El aire aún estaba cargado de tensión, como si la sombra del perro blanco siguiera presente en la sala.
Izumi rompió el silencio con voz firme: —Debemos partir cuanto antes. El norte nos espera.
Max asintió, aunque su mirada estaba perdida. El recuerdo del combate lo perseguía, y la idea de que la maldición pudiera estar dentro de él lo llenaba de miedo. Sin decir más, ambos salieron del gremio y se dirigieron al puerto.
El barco de pasajeros estaba abarrotado de gente. Comerciantes con cajas de mercancías, familias con niños inquietos, viajeros solitarios que buscaban un nuevo destino. El bullicio contrastaba con el silencio interior de Max. En público, se mostraba alegre y extrovertido: ayudaba a cargar equipajes, contaba historias exageradas de Solaria, reía con los marineros. Nadie sospechaba que detrás de esa sonrisa se escondía un miedo creciente.
En la cubierta, mientras el barco se alejaba del puerto, Izumi explicó la ruta: —Primero llegaremos a Puerto Northgate. Desde allí tomaremos un tren hacia Ebonholt, y finalmente otro tren directo a Helgard, la capital del reino del norte.
Max escuchó, pero su mente divagaba. El plan era claro, pero lo que lo atormentaba no tenía dirección: el recuerdo del perro blanco y el zumbido eléctrico que parecía latir en su pecho.
Esa noche, en el camarote estrecho, soñó con el animal. Revivió el combate: los colmillos brillando, el impacto brutal, el dolor en sus manos entumecidas. Despertó sudando, con la sensación de que cada latido le robaba tiempo de vida. Pensó en Karina y en Ellen, en cómo las maldiciones habían transformado sus vidas, y temió que pronto él también sufriría cambios irreversibles.
La rutina del barco era monótona. Desayunos simples de pan duro y sopa caliente, largas horas de cubierta observando el horizonte, y noches frías en camarotes estrechos. El mar parecía infinito, pero el espacio reducido del barco lo volvía claustrofóbico. No había escapatoria para sus pensamientos.
Max se apoyaba en la baranda, mirando el reflejo del agua. A veces creía ver destellos azules en su silueta, como si la electricidad se manifestara en su sombra. Sacudía la cabeza, convencido de que eran imaginaciones. Pero el zumbido seguía ahí, constante, como un recordatorio de que algo había cambiado.
Intentó bromear con Izumi: —¿Sabes? Si seguimos viajando en barcos, terminaré siendo marinero en lugar de príncipe.
Izumi lo miró con calma, sin sonreír. —Mientras el viaje te enseñe algo, no importa el título que lleves.
Max se quedó en silencio. Esa respuesta, tan simple, lo golpeó más que cualquier descarga eléctrica. Izumi lo veía, lo entendía, aunque no dijera nada más.
En el camarote, sus pensamientos lo llevaron a Solaria. Recordó a su hermana, siempre más capaz, siempre preparada para heredar la corona. Su padre la había instruido desde niña, mientras él se veía libre de esa carga, soñando con recorrer el mundo y conocer cada rincón de los reinos.
Ahora, la maldición lo hacía dudar. ¿Qué pasaría si su familia descubría que estaba marcado? ¿Cómo afectaría eso al reino? ¿Podría su hermana cargar con el peso de gobernar mientras él se consumía lentamente? El miedo no era solo por su vida acortada, sino por el impacto que tendría en quienes amaba.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el frío del metal de su espada cerca de la cama. "No quiero que mi familia me recuerde como el príncipe que se quebró antes de tiempo."
El silencio del barco lo envolvió. Afuera, el mar seguía golpeando el casco con un ritmo constante, como si marcara el tiempo que le quedaba.
Al acercarse al reino del norte, el ambiente cambió. El aire se volvió más frío, el cielo más gris, y el viento cortaba la piel como un enemigo invisible. Los pasajeros se abrigaban más, y el aliento se volvía visible en el aire. Max comprendió que no solo debía enfrentar la maldición, sino también un entorno hostil que pondría a prueba su resistencia. El clima era un adversario silencioso, capaz de quebrar tanto el cuerpo como el espíritu.
En cubierta, observó a los demás pasajeros encogerse bajo sus mantas. Él mismo se estremecía, sintiendo que el frío penetraba hasta sus huesos. El zumbido eléctrico parecía intensificarse con el viento, como si el clima amplificara su maldición. Se arrodilló, temblando, y comprendió que no podía escapar de lo que llevaba dentro. No hubo explosión ni manifestación física, solo la certeza de que algo había cambiado.
La tercera mañana, el barco se acercaba a Puerto Northgate. El aire helado anunciaba que habían entrado en otro hemisferio, en un otoño que se deslizaba hacia el invierno. Max se apoyó en la baranda, mirando el horizonte con miedo, pero también con una chispa de determinación. Miró a Izumi y, con voz firme, pronunció:
"El norte nos espera, Izumi, con frío y oscuridad, pero no nos rendiremos. Si nuestras vidas se reducen, que sea para forjar una historia que resuene más fuerte que cualquier maldición."
Izumi se colocó a su lado en silencio. El mar quedaba atrás, y frente a ellos comenzaba el verdadero desafío: el reino del norte.
Editado: 14.09.2026