Izumi regresó a la playa y encontró a Max y Karina jugando en el mar, riendo como si nada importara. La escena lo golpeó con fuerza: recordó a su hermana y cómo solían jugar juntos cuando eran pequeños. Ese instante le dio determinación para seguir adelante. Se acercó y dijo con una sonrisa:
—Parece que se divierten sin mí.
Max respondió con sarcasmo:
—La verdad, tu actitud sombría y solitaria sí genera cierto rechazo.
Izumi rió. Karina, con energía, añadió:
—¡Mira, Izumi, yo también puedo controlar el agua! —y lo salpicó con ambas manos en la cara.
Izumi y Karina rieron juntos. Izumi replicó:
—Ah sí, veamos quién es más fuerte.
Con un gesto, levantó una ola que arrastró a los tres hasta la orilla. Allí, tendidos en la arena, rieron mirando el cielo. Pero Izumi rompió el momento:
—Ya sé dónde viven los familiares de Luis. Lamento interrumpir, pero creo que debemos ir.
Las expresiones de Max y Karina se tornaron serias.
—De acuerdo, vamos —respondió Karina.
Tras caminar por la zona residencial de Tefara, las indicaciones llevaron a una casita pequeña y rústica, cerca de árboles gigantes. Al tocar la puerta, los recibió un hombre mayor, con rostro cansado y mirada triste.
Izumi saludó con respeto:
—Buenas tardes. ¿Usted es familiar de Luis, el comerciante que vivía en Puerto Nivalis?
El anciano cambió su expresión de inmediato, sonrió y dijo:
—Sí, es el esposo de mi hija. Se suponía que debía llegar hace un mes, pero no pasó a vernos ese ingrato. Díganme, ¿Dónde está ahora?
Max lo miró con seriedad.
—Es algo complicado… ¿Podemos pasar y hablar con usted?
El anciano dudó, pero aceptó. Dentro, una mujer mayor apareció diciendo:
—Buenos días, ¿Quiénes son tus invitados, amor?
El anciano respondió:
—Conocen a Luis. Dicen que deben contarnos algo sobre él.
La mujer los invitó a sentarse mientras servía algo de beber. Izumi y Max se miraron con preocupación: ninguno sabía cómo contarles lo sucedido. Finalmente, Izumi tomó la iniciativa.
—Nosotros tres viajábamos en el barco de Luis rumbo a esta ciudad. No es fácil de contar, pero durante el viaje fuimos atacados por piratas. No conocí mucho a Luis, pero el poco tiempo que estuve con él fue suficiente para darme cuenta de la gran persona que era: amable, fuerte, trabajador, siempre pensando en los demás. Luis murió defendiendo su barco… no solo su barco, sino también a todos nosotros. Solo cuatro personas sobrevivimos, en parte gracias a él. El barco nunca llegó a Puerto Tefara, por eso él nunca vino a verlos. A nosotros también nos costó mucho llegar hasta aquí, pero sentía que debíamos comunicarles lo que pasó. No tengo ninguna pertenencia que lo acredite, pero es la verdad.
Los ancianos se miraron, sorprendidos y tristes. La mujer, con voz temblorosa, murmuró:
—¿Qué? ¿Luis murió?
El anciano preguntó con resignación:
—¿Y su barco? ¿Qué pasó con su barco?
Izumi respondió con calma:
—Naufragó. No quedó nada. Lo único que queda son los recuerdos que Luis dejó en nosotros. Su muletilla, cómo terminaba las frases con su “Compa”, aún suena en mis recuerdos.
La mujer mayor rompió en llanto, descontrolada. El hombre la abrazó, mirando al vacío.
—Muchas gracias por contarnos. Nosotros nos haremos cargo de informarle a su esposa e hija.
Izumi esperó un momento, dejando que los llantos llenaran la casa. Luego habló de nuevo:
—Hay algo más. Sé que la noticia no es fácil de asimilar, pero debemos pedirles un favor. La niña sentada a mi lado también viajaba en el barco de Luis. Su madre murió… y nosotros también somos jóvenes, no podemos cuidarla. Sé que es mucho pedir, pero también sé que es algo que Luis querría. ¿Podrían cuidarla hasta que sea mayor?
El silencio invadió la sala. El anciano preguntó con cautela:
—¿Qué relación tenía ella con Luis?
Izumi pensó en mentir, pero antes de hablar, Karina se levantó con firmeza.
—No conocí a Luis. Lamento mucho su pérdida, pero por lo que dijo Izumi sé que era una gran persona. Él los ayudó en un momento difícil, y ahora quiero apelar a su ayuda. Solo necesito un lugar donde dormir y que me enseñen cosas del hogar. Me prometí a mí misma que ya no dependería de nadie: ni de mi madre, ni de ustedes, ni de estos dos jóvenes. Les prometo que seré independiente, que haré mis cosas, que trabajaré si es necesario para pagarles. Pero, por favor, déjenme quedarme aquí por un tiempo.
La mujer mayor, aún con lágrimas, se levantó y la abrazó con fuerza.
—Lamento que hayas tenido que sufrir tanto.
Karina se quebró por un instante, pero no lloró. El anciano miró a Max e Izumi y dijo con voz resignada:
—Puede quedarse. Nosotros nos haremos cargo.
Izumi sonrió aliviado. La mujer añadió:
—Ustedes también pueden quedarse esta noche.
El resto de la tarde transcurrió entre recuerdos de Luis y conversaciones familiares. El ambiente era triste, pero también esperanzador.
Al amanecer, Max preguntó al anciano:
—¿Cuál es la mejor forma de hacer dinero en esta ciudad?
El hombre respondió tras pensar un momento:
—Siempre se necesitan estibadores, llegan barcos constantemente. Pero si quieren ganar mucho dinero rápido… vayan al gremio de caza recompensas. Allí encontrarán solicitudes de los pobladores, donde pagan por investigar, encontrar o cazar algo… o a alguien.
Tras un desayuno preparado por Karina y la anciana, llegó la despedida. Max dijo con ternura:
—Nos vemos, Karina. No te esfuerces demasiado, recuerda que el descanso también es importante.
Izumi se inclinó hacia ella y susurró:
—Será mejor que mantengas oculta la maldición.
Karina respondió con madurez:
—Lo sé. Cuidaré de estas personas y de este lugar.
Editado: 31.03.2026