Un papá genial

3

¡Me iba a quemar como las brujas!

El aire cambió antes de que pudiera entender qué pasaba.

Un olor agrio y algo caliente me raspó la garganta. Alcé la vista al techo y vi una cortina de humo negro saliendo por las rejillas del aire acondicionado que se extendía por el pasillo a toda velocidad.

Escuché el crujido del fuego dentro de las paredes.

En un segundo, el pasillo desapareció. La luz roja ya no era solo una alarma, era una trampa mortal. Tenía aun el plano pegado al pecho cuando vi hacia todas partes. Debí haber seguido a las personas que escapaban como ratas de un barco hundiéndose.

El pecho se me cerró y todo lo que veía era naranja o negro. Las manos me empezaron a temblar tanto que casi se me cae el tubo de planos. No. El fuego no. Cualquier cosa menos fuego.

«Respira, Tessa. Respira».

No podía. Las piernas me pesaban muchísimo. Cerré los ojos con fuerza. Sabía lo que tenía que hacer. Debía correr, buscar las escaleras que fueran hacia abajo y correr como si me persiguiera un espanto. Sabía lo básico de emergencia, pero no me podía mover.

Recordé el calor y las llamas, el fuego quemándome los pies y las manos, el humo entrando a mis pulmones y quemándome la garganta. No quería desenterrar eso que tanto me costó olvidar, pero el pánico me secó la boca y la saliva desapareció. El humo espeso bajó más y tapó las luces. Antes de toda la gente corría hacia una puerta que terminó bloqueada con algo que cayó del techo.

—No puedo —intenté decir, pero el humo me abrasó la garganta y me provocó un ataque de tos—. No puedo… No puedo…

Las piernas me fallaron y caí. El piso estaba caliente como una caldera y pegué la frente del piso. El rollo de plano resbaló por el piso y se perdió bajo el humo e intenté respirar. Adentro, afuera, nada. Mis rodillas temblaban tanto que resbalaron y caí de bruces. Con mi boca y pecho pegado del suelo intenté respirar. Adentro, afuera. Jadeé y las lágrimas se acumularon en mis ojos. No podía morir, no de esa manera, no dejando a Asher, no en mi primer día.

—¡Wilde! —gritó alguien a lo lejos.

—¡La puerta se atoró! —chilló una mujer, aunque supuse que todos se habían ido—. ¡Estamos atrapados!

No podía siquiera ver a través del fuego. Los ojos me escocían horriblemente y el aire apenas me entraba. Me abracé y me encogí en el suelo. El pasillo se estaba volviendo un horno que me sofocaba. Cerré los ojos, pensando que hasta ahí llegaba mi vida.

Estaba perdiendo la visión. Veía borroso, el calor me quemaba por dentro y sentía que hervía como la rana de la secundaria.

De pronto, dos manos me agarraron por los hombros.

—¡Wilde! ¡Arriba! —escuché una voz sobre el rugido del fuego.

De un tirón fuerte me levantó del suelo. Me cargó como si pesara menos que una fotocopiadora. Mi mejilla se pegó contra un pecho suave que olía a humo, humo y más humo.

Alcé la vista, mareada. Necesité un segundo para aclarar mi vista. Pensé que estaba alucinando, pero no lo estaba.

Era Michael. Tenía la corbata suelta, el primer botón de la camisa abierto y los ojos azules brillantes. El robot de la mañana había desaparecido y en su lugar estaba alguien diferente a los bomberos sexis de las series, pero que me salvó de morir chamuscada, eso debía contar. No podía respirar y lo escuché toser varias veces.

—La tengo. Aguante —dijo con la voz rasposa por el humo.

—Señor Callahan, ¿qué hace aquí? —alcancé a balbucear.

—Rescatarla. No hable.

Me pasó un brazo por la espalda y otro debajo de las piernas y me levantó en brazos como si no pesara nada. Dio tres pasos cuando un estruendo enorme sacudió el techo y sentí que algo nos caía.

—¡Cuidado! —gritó.

Se giró en el aire y nos tiró al suelo. Caímos de costado justo cuando una viga envuelta en llamas y un pedazo enorme de concreto se desplomaron a centímetros de nuestros pies, llenándonos de ceniza. El golpe me dejó sin aire. Me quedé tirada boca arriba, viendo el techo arder, en shock. Veía como las llamas estaban destruyendo mi lugar de trabajo. ¡Qué mala suerte la mía!

Michael se puso sobre mí, cubriéndome con su cuerpo mientras terminaban de caer las piedras. Cerré los ojos cuando el concreto seguía cayendo y me sujeté de sus bíceps para dejar de temblar. Tenía la frente sucia de hollín y el pelo despeinado, pero sus ojos buscaban los míos y veía pánico en ellos. Me agarró la cara con las dos manos, eran grandes, suaves y tenía las palmas calientes.

—Wilde. Wilde, míreme —ordenó, respirando agitado cerca de mi cara, mientras la cabeza me pesaba—. ¿Puede caminar?

La cabeza me daba vueltas. Pestañé despacio, mirando los botones de su camisa, justo donde se lograba a ver algo de piel.

—Los planos... —murmuré ida, apretándole los bíceps con las uñas—. No los perdí, señor Callahan... los iba a entregar...

Michael apretó los dientes, frustrado, pero no me soltó la cara.

—Deje los malditos planos, Wilde —dijo mirándome fijo—. Concéntrese. Míreme a mí. ¿Está entera? ¿Le duele algo?

Tragué saliva. La garganta me quemaba.




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