—¡Ahora podemos jugar a los aviones de papel! —propuso Asher con una sonrisa de oreja a oreja en cuanto recogimos la mesa—, o podemos hacer la prueba de presión con las maquetas en el patio.
Acabamos de comer, Michael me ayudó a recoger las cosas e incluso fregó los platos para que no estuviera tanto de pie. Y verlo con los guantes rosas de lavar los platos y con las mangas arremangadas, fue lo más cerca que estuve de una versión relajada de mi jefe. La verdad era que Michael era un hombre difícil en el trabajo, pero fuera de él parecía casi una persona ordinaria.
Asher estaba fascinado con él. No se le había despegado. No habló conmigo, no me miró siquiera. Yo era el arbusto feo a la rodilla de la carretera, el que el viento le arrancó las hojas, y Michael era un rosal, aunque sabía que si se lo decía en voz alta sonaría mal.
—Cariño, no —intervine al sentir que Asher estaba hostigando a Michael y que lo haría sentir incómodo, apoyé el peso en mi pierna sana y me crucé de brazos—. El señor Callahan tiene que irse. Ya abusamos demasiado de su tiempo y su paciencia.
Miré a Michael esperando que tomara la salida de emergencia que le estaba regalando en bandeja de plata, pero él parecía no entender mi indirecta o, simplemente, no le importaba.
—De hecho, no tengo nada que hacer —respondió Michael, mirándome—. No tengo ningún compromiso para el resto de la tarde. Si Asher quiere probar las maquetas, no hay problema.
Me le quedé mirando boquiabierta. La mandíbula casi se me cayó. Mi jefe, el hombre que en la oficina calculaba cada segundo de su agenda con precisión militar, estaba dispuesto a pasar la tarde doblando papel y probando juguetes en el suelo de mi sala.
—¿Seguro? —pregunté con un juego de mis ojos—. ¿Seguro que no tiene nada más importante que hacer?
Michael miró a Asher y luego a mí.
—Nada —respondió—. ¿Jugamos?
Y así se nos fue el resto del día.
Primero invadieron la mesa de la cocina con hojas de papel para hacer competencias de aviones. Luego terminaron tirados en la alfombra armando un rompecabezas gigante del sistema solar que llevaba años guardado en el clóset. Incluso salieron diez minutos al porche para probar la resistencia de una pequeña maqueta contra el viento, con Asher dando saltitos y Michael sosteniendo el prototipo como si fuera un lanzamiento de la NASA en miniatura.
Cuando la noche llegó y las luces del pasillo se encendieron, Asher soltó su última propuesta, como si abarrotar todo el tiempo del hombre no fuera suficiente. Y digo de él, porque yo seguía siendo el arbusto feo sin hojas que los perros callejeros orinaban.
—¡Hay que ver una película! —anunció mi hijo, tomando el control remoto y tirándose de trasero sobre los cojines—. Una de astronautas. ¡Tienes que verla con nosotros, Michael!
En ese momento, el teléfono de Michael vibró sobre la mesa del recibidor donde lo había dejado. Mi ojo loco quiso girarse para ver de quién se trataba. Me pregunté si era su esposa la que llamaba. Él se giró, caminó hacia la mesa y tomó el aparato. Vi cómo su mirada se endurecía un poco al leer el nombre en la pantalla.
—Señor Callahan, no se preocupe —dije rápido, dando dos saltitos sobre mi bota ortopédica para acercarme y casi empujarlo a la puerta para que se fuera—. Debe ser importante. Si necesita irse no hay problema. Estuvo todo el día haciéndole compañía a Asher y se lo agradecemos. Puede irse. Le agradecemos la visita.
Michael miró la llamada un segundo más, no contestó y presionó el botón lateral para silenciarlo. Luego guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón y se giró hacia mi hijo.
—Me encantaría mirar la película, Asher —dijo.
—¡Sí! —celebró mi hijo, acomodándose en el sofá.
Cerré los ojos y grité por dentro. Tendría que pasar otras dos horas con él, porque al parecer no tenía un hogar al que volver. No entendía mis indirectas. Era igual que cuando iba con Asher por algo de comer afuera y nos encontrábamos con alguno de los vecinos y Asher le decía el apodo de cabeza de bola que le pusimos al vecino de enfrente porque su cabeza era calva y reluciente como una bola de boliche. Así de incomoda me sentía con Michael, como cuando el vecino me miró y le dije: mi hijo tiene mucha imaginación.
Nos sentamos los tres. Yo me acurruqué en un extremo con la pierna estirada y puesta sobre un cojín en la mesa de centro, mientras Asher y Michael ocupaban el centro del sillón.
En cuanto la película comenzó, dio inicio también una cátedra paralela en vivo. Yo apenas lograba seguir el hilo de la historia, pero ellos dos estaban en su propio universo.
—¡Mira, Michael! —señaló Asher—. ¡Están pasando por el cinturón de asteroides! ¿Verdad que es súper peligroso?
—En las películas lo exageran un poco —le explicó Michael en un murmullo, inclinándose hacia él—. En la realidad, la distancia entre cada asteroide es de miles de kilómetros. Es muy difícil chocar con uno a menos que calcules mal la trayectoria.
—¡Wow! —soltó Asher emocionado cuando en la pantalla explotó algo que casi me cegó. Para él era más que fascinante—. ¡Porque la gravedad de un cuerpo los desviaría! ¿Y ves ese módulo? ¿Es un propulsor de combustible líquido?
—Usa hidracina —corroboró Michael, tomándose el debate tan en serio como si estuviera analizando un informe de ingeniería con uno de sus empleados—. Si te fijas en la tobera trasera, el flujo de escape es constante para mantener la aceleración en el vacío.