El amanecer en Marvella llegó con un aire pesado. Tras la discusión de la noche anterior, Max e Izumi apenas se habían dirigido la palabra. Karina, en cambio, se levantó con determinación: sabía que el día sería duro. Max la llevó nuevamente al patio improvisado de entrenamiento, donde el sol apenas iluminaba las piedras húmedas.
Repitieron los mismos ejercicios por horas. Durante los descansos Karina abría una pequeña herida en su dedo con la daga, dejando caer una gota de sangre que intentaba controlar. La gota temblaba, se estiraba un instante, pero siempre terminaba deslizándose sin obedecer. El ardor en su piel se mezclaba con la frustración en su pecho. Max la alentaba con firmeza, pero la impotencia crecía.
Al mediodía apareció Izumi. Se acercó con calma, observando la herida y la expresión cansada de Karina.
—Max me pidió que te ayudara —dijo con voz serena—. No estaba seguro de poder hacerlo. Cada maldición es distinta, y los poderes suelen despertar en momentos de extremo dolor o cuando la vida pende de un hilo.
Karina lo miró en silencio, con la daga aún en la mano. Izumi continuó:
—Aunque nuestros dones se parecen, yo jamás podría hacer lo que hacía tu madre. Ellen misma decía que nunca controló del todo su poder. No imagino hasta dónde puede llegar el tuyo. Pero puedo enseñarte lo que sé… siempre con cuidado. No podemos arriesgar tu cuerpo ni tu sangre cada día.
Karina asintió. Izumi se sentó frente a ella y explicó:
—El agua se controla cuando la sientes como parte de ti. Como el sudor, la saliva, la orina… un fluido más de tu cuerpo. Cuando logres esa conexión, usa cada músculo para guiarla en la dirección que quieras.
Karina lo intentó toda la tarde. La gota de sangre se resistía, como si se burlara de ella. Cada vez que la herida cerraba, volvía a abrirla. El sol cayó y la noche los envolvió sin resultados. Izumi puso una mano en su hombro.
—No será fácil. Mañana lo intentaremos de nuevo.
Al amanecer siguiente, los tres se prepararon para la audiencia con el rey. Caminaron por las calles de Marvella, entre comerciantes y transeúntes que apenas les prestaban atención. El edificio al que llegaron no tenía la majestuosidad que esperaban: una sala sencilla, con documentos apilados, una mesa redonda y sillas de madera. Nada que evocara la grandeza de un trono.
Se sentaron en silencio. Las puertas se abrieron y entró un hombre joven. Vestía ropas en tonos cafés y plateados, una bufanda roja rasgada y portaba dos armas: una espada corta y un extraño artefacto pequeño colgado de su cintura. No tenía la apariencia de un rey, salvo por el gorro con un emblema en el centro.
Se acercó con paso firme y se presentó:
—Buenos días. Soy Tane Ariki, rey de Marvella y del reino del Oeste. Es un placer conocerlos.
Max se levantó y respondió con solemnidad:
—Soy Maximiliano, príncipe de Solaria. Le agradezco por recibirnos.
Izumi tomó la palabra y relató lo sucedido en su pueblo: la grieta, los demonios, la urgencia de tropas para contenerlos. Tane escuchó con atención, sin interrumpir, con una mirada que transmitía empatía y cálculo al mismo tiempo.
Finalmente habló:
—Asumí el título de rey hace poco. Soy el más joven de los cuatro líderes, y sé que pactos estratégicos pueden fortalecer mi reino. Pero no puedo enviar hombres sin condiciones claras.
Enumeró con calma:
1.-Mis soldados recibirán compensación económica, pagada por Solaria o Eryndor.
2.-Si alguno muere, su familia será mantenida de por vida.
3.-Un mes antes de la batalla, necesito documentos formales que acrediten estos puntos y permitan el paso por Puerto Nivalis y las fronteras del Este.
4.-El príncipe de Solaria debe establecer lazos diplomáticos conmigo y asistir en cualquier reunión que involucre nuestras jurisdicciones.
El silencio llenó la sala. Izumi abrió la boca para responder, pero Max lo interrumpió con firmeza:
—Acepto. Confío en que mi padre cumplirá estas condiciones y convencerá al rey de Eryndor también.
Tane lo miró con una sonrisa leve.
—Entonces, príncipe, que tu palabra sea tan firme como tu espada. Marvella marchará contigo.
La reunión terminó. El rey fue el primero en salir, dejando tras de sí un aire de resolución. Afuera, Izumi se volvió hacia Max.
—Sus condiciones son muy exigentes.
Karina, que había permanecido en silencio, preguntó con cautela:
—¿Crees que tu padre aceptará todo eso?
Max respondió serio:
—Confío en él. Apoya la causa de Izumi y sé qué hará lo necesario. Redactaré una carta explicando todo. Dejemos que él y mi hermana se encarguen de la burocracia.
Izumi lo miró con duda.
—¿Y si no lo consigue?
Max respiró hondo.
—Le pediré que envié su respuesta al reino del Norte. Cuando lleguemos a Helgard sabremos su decisión. Si dice que no, volveremos a Marvella a negociar. Por ahora, debemos avanzar con la esperanza de que todo saldrá bien.
El grupo siguió su camino, con la certeza de que habían sellado un pacto… pero también con la sombra de la incertidumbre acompañándolos.
Editado: 19.03.2026