Todo comienza en el pueblo de Welcome to ordinary.
Desde pequeño, todos notaban que Jack era diferente.
No por su ropa. No por su físico. Sino por su mente.
Aprobaba todas las materias sin esfuerzo, como si los libros le hablasen al oído. Los profesores lo miraban con respeto, y sus compañeros con una mezcla de admiración y distancia. Jack era brillante… pero callado.
En su casa, era el más pequeño de sus hermanos. Sus padres lo querían. Le decían “mi genio”, y él les sonreía, sin saber que esas memorias algún día serían su único refugio.
Todo cambió cuando cumplió nueve años.
Su padre enfermo y nadie supo con claridad que padecía, los doctores no pudieron catalogar la enfermedad qué lo consumía solo sabían que cada día respiraba mas forzado y hablaba menos, una enfermedad de otro mundo, Hasta que una noche simplemente… no habló más, fue encontrado sin vida en la habitación y de sus orificios salía sangré color negro.
Murió sin despedirse y con él, también murió algo dentro de Jack.
Desde entonces, nada volvió a ser como antes.
Los militares intervinieron en su casa y revisaron cada rincón de la casa, era cómo si buscarán algo, pero no encontraron nada, solo sangré oscura, después de eso fue lo peor para Jack.
Los adultos ya no lo miraban con lástima, otros con odio y repulsión y susurraban cuando él pasaba:
—Está tan flaco…
—¿Será que no come? Mirá sus ojos, da miedo.
—Ese niño da asco, maldito fenómeno…
Y aunque pensaban que no escuchaba, Jack oía todo. Cada frase, cada cuchiche, aunque quería responder se tragó cada palabra como piedras. Y con ellas, fue construyendo un muro.
Un muro que no dejó entrar a nadie más.
Años después, aquel niño ya no reía.
Su rostro era tranquilo, pero su mirada era otra.
Callado. Frío. Solo.
Ya no buscaba amigos.
No le interesaban los juegos, ni las fiestas, ni las conversaciones vacías.
Solo quería estudiar, estudiar y entender por qué el mundo era como era.
Y quizás, algún día, poder enfrentarlo.
Jack no hablaba mucho, pero observaba todo.
En su mente, el mundo era un lugar donde solo sobrevivían los que aprendían a no sentir.
Cada día, al mirar su reflejo en el vidrio roto de su ventana, no veía a un niño… veía a alguien que había dejado de serlo.
Sabía que algo se acercaba. No sabía qué, pero lo presentía.
Un cambio, Una prueba, Un quiebre.
Pero aún así tenía que seguir adelante, solo se tenía el y nadie más estaría con el y llevaría el peso que llevaba.