Un papá genial

2

El espejo del vestidor no mentía: parecía la copia exacta de una muñeca en serie, un robot obsoleto. Todas vestíamos igual, como si nos hubieran sacado de la misma fábrica de barbies corporativas.

Ajusté el botón de la chaqueta sastre de color azul marino y suspiré. Mi melena, que solía llevar suelta y con volumen, se había convertido en un moño que me estiraba la cara hasta las cejas. El uniforme me quedaba, pero era sofocante. Extrañaba mi ropa, mis colores y la libertad de moverme sin sentirme como una secretaria de los años cincuenta. Solo debía sonreír y estar agradecida.

Había conseguido el empleo. La llamada de Recursos Humanos de la tarde anterior fue un salvavidas para mi cuenta bancaria, pero la realidad de estar ahí, a las ocho en punto, me irritaba. Me gustaba desayunar con Asher, no tener que comerme un bollo en el auto y casi que aspirarme la ropa para que no vieran migajas.

Ese día llegué temprano, peor no antes que el jefe.

Tomé mi libreta, erguí la espalda y caminé hacia el despacho. A un metro de la puerta doble de caoba, se abrió de golpe.

Michael Callahan apareció en el umbral. Traje gris, corbata derecha y esa postura de estatua que te hacía sentir miniatura. Ni un buenos días, mucho menos invitarme un café como mi anterior jefe, aunque en defensa del anterior, quería ligarme desde que entré. Frunció el ceño, inhaló profundo y retrocedió al verme.

¿Pasaba algo conmigo? ¿Me había quedado una miga?

—Señorita Wilde —dijo, sin dejar de escanearme.

Sentí las bolas que no tenía en la garganta.

—¿Sí, señor Callahan?

—Hay un número reducido de reglas en esta oficina. Pensé que la tolerancia cero a las fragancias había quedado clara.

Me congelé y me llevé la mano al cuello. ¿Cómo pude olvidarlo?

Maldita sea.

Entre el apuro, el desayuno de Asher y los nervios por el primer día, me había puesto dos gotas de mi perfume de jazmín por pura costumbre. Olvidé que mi jefe era intolerante al olor.

—Se lo recordé a la recepcionista y se lo digo a usted: no tolero los perfumes —continuó con severidad—. Satura el aire, distrae el enfoque y altera el ambiente. Que no vuelva a repetirse.

—Le ruego me disculpe, señor Callahan —respondí, mordiéndome el interior de la mejilla. Me hizo sentir culpable como si hubiera robado el dinero de la ofrenda de la iglesia para gastarlo en strippers—. Fue un descuido. No pasará de nuevo.

—Eso espero —dijo cortante.

Se dio media vuelta y volvió a entrar a su despacho. No me dijo que lo siguiera, pero sabía que había que hacerlo. Lo seguí, manteniendo la distancia. Michael caminó hasta su imponente escritorio de nogal, se acomodó en su sillón como el robot que era, sacó tres carpetas de un cajón y anotó algo en su bloc.

Esperé en silencio, casi sin respirar. No quería que dijera que le molestaba ese molesto ruido que hacía mi nariz al respirar.

Solo entonces levantó la vista.

—Tome nota —ordenó.

Abrí mi libreta. Nada de IPad o de Tablet. Todo era manual, lo que me pareció extraño considerando que tenía una empresa de tecnología y que todo debía funcionar digitalmente.

—Baje al taller de prototipos. Verifique la prueba de esfuerzo de la tobera de empuje vectorial para la turbina del X-1.

¿La qué de qué?

—De acuerdo —dije, haciendo garabatos sin sentido.

—Luego pase por suministros. Pida los informes de la aleación de titanio-aluminuro —informó, escribiendo también.

—Suministros, titanio... anotado.

—Suba a aerodinámica por la telemetría del último ensayo —dijo y extendió algo hacia mí, algo que tomó de inmediato porque si pendía mucho de sus manos me mataría—. Lleve esta carpeta firmada a finanzas, en el bloque B, y asegúrese de que el informe de coeficiente de rozamiento aerodinámico esté en mi mesa antes del mediodía. No quiero que Joel haga chistes sobre eso.

Se me quedó la mente en blanco.

Era una ráfaga de información imposible.

Miré lo que escribí…. De hecho, no escribí nada. Solo puse lo del titanio porque entendía la palabra. El resto fue tanto al mismo tiempo, que solo rayé la hoja. Él siguió hablando. No debía interrumpirlo, sabía que me costaría, pero debía anotarlo.

—¿Tobera de qué, señor? —repetí—. Disculpe, señor Callahan, ¿eso viene con subtítulos o las piezas hablan por sí solas?

Michael se detuvo y levantó la vista tan lento que pude contar mínimo dos mississippis antes de que me mirara. Su mirada era la de alguien que se preguntaba si Recursos Humanos le había enviado a una persona capaz o a una payasa de circo en quiebra.

—Es jerga aeroespacial básica, señorita Wilde.

Sonreí. Grave error. Mi ogro de jefe frunció el ceño.

—¿Le parece gracioso?

—¡No! —solté de inmediato—. Me rio cuando estoy nerviosa. Apenas es mi primer día, señor. Hay muchas cosas que no entiendo.

Michael rotó los hombros y puso ambas manos sobre el escritorio. Pude ver como presionaba sus pulgares, como intentando calmarse.




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