Un papá genial

5

A dos días del incendio en Callahan Aerospace, la bota ortopédica seguía siendo una trampa mortal y una tortura medieval. Tenía el pie derecho inmovilizado, el cabello hecho un nudo rebelde que parecía un nido de pájaros desamparados y llevaba puesta una camiseta tres tallas más grandes con un pantalón de pijama flojo que había visto sus mejores años en la década pasada.

Estaba en la cocina limpiando lo que habíamos usado en el desayuno con Asher cuando alguien llamó a la puerta. No esperaba visita de nadie, pero supuse que podía ser una persona.

—¿Sasha? —murmuré para mí misma, arrastrando la bota como un grillete contra el piso de madera—. Se le habrá olvidado otra vez mandarme un texto para fingir que no estoy en casa.

Apoyé todo mi peso en la pierna buena, di un par de saltitos y abrí la puerta sin fijarme por el ojo de la cerradura.

Grave error.

El aire de la calle me golpeó el rostro. Al principio la luz del sol me golpeó las retinas y tuve que cubrirlo con la mano. Detrás de los dedos estaba alguien nada parecido a Sasha.

En el umbral de mi casa no estaba mi amiga con sus chismes.

Estaba Michael Callahan.

Impecable, con su traje sin una sola arruga, la corbata perfectamente ajustada y esa postura que rozaba la perfección. Pestañeé varias veces pensando que estaba en un viaje psicodélico por la medicación, pero él seguía allí, imponente, poderoso.

Pasé de parecer una muñeca Barbie en la oficina a una pordiosera en mi propia casa. Y el universo, en su infinito y retorcido sentido del humor, decidió enviarme a mi jefe para presenciar mi desgraciua. Lo único que me faltaba era una mancha de salsa en el pecho para completar el cuadro. Nos quedamos en silencio durante tres interminables segundos. Él me miró de arriba abajo sin pestañear, y yo me quedé congelada con la mano en el pomo.

Parecía que ninguno quería decir la primera palabra, y en mi defensa él fue quien llamó a mi puerta esa mañana.

—Hola —solté, pestañeando despacio, deseando que fuera una alucinación por los analgésicos, no algo real.

—Hola, señorita Wilde —dijo él con esa voz grave e imperturbable, y supe que no estaba alucinando. Tenía esa voz de narrador de libros para mayores de edad que solía escuchar cuando iba en el auto a mis poderosos sesenta kilómetros por hora.

—Qué… Que sorpresa verlo aquí—dije, aferrándome al marco de la puerta para no perder el equilibrio y en ese momento me di cuenta de cuanto pesaba la bota—. ¿Cómo encontró mi dirección?

Michael ladeó la cabeza y me clavó esa mirada azul hielo que no necesitaba traducción: «Se la pedí al departamento de personal, Wilde. Qué pregunta tan absurdamente obvia».

—Se la pedí a Recursos Humanos —respondió en voz alta, sin despeinarse, sin inmutarse, como si hubiera preguntado qué café me gustaba o como me gustaba que me cortaran las uñas dos veces al mes—. Quería saber cómo estaba su pierna.

Traté de aligerar la tensión que comenzaba a sofocar la entrada y señalé mi bota ortopédica con la mano. No solo estaba apenada de las fachas que tenía, sino que parecí olvidar hasta mi nombre.

—Ah, ya ve... adoptando el estilo pirata —bromeé, intentando sonreír—. Solo me falta el loro parlanchín en el hombro y el parche en el ojo para salir a buscar tesoros perdidos en el Caribe.

Michael ni siquiera parpadeó. No hubo una carcajada ruidosa, ni una leve sonrisa, ni el más mínimo movimiento de cejas. Nada. Se quedó allí parado, mirándome como si le hubiera hablado en arameo antiguo. Respiré profundo. La situación se volvió tan incómoda que sentí unas ganas desgarradoras de cerrarle la puerta en la cara y fingir que nunca abrí, o que era mi hermana gemela.

Apreté el marco de la puerta buscando apoyo, rezando por un rescate divino o un ataque cardíaco, ahogarme con saliva como un pez o que me dieran convulsiones justo en ese momento, lo que fuera, algo que me rescatara de esa situación, y alguien me escuchó.

—¿Quién es, mamá? —preguntó una vocecita desde el pasillo.

Asher se asomó por detrás de mis piernas, arrugando la nariz y acomodándose el cabello rubio mientras miraba al gigante en traje que ocupaba todo el pórtico. Lo vi asomarse y su cabeza quedar colgante, con el cuerpo detrás de la puerta.

—Amor —dije, bajando la mano para tocar su hombro, buscando un salvavidas—. Él es mi jefe, el señor Callahan.

Asher lo miró con curiosidad y dio un paso al frente, acomodo la espalda como siempre hacía cuando quería verse mayor, abrió toda la puerta y le extendió la mano a Michael.

—Yo soy Asher Wilde —se presentó con su mejor voz de mayor.

Miré a Michael. Michael miró la mano de mi hijo con sorpresa, pero de inmediato se inclinó apenas lo necesario y aceptó el saludo, apretándosela con seriedad y sin risa o gracia en sus gestos.

—Michael Callahan —dijo profesional—. Un placer, Asher.

Se estrecharon la mano como dos hombres de negocios cerrando un trato millonario en una sala de juntas y sentí que el vello de mis brazos se erizó. En ese instante, algo rarísimo flotó en el aire. No sabría cómo explicarlo, pero hubo como un entendimiento mudo entre ambos que me dejó con la boca abierta. Asher lo estaba analizando, y por como Michael lo miraba estaba imitándolo.




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