Un papá genial

4

Tener una bota ortopédica en el pie derecho antes de cumplir las primeras veinticuatro horas en un trabajo no estaba en mis planes, pero ahí estaba, tirada en el sofá de mi sala con el tobillo inmovilizado y una venda abultada. ¿Y saben cómo me sentía? Como si me acabaran de dar la libertad condicional.

A mi lado, despatarrada como si el sillón fuera suyo, estaba Sasha.

Sasha era mi mejor amiga de toda la vida: chispeante, atrevida, medio malhablada y con cero filtros en la lengua. Llevaba tres años casada con el padre de su hijo, Misha, que tenía la misma edad que Asher, y cuando le conté mi día, no tardó en tocar a mi puerta en cuanto terminamos de desayunar para chismear, o como ella lo llamaba: hola, amiga, llevaré a Misha que muere por jugar con Asher, y si tienes tiempo nos tomamos un cafecito.

Mientras nosotras estábamos en el sofá, los dos niños pintaban concentrados en la mesa central del centro de la sala, llenando hojas de papel con crayones de colores. Eran niños grandes, pero odiaba la idea de perder a Asher de la vista. Era un buen niño, igual que Misha, pero incluso los buenos se equivocaban.

Sasha le dio un sorbo a su vaso termo de color rosa con estampado de fresitas, me miró de arriba abajo y levantó una ceja.

—A ver, chispita, ¿qué tal el nuevo trabajo? Porque a juzgar por el accesorio de moda en tu pie, parece que nada bien.

—La verdad, la bota es lo de menos —suspiré, reajustando el cojín bajo mi pierna—. Hay un problema más grande. Mi jefe.

Sasha volvió a beber de su termo de fresitas por la pajilla gruesa y me miró con los ojos entrecerrados, llena de curiosidad.

—¿Está guapo?

Sabía que eso sería lo único que le importaría. Sucedía en todos los trabajos, hasta donde mi jefe me tocó el trasero y fingió que fue un «accidente» con la bandeja que llevaba. Y la verdad, no debía quejarme de Michael, porque aun loco, era el menos loco que me tocó, sin mencionar el inmigrante que quiso casarse conmigo para que le diera la visa y poderse casar con la madre de sus siete hijos. Dijo que para pagarme el favor me daría uno de sus hijos como si fuese un chivo. Agité la cabeza con el recuerdo.

—No es tan importante cómo se ve —dije rodando los ojos y haciendo un ademán—. Es más cómo se comporta. Sus actitudes, sus formas de responder. Me hace sentir tonta por momentos.

Sasha soltó una carcajada y agitó la mano en el aire.

—Pues si tu jefe no te hace sentir tonta, no estás en un trabajo explotador mal pagado que apenas te alcanzará para pagar el seguro médico que necesitarás. Es lo lindo del norte, ¿no crees?

Rodé los ojos.

—Wow, qué motivador.

Ella me dio un empujón juguetón en el hombro.

—¡Anímate! Si está guapo, puedes coquetear con él.

—¡Claro que no voy a hacer eso! —respondí de inmediato.

Frunció el ceño, como si hablara en idioma extraterrestre.

—¿Por qué no?

—Porque no soy esa clase de chica.

Sasha arrugó la cara como si hubiera probado algo agrio.

—¿Cómo? ¿Una golfa?

—¡Sasha! —le siseé, abriendo los ojos de par en par y mirando hacia la mesa de los niños, quienes seguía pintando—. ¿Qué te dije?

Asher levantó la cabeza de su dibujo, con el lápiz azul en la mano.

—¿Mamá? ¿Qué es eso?

—Es un animal, mi amor —le respondí rápido, sonriendo.

Misha, que estaba al lado de Asher manchándose los dedos de pintura verde, levantó la vista y dijo muy serio:

—Mamá dice que es una palabra para las mujeres malas.

Miré a Sasha con cara de matarla. Ella solo encogió los hombros y dio otro sorbo a su termo de fresas.

—¿Qué? Estoy educando a un caballero.

—Asher, no repitas esa palabra —le ordené a mi hijo.

—¿Puedo googlearla en mi tablet para saber qué animal es? —preguntó Asher con curiosidad.

—No —solté más alto de lo normal—. Sigan jugando, por favor.

Volví la cara hacia mi amiga y le hablé entre dientes.

—Te he dicho mil veces lo de tu lenguaje enfrente de los niños.

Sasha hizo un ademán despectivo con la mano.

—Eres demasiado puritana, pero en fin, quiero que estés con él.

—¿Con quién? —pregunté despistada.

—Con tu jefe.

—No. Tiene un anillo de casado y yo no soy una gol... —Me frené antes de decirlo—. Una... goleadora. Y además, ¡está casado!

Sasha abrió la boca, sorprendida, y luego se le formó una sonrisa maliciosa en los labios.La conocía tan bien que sabía que lo primero que salió de mi boca era una condena segura.

—¡Te pillé! Se lo viste para ver si estaba disponible.

Rodé los ojos. ¿En serio hice eso? No, no dejes que Sasha se meta en tu cabeza. Es capaz de venderle vaselina a un sacerdote para untarle en la frente la ceniza a sus feligreses.




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