencia.
Max dio un paso al frente, con voz firme:
—Entonces quizás yo pueda verlo. Soy Maximiliano Reyes, príncipe del Sur. Esta espada basta para probarlo.
Los guardias se miraron entre sí y finalmente respondieron:
—Acompáñenos.
Tras recorrer varios distritos, llegaron a un edificio imponente: bloques de piedra oscura reforzados con acero, ventanales que dejaban entrar la luz rojiza de las fundiciones, y torres coronadas con relojes mecánicos que exhalaban vapor. No era un palacio tradicional, sino un símbolo de industria y poder.
Editado: 19.03.2026