Pasaron dos días en los que el silencio en casa pesaba más que la bota ortopédica. Asher seguía respondiéndome con monosílabos cada vez que intentaba entablar una conversación. Se comía el castigo rabioso, y a mí se me rompía el corazón viendo cómo la brecha entre los dos se hacía cada vez más ancha.
Por más que intentara acercarme, para él no era más que la jueza que no lo había escuchado y que le había dado la espalda.
Al tercer día, mientras intentaba distraer la mente en la cocina para no volverme loca, el teléfono fijo sonó.
Pegué tres saltitos, agarré el auricular y me lo pegué a la oreja.
—¿Hola?
—Señorita Wilde —dijo la voz grave de Michael al otro lado de la línea. Y sí, ya conocía como sonaba su voz. ¿Era una acosadora?
Un escalofrío me recorrió la espalda, trayéndome de vuelta el recuerdo del roce de sus labios en mi puerta. «No, no, no, saca ese demonio de tu mente.» Me aferré al borde de la barra.
—Señor Callahan —dije, tratando de sonar tranquila—. Hola.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, supongo —tartamudeé—. Gracias por preguntar.
Un silencio repentino se apoderó de la llamada. ¿Debí preguntarle como estaba él? ¿Esperaba esa clase de conversación? Durante un par de segundos solo escuché su respiración y me pregunté si había llamado para saber que seguía respirando.
—¿Necesita algo? —pregunté.
Michael carraspeó, como si acabara de darse cuenta de que él era quien había marcado y el que debía hablar.
—Organicé un tour privado por la planta de ensamblaje y el área de diseño para Asher —anunció, directo al punto—. Me gustaría saber si pueden venir mañana temprano a la empresa.
Me paralicé. ¿En serio había hecho algo como eso? Pensé que olvidaría todo lo que el niño le había dicho, que caería en tierra infértil, que sería como intentar hacer florecer en invierno.
Volver a verlo, pronto.
Una parte de mí quiso inventar cualquier excusa, como que se había tapado mi retrete y tenía que destaparlo, o que se me había quedado la pata de palo atrapada dentro del tobo de lavar el trapeador. Quise inventarme lo que fuera, como que un meteorito había caído en mi sala y no podía salir de la habitación.
Estaba aterrada de volver a tenerlo cerca después del choque de la otra noche y sabiendo que Asher estaba cumpliendo castigado lo mejor era vitarlo. Pensé que Michael olvidaría todas las promesas que le había hecho a mi hijo en cuanto cruzara la puerta de nuestra casa, pero no; mi jefe había establecido una conexión con el niño.
Eché un vistazo por el pasillo hacia la puerta cerrada del cuarto de Asher. Llevaba dos días sin verlo sonreír y eso pesó más que la posible incomodidad de enfrentarme a Michael.
Sabía que mi hijo sería el niño más feliz del mundo si lo llevaba.
—Está bien —cedí—. Mañana a primera hora estaremos allí.
Por supuesto Asher volvió a sonreír, incluso me abrazó y me besó cuando le dije que iría a ver un cohete. Me habían dado muletas que odiaba usar, pero si caminaría tendría que llevarlas.
A las nueve de la mañana en punto, el taxi nos dejó frente a la imponente torre de cristal de Callahan Aerospace. Asher iba vestido con su camiseta favorita de un transbordador espacial y, por primera vez en dos días, sus ojos tenían un brillo de expectación.
Cruzamos las puertas giratorias de la entrada del edificio continuo. El otro seguía humeante y bastante chamuscado. Supuse que Michael había mudado su oficina al edificio continuo.
Mi bota ortopédica sonaba en el piso pulido, haciéndome sentir fuera de lugar entre la impecable marea de empleados que cruzaba el vestíbulo. Algunos me veían como si fuéramos dos indigentes que entraban a buscar un gato muerto para comer.
En el centro del recibidor, imponente y pulcro en un traje de tres piezas color azul noche, nos esperaba Michael Callahan.
En cuanto Asher lo divisó a lo lejos, se olvidó de mí, de su malhumor y de la bota que nos hacía avanzar a paso de tortuga.
—¡Michael! —gritó, saliendo disparado a toda velocidad.
—¡Asher, no corras! —alcancé a exclamar, pero ni me escuchó.
Michael, al ver a mi hijo correr hacia él y sonrió con emoción. Se agachó y, cuando Asher llegó a su lado, no se limitaron a decirse un simple hola. Mientras yo arrastraba mi pata de palo, intercambiaron un saludo coordinado. Chocaron los puños, juntaron las palmas formando un círculo cerrado e hicieron un leve silbido imitando el sonido de descompresión de una escotilla.
Un saludo de acoplamiento espacial.
Me quedé parada a un par de metros, con la boca entreabierta, procesando que en una sola tarde en mi sala mi jefe y mi hijo habían creado un código secreto al que yo no tenía idea. Michael se levantó y me miró. Toda la calidez que le había mostrado a Asher se evaporó de golpe, reemplazada por la postura distante del CEO.
—Señorita Wilde —dijo, estirando la mano derecha de forma estrictamente formal, manteniendo una distancia prudente.
—Señor Callahan —respondí, estrechándole la mano con un agarre breve. El roce de sus dedos fríos me quemó la piel, recordándome de inmediato la vergüenza de la otra noche, pero él actuaba como si jamás hubiese pisado mi casa.