No logré pegar un ojo en toda la noche.
La bota pesaba como si tuviera un bloque de cemento amarrado al tobillo. Me picaba por dentro y quería meterme una varilla para rascarme hasta llegarme al hueso. Solo quería que la tortura de la bota terminara, pero la verdadera tortura no era el pie. Eran mis labios. Todavía sentía el cosquilleo tibio y fantasma del roce de la boca de Michael en la puerta de entrada, un accidente de segundos que se me quedó grabado a fuego en la piel.
Era mi jefe, un desconocido y alguien casado. Tenía todos los factores que lo deberían repeler para mí. La cuestión era que el hombre eta intimidante, pero por dentro era un algodoncito. Su forma de comportarse con Asher me recordó a los padres que eligieron serlo, no los que se lo impusieron.
A la mañana siguiente, con el cuerpo cansado por la mala noche y la cabeza hecha un lío, me preparé para acompañar a Asher a la escuela. Apoyándome en él por momentos y arrastrando la pierna con torpeza, logré dejarlo en la entrada del colegio.
Lo despedí con un beso y le dije, de nuevo, cuánto lo amaba. Lo contemplé decirme adiós con la mano y perderse entre la cantidad de niños antes de emprender el viaje de regreso a casa.
Cuando crucé la puerta de mi sala, solo había silencio, uno que después del día anterior comenzó a molestarme. Como todavía tenía días de reposo por el accidente, no tenía que trabajar. ¿Qué podía hacer una mujer sola en una casa hasta que tuviera que recoger a Asher? Estaba desocupada, varada en mi propia casa, sin saber muy bien qué hacer con mis horas. Me arrastré hasta la sala, me tiré en el sillón y acomodé mi pierna sobre un cojín.
El aburrimiento no tardó ni cinco minutos en instalarse.
Pasé media hora solo contando la madera del techo, conté las grietas de la pintura y sin darme cuenta tenía el teléfono en la mano. No podía llamar a Sasha porque era maestra de preescolar y a esas horas debía estar lidiando con los niños mientras tomaba su jugo revitalizador. Estaba aburrida y todo lo que llegaba a mi mente era él. Mi pulgar se movió por inercia, guiado por un impulso masoquista que traté de disfrazar como curiosidad laboral. Abrí la aplicación y tecleé su nombre: Michael Callahan.
Su perfil de Instagram era tan aburrido como mi mañana. No había fotos ni publicaciones propias, pero vi que su uesposa, Vanessa Callahan, lo mencionaba en algunas fotografías que se tomaron en Los Cabos. Me picó el dedo por hurgar qué se escondía bajo la fachada perfecta. De igual forma, quien tuviera redes sabía que estaba desnudo para el mundo y que cualquiera con un teléfono podía desnudarlo. Revisé el perfil de ella y descubrí que era un escaparate abierto al mundo donde no había nada que ocultar.
Deslicé el dedo por la pantalla y sentí cómo el estómago se me caía. La mujer era una diosa de portada de revista. Rubia y perfecta, con esa clase de belleza sin esfuerzo de las mujeres que desayunaban agua de manantial con rodajas de pepino y cenaban aire fresco revuelto con un poco de pastillas para vomitar.
Había fotos de ellos dos en galas de beneficencia, en viñedos en Francia y en eventos de alta sociedad. Juntos parecían sacados de un catálogo de joyería de lujo o de una propaganda de perfume caro.
Ninguna mujer normal tendría jamás una oportunidad al lado de semejante espécimen, y mucho menos una secretaria torpe, desastrosa y con una pata de palo improvisada. Todo lo que sucedió con nosotros en ese tejado y en la entrada fueron accidentes. Michael seguro sentía pena por mí, por eso vino a mi casa, a mezclarse con la plebe mientras su esposa preparaba salmón al vapor con trufas y un corte wagyū para cenar en La Toscana.
—Definitivamente estás alucinando, Tessa —murmuré para mí misma, bloqueando la pantalla y dejando el teléfono sobre la mesa—. Es tu jefe, está casado con una supermodelo y tú tienes un hijo que mantener. Aterriza. No eres mujer para un hombre como él. Y sí, sé que debo darme valor, pero por favor, seamos honestas.
La dosis de realidad me sirvió para sepultar cualquier fantasía ridícula. Apoyé la cabeza en el respaldo del sillón, dispuesta a ver si encontraba algo en la televisión para matar el tiempo, cuando de pronto el teléfono de la pared sonó de improviso, ¿quién podría ser?
Di tres saltitos sobre mi pierna buena y descolgué.
—¿Hola?
—¿Señora Wilde? Habla la directora del colegio —dijo una voz grave al otro lado de la línea—. Necesito que se presente en mi oficina de inmediato. Hubo un incidente con su hijo.
El aire se me atascó en los pulmones.
—¿Un incidente? ¿Asher está bien? ¿Se lastimó?
—Él está bien, señora Wilde, pero la situación es grave —comentó la mujer y aunque el aire volvió a mis pulmones, sentí terror de que sucediera algo horrible—. Venga lo antes posible.
Colgué y de inmediato me cambié la camiseta de pijama por algo decente, renegué en tres idiomas del peso de la bota y salí a la calle a pedir un taxi con el corazón latiéndome en la garganta.
Cuando llegué al colegio, la tensión en la oficina de la directora se podía cortar con un cuchillo. Sentados en dos sillas de piel estaban los padres de otro niño, una pareja estirada de traje y vestido formal. Los saludé, pero solo me miraron de arriba abajo en cuanto entré cojeando, ignorando mi saludo por completo.