Jack terminó la secundaria y comenzaría su primer año en la universidad del pueblo con 17 años. Su carácter seguía igual: frío, reservado, asocial.
Jack nunca se sintió igual que sus cuatros hermanos.
En su casa, parecía estar de más.
Su hermano tres años por delante de él, lo trataba como una molestia. Siempre con desprecio, siempre con distancia. Si Jack entraba en la sala, él salía. Si hablaba, lo ignoraba. Y si respondía… terminaban discutiendo.
Las peleas crecieron. El ambiente se volvió insoportable.
A veces Jack pensaba que si no estuviera ahí, nadie lo notaría.
Esa sensación de rechazo, de estar fuera de lugar en su propia casa, lo aislaba más y más del mundo.
Y para empeorarlo todo, mientras algunos lo alejaban, otros le ponían cargas invisibles en los hombros:
—Tú vas a ser grande…
—No puedes fallar…
—Tú eres diferente…
Grandes expectativas, pero poca comprensión.
Jack no sabía si debía triunfar… o simplemente desaparecer.
Fue en ese estado emocional —roto por dentro, sin decir una palabra— que comenzó la universidad.
Jack sólo pensaba: Ya he soportado todo este tiempo, la universidad no puede ser tan mala. Y así sin darse cuenta el primer día de clases llegó.
El primer día de universidad no fue distinto a los demás días en la vida de Jack: sin emoción, sin expectativas. Entró al aula sin mirar a nadie, con la mirada fija al frente, como si ignorar al mundo hiciera que el mundo lo ignorara a él, jack podía sentir las miradas con desprecio de las personas que estaban en el aula.
Pero el mundo tenía otros planes.
—Ey, tú —dijo una voz rápida, con tono burlón pero no malicioso—. ¿Tú eres nuevo? ¿Eres el chico de los rumores?
Jack no respondió. Se sentó en la última fila, lejos de todos.
El que había hablado se giró en su asiento y le sonrió como si no notara el rechazo.
—Soy Barry, por cierto. Y aunque no hables, igual te voy a molestar hasta que me hables.
—Qué pesado eres —gruñó otro, con voz ronca—. Déjalo tranquilo. No ves que no quiere hablar.
Ese era Spencer. Tenía pinta de buscar problemas, pero en sus ojos había una intensidad que no era del todo mala.
—No le hagan caso, son así con todo el mundo —intervino uno con voz tranquila. Su mochila estaba llena de dibujos mal doblados. Era Brailin.
—Él se ve inteligente —dijo por último uno que apenas levantó la cabeza de un cuaderno de fórmulas—. Yo soy Deimon.
Jack los miró, sin saber cómo sentirse.
Eran ruidosos. Demasiado distintos. Molestos incluso.
Pero por alguna razón... no se sintió incómodo.
Ese fue el primer día que alguien lo incluyó sin exigirle nada a cambio.