Un papá genial

1

Nueve y dos minutos.

Ese era el número que brillaba en el reloj digital del recibidor, donde la secretaria me dijo que esperara. Dos insignificantes minutos de retraso por culpa de un semáforo averiado en el centro, pero para la persona que estaba a punto de entrevistarme, dos minutos parecían equivaler a un crimen de estado.

Apreté la carpeta contra mi pecho y sostuve mi vaso de café para llevar. Había superado tres filtros exhaustivos con el departamento de Recursos Humanos de Callahan Aerospace, pero la prueba final era cara a cara con el mismísimo CEO Michael Callahan.

Al salir del ascensor en la última planta, lo primero que llamó mi atención fue la sincronía de las personas. Todas las asistentes del piso vestían exactamente el mismo traje sastre de color azul marino estricto, sin un solo accesorio fuera de lugar, cabello rtfecogido en un moño y con un labial tenue y ausencia de perfume. La recepcionista, impecable en su uniforme, me miró de arriba abajo como si algo anduviera mal con mi chaqueta rojo fresa.

—Señorita Wilde, llega dos minutos tarde —dijo mientras presionaba el intercomunicador—. El señor Callahan no tolera la impuntualidad. Y un consejo: ni se le ocurra entrar con ese café. Aborrece los perfumes y los olores fuertes en su despacho y si se le derrama una sola gota, la hará limpiarla con su chaqueta.

Antes de que pudiera responder, la puerta doble se abrió. Era tarde para acobardarme o para pensar en regresar. Necesitaba el trabajo y el dinero, y ese empresa era de las mejores del estado.

Tragué saliva, me erguí y entré.

El despacho era monumental. Ventanales de piso a techo con vistas al puerto, arquitectura limpia y un orden casi clínico. La mayoría de las cosas como el escritorio, la silla, sofás, incluso una pequeña biblioteca de libros de astronomía, estaban en blanco. El color pareció haber saltado por la ventana. Detrás de un escritorio de nogal impecable, se encontraba Michael Callahan.

Lo conocía por las revistas que mi hijo solía pedirme que le comprara cuando íbamos al odontólogo. Era un hombre imponente, de mandíbula marcada y una mirada azul tan fría y dura como el cristal del edificio. Tenía el cabello rubio, al igual que una barba bien pulida y recortada, y su mano apretó el borde de la silla.

Su primera acción no fue saludarme, sino mirar su reloj de pulsera, aquel que supuse costaba más que mi apartamento.

—Nueve y dos minutos, señorita Wilde —dijo. Su voz era profunda, carente de cualquier cortesía. Su voz se me clavó tan hondo como la estaca a un vampiro—. En esta empresa, dos minutos son la diferencia entre un despegue perfecto y una catástrofe aeronáutica. La puntualidad es vital para mí.

—Le ruego me disculpe, señor Callahan. Fue el tráfico. Uno de los semáforos estaba averiado y tuve que tomar otra vía —respondí, manteniendo la compostura mientras me acercaba.

Hizo un leve gesto con la mano para que me sentara, aunque supuse que también me callara de tanto parloteo. Al acercarme, busqué dónde apoyar mis cosas e hice el ademán de dejar mi vaso de café sobre una esquina libre del escritorio.

—¡No! —interrumpió bruscamente, levantando una mano como si fuera a detener una explosión. Me congelé—. No se apoyan recipientes sin posavasos en esta mesa, y menos un café cuyos aromas saturan el ambiente. Déjelo en la mesa auxiliar, por favor.

Apreté los labios y obedecí. Fue entonces cuando empecé a fijarme en los detalles de su espacio. Sobre la madera no había un solo papel fuera de lugar. En el lapicero, todos los bolígrafos y lápices mecánicos estaban alineados de forma obsesiva, con las puntas orientadas exactamente en la misma dirección y ángulo.

En ese momento, una asistente entró en silencio, dejó una pequeña taza de porcelana sobre un posavasos de cuero y se retiró. Michael no bebió de inmediato. Sacó un pequeño termómetro digital de su cajón, lo sumergió un segundo en el líquido y frunció el ceño. Yo palidecí al ver lo que el hombre hacía.

—Creo que no tiene fiebre —intenté bromear.

Él levantó la mirada y sentí como me volvía a acuchillar con ella.

—Sesenta y cuatro grados —murmuró más para sí mismo, que para mí, visiblemente molesto porque… la verdad no sabía—. Les pedí sesenta y cinco exactos. Un grado menos altera el sabor.

Me quedé mirándolo en silencioy el estómago se me anudó. ¿Ese hombre iba a ser mi jefe? Que Dios tuviera piedad de mí. Pero de entre todo, la alineación de los lápices, la aversión a los olores fuertes, la obsesión enfermiza por la temperatura exacta.

Aquello me resultaba extrañamente familiar.

La entrevista continuó durante veinte minutos donde repasó mi currículum con lupa. A pesar de su carácter inflexible, supe defender mi trabajo. Al despedirme, me aseguró que Recursos Humanos me notificaría la decisión al día siguiente.

Llegué a casa al final de la tarde, agotada, pero con la mente trabajando a mil por hora. Si conseguía ese trabajo podía ingresar a mi hijo en ese curso de verano de astronomía que tanto quería.

—¡Ya llegué!

—¡Mamá! —saltó Asher del sofá para apretarme por la cintura.

Mi hijo de siete años estaba viendo su cabal favorito. Frente a él, sus lápices de colores estaban colocados en una hilera perfecta, todos con las puntas apuntando exactamente hacia la ventana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.