Llevaba un buen rato apoyada contra la encimera de la cocina, escuchando a mi jefe y a mi hijo mientras reían y hablaban sin parar, como los mejores amigos, mientras a mi me dolía la pierna y nadie parecía interesado. Trataba de asimilar la escena casi sobrenatural que ocurría a pocos metros de donde estaba, cuando escuché unos pasos correteando por el pasillo. Asher apareció en la cocina con el cabello revuelto y la cara iluminada. Tenía el sudor de la fatiga y en sus ojos un brillo que pocas veces veía en alguien tan pequeño.
—Mamá —dijo, tirando suavemente del borde de mi camiseta gigante—, tengo hambre. ¿Estás cocinando?
—No, mi amor —respondí, pasando una mano por su cabeza y bajándola hasta apretar su barbilla—. Pensaba que ordenáramos algo para almorzar, pero no sé qué le gusta al señor Callahan.
Giré la cabeza hacia la puerta del pasillo y vi a Michael salir de la habitación, acomodándose los puños de la camisa. Se estaba familiarizando demasiado con mi entorno y todo se me hacía demasiado difícil de digerir, como si tragara una bola de ping pong.
—Como el señor Callahan es el invitado, él debería elegir qué comer —añadí, mirándolo—, o no sé si se quiere ir a casa.
Lo miré, esperando que decidiera irse, pero Michael estaba más agarrado que una pulga a la cola de un perro. Michael detuvo el movimiento de sus manos y negó levemente con la cabeza.
—No, por favor. Prefiero que elija Asher. Es su casa.
Asher sonrió de oreja a oreja, fascinado por mi jefe y honestamente, en esa ecuación sentía que sobraba.
—¡Yo quiero comer mi comida favorita! —exclamó mi hijo, y luego miró a Michael con curiosidad—. ¿Cuál es la tuya, Michael?
—La pasta —contestó él de inmediato.
—¡Sí! —gritó Asher, alzando los puños al aire con una emoción desbordante—. ¡La mía también es la pasta!
Me quedé mirándolos, incrédula. La probabilidad de que compartieran hasta el platillo favorito rozaba lo ridículo, sin embargo, Michael alzó una mano para hacer un ademán.
—Aun así, prefiero no comer pasta a esta hora del día —explicó, mirando a Asher. Claro, ese cuerpo no era por comer pasta como italiano deprimido. «Basta, Tessa, ¿qué haces mirándole el cuerpo a tu jefe? Contrólate»—. Tiende a caerme un poco pesado.
—Entiendo —dije, buscando el teléfono sobre la barra para abrir la aplicación de entregas a domicilio—. De todos modos, antes de pedir nada, necesito saber si es alérgico a algo, señor Callahan. Asher es bastante sensible a ciertos ingredientes, así que habrá comida que no podremos ordenar.
Asher giró la cabeza hacia él.
—Soy alérgico a los frutos secos, especialmente al maní y a los anacardos —respondió Michael—. Tampoco consumo mariscos.
Me congelé con el dedo puesto sobre la pantalla.
—¿En serio? —pregunté mirándolos a ambos—. Asher no puede ni oler los frutos secos ni los mariscos. Tampoco el…
—Sésamo concentrado —dijimos al unísono, mirándonos como si hubiéramos llamado a Candyman al mismo tiempo.
Ok, eso rayaba en lo aterrador. O Michael sabía el expediente de mi niño para entablar una mejor comunicación con él, lo que me parecía aún más enfermizo, o había una aterradora coincidencia. Aunque la verdad todo eso era extraño. Llegó a mi puerta siendo amable, entró, habló con mi hijo, me dijo de sus alergias. Era una madre moderna, pero sabía cuando algo andaba mal.
—El séamo produce una reacción histamínica innecesaria —continuó explicando Michael—. Prefiero evitarlo. Mi madre decía que era hereditario, al igual que las demás alergias. Mi padre solía tenerlas, hasta que se realizó un tratamiento para poder comerlo.
¿Hereditario? Revisé bien el expediente del hombre que me donó el esperma y no tenía alergias, tampoco yo. Quizá con nosotros no se aplicaba. Me pasé una mano por la frente, sintiendo un leve mareo por todo lo que sucedía. La coincidencia era ridícula, casi escalofriante, pero preferí no profundizar en el tema.
—Bien, nada de frutos secos ni mariscos —dije, carraspeando para recuperar el hilo de mis pensamientos—. Eso reduce las opciones a algo seguro. ¿Les parece si pedimos ramen y rollitos primavera? Con caldo de vegetal o cerdo.
—¡Sí! —aprobó Asher.
—Me parece bien —coincidió Michael.
—De acuerdo. Pediré ramen para los tres —anuncié, deslizándome por el menú de la aplicación—. Voy a poner las especificaciones en la nota de entrega.
—Sin cebollín picado por encima —dijo Michael.
—Y sin cebollín picado por encima —repitió Asher exactamente al mismo tiempo, con el mismo tono de voz.
—Y con extra de salsa de… —agregó Michael.
—¡Soya! —corroboró Asher, completando la frase que Michael había dejado a la mitad—. ¡Amo la salsa de soya!
Los miré a ambos. Estaban parados uno al lado del otro, con la misma postura levemente erguida y la misma exigencia gastronómica. Realmente no sabía si estaba alucinando o si me había quedado dormida en una realidad paralela donde Michael y Asher eran gemelos con treinta años de diferencia.
—Anotado —murmuré, tecleando las instrucciones como si estuviera redactando un tratado de paz—. Sin cebollín y con extra de soya para los dos clientes exigentes.