Aun no podía creer que mi jefe, el imponente Michael Callahan se había prestado para llevar a mi hijo, mío, no suyo, a la escuela por el día del padre. ¿Cómo era posible que un hombre como él con su agenda repleta de cosas dijera que no tenía nada que hacer? Supuse que era para no romperle el corazón a Asher, porque… no había otra razón para hacerlo, ¿o me estaba haciendo la tonta?
Al día siguiente por la tarde, mi teléfono fijo sonó. Me arrastré hasta la cocina y descolgué el auricular con un suspiro.
—¿Hola?
—¡Tess! ¿Cómo va mi pirata favorita? —La voz vibrante de Sasha resonó al otro lado de la línea, acompañada por el sonido de un sorbo profundo a su termo de juguito favorito—. Llevo días queriendo hablar contigo. ¿La bota se apoderó de tu cuerpo?
—Estoy bien, Sasha. —Sonreí, dejándome caer sobre un taburete de la barra para no sostenerme sobre la pierna—. Con la cabeza a punto de explotar. Han sido unos días de locos.
—¿Locos? ¿Tú? ¿La mujer que solía tejer con ancianitos los sábados por la noche? A ver, ¿qué cosa tan interesante sucedió? ¿Se te volvió a tapar el atrapa pelusas de la lavadora o se te descompuso el yogurt griego en el refrigerador y tuviste una excitante aventura al supermercado? —preguntó Sasha, muriéndose de risa—. No, lo tengo. El cartero te dejo el recibo del vecino de enfrente y tuviste que salir con tu pijama de conejos para regresárselo.
—Ja, ja, ja, graciosa. Y tejer con ancianitos era muy divertido. Te contaban anécdotas muy buenas. En fin… Michael vino a mi casa.
Se produjo un silencio del otro lado de la línea, seguido de por el ruido de Sasha ahogándose con su jugo revitalizador.
—¡¿Qué?! —gritó, tosiendo reiteradas veces. De estar ahí, le estaría metiendo el dedo en la garganta—. ¡¿Cómo que el multimillonario papasito de revistas estuvo en tu sala y tú me lo dices así sin más?! ¡Tessa Wilde, explícate ahora! Y quiero todos los detalles sucios. ¿Dónde fue primero? Seguro fue en la lavadora. Nada más sucio que hacerlo lavando las medias.
Miré el teléfono y luego a ella.
—¡Fue por mi pierna! Se sintió culpable por el accidente en el edificio y vino a verme para asegurarse de que no lo fuera a demandar... creo —me apresuré a aclarar, sintiendo cómo las mejillas se me encendían de calor—. ¿En serio la lavadora?
—Claro, supuse que no había intercambio de saliva contigo. Eres más monja que la Madre Teresa —exclamó Sasha al otro lado de la línea, enojada e irónica—. Ahora, dime ¿por qué un CEO multimillonario y ultra ocupado va en persona a la casa de la secretaria torpe que salvó y que apenas contrató hace un par de horas solo para ver cómo es algo supernormal para ti?
No lo había pensado. Obvio no era normal.
Y Sasha se rio porque dijo que era una tonta que no entendía las indirectas. Que solo veía las puertas cuando me golpeaban la cara.
—Ríete si quieres, pero lo verdaderamente alocado no fue solo que viniera, sino lo que pasó después —la interrumpí, acomodándome el auricular—. Conoció a Asher y resulta que se llevaron increíblemente bien desde el minuto uno. Tienen una extraña conexión de esas cosas raras. Hablan igual, como si tuvieran un código secreto. Se pusieron a hablar de aeronáutica, de vectores y motores iónicos, y me quedé ahí parada sintiéndome un cero a la izquierda. ¡Incluso se inventaron un saludito de acoplamiento espacial como si fueran amigos de toda la vida!
—Espera, espera —interrumpió Sasha, bajando el tono—. ¿Me estás diciendo que el mismísimo Michael Callahan conoció a Asher?
—Sí, y no termina ahí —continué, apoyando los codos en la barra—. Al ver que Asher estaba fascinado con todo eso, Michael nos invitó a los dos a la empresa. Le dio un tour privado por toda la planta, los hangares y los laboratorios, porque el niño quería.
—¡Tessa, por todos los santos! —chilló Sasha—. ¡Ese hombre quiere conquistar tu… bueno ya sabes tu lugar inexplorado desde hace años! ¡Está absolutamente loco por ti!
Chillé con la voz más fina que me pudo salir, esa que solía usar cuando mi madre me preguntó si había perdido mi tarjeta V.
—¡¿Qué?! ¡Estás loca, Sasha! —repliqué a toda prisa, apretando el auricular entre el hombro y la oreja, haciendo un ademán—. Solo es amable con Asher porque no tiene hijos y le encantaría tener uno. Le gusta la ciencia, a Asher le apasiona lo mismo y simplemente conectaron. No tiene nada que ver conmigo.
—¿Y tú cómo sabes todo eso de su vida privada? —preguntó ella.
Me quedé en blanco sin saber qué contestar. Me había pillado y sabía hacia dónde iría su mente. Me acosaría al punto de estamparme contra una pared con una banana en la mano y un foco en la otra, solo para que le dijera la verdad a la suprema corte.
—¡A ti te gusta tu jefe, Tessa! —gritó Sasha.
Intenté negarlo, pero nada le sacaría esa idea de la cabeza. Por razones más que obvias, preferí omitir el detalle del roce de sus labios la noche en que se despidió o que lo stalkeé como una picopala cerca de dos horas la noche anterior solo para ver si había algo malo con su esposa o su relación. Dios, me estaba volviendo loca, pero ni siquiera de amor, sol era algo… stalkeador.
—Por favor, Tessa, seamos honestas —se burló ella, sacándome de esa imagen que aún tenía grabada en la retina—. Un CEO que trabaja ochenta horas a la semana no saca un día entero de su agenda para pasear al hijo de su secretaria por una planta de ensamblaje solo porque "le cae bien". ¡Abre los ojos!