Un Ocaso Prematuro - Izumi y la grieta del Este

Capítulo 20 – La promesa en el tren

Tras la audiencia con el joven rey Tane, los tres se retiraron a un comedor sencillo. El almuerzo fue breve, marcado por el cansancio y la tensión acumulada. Izumi desplegó un mapa sobre la mesa y habló con serenidad:

—Con esto resuelto, podemos dirigirnos directo al reino del Norte. La ruta más corta es tomar el tren hasta Puerto Anakai y luego cruzar el río hacia Brynmere, el punto más cercano al reino del Norte.

Max asintió de inmediato.

—Tienes razón, es lo más rápido.

Karina apenas escuchaba, concentrada en comer.

Izumi, sin embargo, añadió con calma:

—Aunque esa sea la mejor ruta, me gustaría pasar antes por Puerto Tefara.

Max lo miró sorprendido.

—¿Y eso por qué? Queda en la dirección contraria.

Izumi bajó la voz.

—Luis, el capitán del barco, me comentó una noche que tenía familiares allí. Quiero contarles lo que le sucedió.

Max comprendió al instante y apoyó la decisión.

—En ese caso, vamos rumbo a Tefara.

Partieron hacia la estación de trenes. Marvella, como capital del reino del Oeste, tenía un sistema ferroviario que conectaba directamente con pueblos y puertos. Al comprar los boletos, Izumi descubrió que el dinero obtenido en Rush Valley se había agotado. Aun así, los adquirió sin dudar.

El primer vagón los recibió con olor a hierro y madera. Karina reaccionaba con euforia: nunca había visto un tren. Tocaba cada detalle, hacía preguntas constantes y miraba el paisaje con ojos brillantes. El viaje duraría nueve horas, hasta la madrugada.

El traqueteo del tren marcaba un ritmo inevitable, como si cada golpe metálico sobre los rieles empujara sus destinos hacia adelante. Max y Karina se divertían con bromas y tonterías, mientras Izumi estudiaba mapas, aunque no podía evitar sonreír ante sus ocurrencias.

Finalmente, Izumi cerró el mapa y se inclinó hacia Max.

—Es momento de hablar con ella.

Max suspiró y llamó a Karina. Los tres se sentaron frente a frente.

Izumi habló primero, con calma:

—Tu madre quería que tu vida fuera tranquila. Que no cargaras con batallas que no te corresponden.

Karina cruzó los brazos y lo miró con desafío.

—¿Tranquila? ¿Después de todo lo que pasó? No pienso quedarme de brazos cruzados. Yo también quiero luchar.

El silencio breve que siguió fue tan denso que parecía llenar el vagón. Max la miró con dureza.

—No entiendes lo que dices. Si sigues con nosotros, pondrás tu vida en riesgo cada día.

Karina se inclinó hacia adelante, los ojos ardiendo de determinación.

—Prefiero arriesgarme que vivir escondida. No soy una niña indefensa.

Izumi mantuvo la calma, aunque su mirada reflejaba un peso profundo.

—Los familiares de Luis viven en Tefara. Son ancianos, pero estoy seguro de que podrán cuidarte. Allí tendrás un hogar seguro.

Karina golpeó la mesa del vagón con la palma abierta.

—¡No necesito que me cuiden! Necesito entrenar, necesito ser fuerte.

Max levantó la mano, imponiendo silencio. Su voz salió firme, autoritaria:

—Escúchame bien, Karina. Te propongo un reto. Quédate en Tefara. Entrena, aprende, crece. Cuando seas mayor y domines tus habilidades, yo mismo te acompañaré a recorrer el mundo. Pero ahora debes alejarte de las batallas.

Karina lo sostuvo con la mirada, los labios apretados. El traqueteo del tren acompañó el silencio breve que siguió. Finalmente, bajó la mirada y asintió con determinación.

—Está bien. Me quedaré. Pero no dejaré de entrenar ni un solo día.

Se levantó bruscamente y se sentó en otro asiento, apartándose de ellos.

Max suspiró.

—Supongo que salió bien.

Izumi lo observó con seriedad.

—La semilla ya está plantada. Crecerá, y nada podrá detenerla. Confío en que será una mujer increíblemente fuerte. Al menos cumplimos la promesa a Ellen: tendrá una adolescencia tranquila.

Max sonrió con melancolía.

—Llena de entrenamiento… pero tranquila.

La madrugada del 19 de agosto, el tren llegó a su destino. Max se dirigió al conductor para preguntar por un lugar donde pasar la noche, pero Izumi lo detuvo.

—Ya no nos queda dinero.

Karina lo miró con sarcasmo.

—¿Y la casa de los ancianos que me cuidarán? ¿Sabes dónde es?

Izumi negó con calma.

—No lo sé. Tendremos que esperar al amanecer y preguntar por los familiares de Luis.

El clima del hemisferio norte era más frío, entrando al invierno. Sin otra alternativa, los tres se sentaron juntos en la estación vacía, intentando darse calor mientras miraban el cielo estrellado. El silencio de la madrugada envolvía sus pensamientos, y aunque estaban unidos, la melancolía del momento se hacía sentir en cada respiración.

El sol se alzó sobre el horizonte y los tres despertaron en la estación vacía. Al salir, quedaron maravillados por la inmensidad de Puerto Tefara. El archipiélago estaba formado por islas volcánicas cubiertas de vegetación exuberante. Montañas coronadas por volcanes dormidos se elevaban sobre selvas densas, donde árboles gigantes de hojas doradas filtraban la luz del amanecer, creando un resplandor casi místico. Cascadas interminables caían hacia lagunas cristalinas que se conectaban con el mar abierto mediante estrechos canales naturales.

Las playas, de arena blanca y fina como polvo de perla, contrastaban con las formaciones rocosas negras que emergían del océano azul brillante. En la isla principal se alzaba el puerto, corazón comercial del archipiélago, protegido por arrecifes y por gigantescas estatuas de piedra erosionadas por el tiempo. Allí llegaban embarcaciones de todos los rincones del mundo: mercantes cargados de especias, galeones de reinos lejanos y barcos de aventureros en busca de reliquias perdidas.

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Editado: 19.03.2026

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