Después de un largo día de trabajo, Talmau solía relajarse en la terraza más pequeña y acogedora del castillo en compañía de su esposa, Nilise y su hijo Sorfael. Allí el tiempo pasaba volando mientras conversaban, reían y contemplaban el paisaje…pero esto había quedado atrás. Ya no iba a la terraza con la misma frecuencia de antes ni sabía cuándo volvería a poner un pie ahí.
—Mamá, deberíamos hablar con él —sugirió Sorfael.
—Sí, deja que lo haga yo. No quiero que se sienta cuestionando —dijo Nilise.
—¿Por qué se sentiría cuestionado?
—No lo sé, es que quiero evitar conflictos.
—Papá nunca ha sido conflictivo, quizás un poco gruñón.
—Humm, un poco gruñón y…además tan atormentado últimamente. Nunca lo había visto así.
—¿Crees que…esté enfermo y no quiera decir nada?
—No lo creo. Voy a hablar con él…pronto, no te preocupes.
—Está bien. Esa noche Talmau intentó dormir y no podía conciliar el sueño. Era bastante tarde. De tanto moverse de aquí para allá despertó a Nilise.
—Talmau, Talmau —. Le dijo bajito mientras le acariciaba el hombro. Volteó su rostro hacia ella sin pronunciar palabra.
—¿Estás bien?
Su silencio continúo. Solo se limitó a mirarla.
—¿Quieres agua?
—No, estoy bien. Voy a la terraza aire fresco.
—¿A la terraza? Hace rato que no vas…y ¿solo? ¿Quieres que te acompañe?
—No, no es necesario.
—Ok…si necesitas algo me avisas.
No respondió. Se levantó de la cama, tomó un largo y ancho albornoz beige y salió del cuarto. Caminó por el pasillo escasamente iluminado que parecía mezclarse con la oscuridad de la madrugada. Cuando llegó a la terraza se recostó al muro y exhaló con fuerza. Sintió paz. Miró al cielo y sus ojos se posaron en la luna, en especial en la intensidad de sus tonos blancos y celestes que alumbraban toda superficie. Algo de luz para su interior era lo que necesitaba con ansias desde hace tiempo. De repente una voz ronca le habló al oído y le dijó “sígueme al sótano“. Los pelos del cuello se pusieron de punta. No estaba sorprendido por esa voz. No quería ir; pero esa voz era insistente y manipuladora. Aquella voz tomó la forma de las risas traicioneras, humillantes y burlonas que lo lastimaron tanto. Dichos recuerdos saturaban su mente. Personas a las que les creyó el falso respeto y estima que decían tener por él. Sacudió su cabeza varias veces como negando su presencia. No quería eso.
—Basta ya, Uromivo, te dije que no regresaras más.
Uromivo recuperó su verdadera apariencia de monstruo de gran tamaño, carmelitoso y rojizo. Su cuerpo era grueso, lleno de garras retráctiles y varias extremidades elásticas con púas y seis ojos ovalados y negros.
—Bueno, si no hubieras abierto el portal pues…no estuviera aquí. Tu curiosidad fue mayor y ahora no hay marcha atrás.
—Déjame, ya basta.
—Talmau, deberías agradecerme. Yo puedo hacer que recobres fuerzas, las que no tuviste en su momento y debiste tener.
—Eso fue hace mucho tiempo. Fue un error haber hecho eso. Me arrepiento. Lárgate de una vez.
—Tus inseguridades son lo que realmente te atormenta. Eso es lo que no superas. No olvidas las miradas lastimeras y los comentarios ofensivos que te han hecho. Yo puedo hacerte fuerte y quieres serlo a toda costa. Será una forma de hacer sentir que tú estás aquí y eres una persona que no admitirá que la pisoteen. Puedo hacerte fuerte de la forma que quieras. Tú solo di. Eres rey.
—No, la última vez que pedí algo la sangre corrió.
—¿La sangre podrida de esos malnacidos doble cara que te trataron como nada? ¿Esos supuestos amigos? Nunca fueron buenos y tú viste sus rostros reales. Que no te importen más, tú nunca les importaste y eso lo sabes.
—Nunca quise que murieran.
—Lo sé y no tienes que lidiar con ellos nunca más…y aun así pesa sobre ti la inseguridad que te dejó la hipocresía, eso que a veces te tiene disociado y en vela por las noches.
—Odio que estés aquí. Vete, por favor. —Pero más odias lo que sientes.
—Necesito claridad, no oscuridad y tú eres eso: oscuridad.
—¿Claridad? Esa está sobrevalorada. Deja que te ayude.
—Hazme caso. Te sentirás mejor.
—No confío en ti y dudo que me sienta mejor. Tú no buscas ayudarme, quieres usar mi malestar para controlarme. Esa es la realidad.
Uromivo frunció el seño. Estaba perdiendo la paciencia; pero decidió seguir intentando convencerlo.
—Recupera lo que perdiste. Te daré poderes. Te sentirás omo deseas sentirte desde hace tiempo. El brazo de Uromivo se cubrió con una bruma rojo brillante y le ofreció a Talmau algo de sus poderes. —Tómalo, solo tienes que tocar la bruma.
—¡No!
—¡Tómalo!
Una de las extremidades de Uromivo se lanzó sobre él; pero Talmau lo esquivó y sin titubear sacó una pequeña daga recubierta con magia que tenía guardada en uno de los bolsillos del albornoz y amenazó a Uromivo.
—Te dije que te fueras.
—¿Qué crees que vas a hacer con eso, idiota? Porque matarme no va a ser.
Talmau lo atacó y cortó parte de dos de sus extremidades, de las que brotó un líquido vizcoso de color mostaza. Uromivo dejó ir un estruendoso grito.
—Si fuera por mi te cortaría toda y cada una de esas cosas.
—Ellas crecerán de nuevo.
—¡Voy a acabar contigo y con tu fijación!
—Tal vez para la próxima ¡cuando tengas agallas!
Una de las extremidades impactó el cuerpo de Talmau sin darle tiempo a que pudiera reaccionar. Este soltó la espalda por la fuerza del golpe. Los ojos se lo tornaron negros, un aliento rojo escapó de su boca. Su cuerpo comenzó a esprender una bruma roja y varias siluetas del mismo color formaron círculos a su alrededor. Sintió que su voluntad había sido más sometida que antes. No sabía que hacer, estaba desesperado.
—Ahora estás bajo mis órdenes. Si das un paso en falso mataré a tu esposa e hijo ¿entiendes?
—¿Qué? ¡No te atrevas! Deja a mi familia en paz.
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Editado: 28.04.2026