Un poco más que nada

Capitulo 1

Las botas le habían rozado tanto los pies que daban ganas de aullar, pero Lev no se las quitaba; su padre se lo había prohibido. Lev obedecía a su padre, estaba dispuesto a todo con tal de ganarse su aprobación, de convertirse en su orgullo. Se inclinó, se ajustó la caña de la bota y movió los dedos; sintió un leve alivio. Acomodó el fardo de leña en el hueco del codo, calculando a ojo si era suficiente. Ya podía volver.

El bosque se había quedado en silencio desde que Lev puso un pie en su territorio; solo una brisa suave se deslizaba entre las copas de los árboles. Siempre había sido así. El bosque lo percibía, lo reconocía como hijo del jefe de la manada.

Se agachó, recogió una rama seca del suelo y la añadió a las demás, apretándolas contra el cuerpo. Su padre le había dicho que trajera suficiente. Lev recogió lo suficiente y un poco más. Y una ramita más.

Salió al claro con la leña en los brazos. En la vieja cabaña al borde del bosque, el humo se enroscaba desde la chimenea. Los rayos del sol de la mañana se escondían entre las arrugas de un viejo desgreñado que partía leña en el patio. Un mechón plateado brillaba en su cabello negro.

—Padre, deje que lo haga yo —Lev se acercó, dejó la leña junto a los troncos cortados y alargó la mano hacia el hacha.

—Déjalo, Lev —gruñó el padre, apartando el hacha de un tirón—. Yo puedo solo. No es cosa tuya. Anda, vete a bordar o algo así…

Lev apretó la mandíbula; los nudillos se le blanquearon al cerrar los puños, pero guardó silencio y se tragó la ofensa. Cabizbajo, se arrastró hasta la cabaña y se sentó en el porche.

Su padre estaba enfadado con él. Por culpa de Lev tenía que vivir apartado de la manada. El año pasado pasó la iniciación… ¿y qué? Una vergüenza. El hijo del jefe —y no logró convertirse en lobo. Ni siquiera a medias. ¿Y acaso era culpa suya? ¿Acaso no quería ser como los demás? Tenía que haber una forma de despertar su fuerza, y la encontraría.

Los escalones de madera del porche crujían bajo su peso, como si también estuvieran descontentos con él. Eso lo irritaba. Todo allí, en aquel patio, le recordaba su defecto. No era nadie: ni lobo del todo, ni humano del todo, un hijo inútil. Débil. Un don nadie.

—Escuche, padre —Lev se acercó de nuevo, erguido, apretando los puños—. He oído que hay una esperanza. Al otro lado del bosque vive un anciano. Tan viejo que ni se le ven los ojos entre las arrugas. Dicen que sabe de esas cosas… de cómo recuperar la verdadera naturaleza. Tiene hierbas, conoce la verdad.

—¿Quién lo dice? —el padre dejó de partir leña, alzó la cabeza y lo miró.

—La gente dice…

—Así que ya te juntas con humanos… —suspiró el padre y volvió a su tarea—. Nada de eso te servirá. Quédate en casa.

—Aun así iré —el muchacho sacudió su larga melena rojiza para apartársela de los ojos—. Traeré hierbas, preguntaré… para ser como todos en la manada.

El padre soltó un bufido bajo sus bigotes negros y puso los ojos en blanco.

—El bosque es peligroso —dijo—. Justo antes de la luna llena, las brujas rojas se reúnen allí, y ya sabes que nos cazan. Les encanta derramar sangre de lobo. Y tú, aunque no valgas gran cosa, sigues siendo un cambiante. Tu sangre vale su peso en oro. Y sin naturaleza de lobo eres presa fácil. Si te atrapan, no iré a salvarte.

Claro que no iría. Ya bastante tenía con arriesgar su autoridad y su posición por un hijo inútil. Pero Lev haría todo lo que estuviera en sus manos para devolver las cosas a como eran. Quizá aquel anciano pudiera explicarle por qué había salido así. Por qué no era como los demás.

Lev entró en la casa. Cogió una jarra de vino tinto que él mismo había hecho, como obsequio. Sacó del sótano un frasco de pepinillos en conserva y un trozo de tocino curado. Para el viejo, aquello sería un tesoro. Lo guardó todo en una mochila de arpillera y se la echó a la espalda. Cruzó el umbral. La puerta se cerró de golpe tras él; la corriente la azotó.

Se detuvo junto a la cerca y miró atrás. Su padre seguía partiendo leña, probablemente ni se había dado cuenta de que se marchaba. Quiso llamarlo, que le hiciera un gesto con la mano, que le deseara suerte. Ya tenía la boca abierta, pero el sonido del hacha partiendo la madera detuvo sus palabras. Se le quedaron atascadas en la garganta, sin llegar a salir. Lev las tragó, exhaló. Bajó la cabeza y cruzó el límite del bosque. Unos cuantos pasos largos y se perdió entre los árboles. Solo sus brillantes botas verdes aún centelleaban entre los matorrales.

Dónde encontrar a aquel anciano, Lev no lo sabía con certeza. Esperaba poder preguntar a alguien por el camino. ¿Cuánto podía ser ese bosque…?

Atrás quedaron el umbral de su padre y la amargura de las derrotas; delante, senderos desconocidos y la búsqueda de la verdad. En dos días —luna llena. El bosque ya no favorecía al hijo del jefe: crujía con madera seca, despeinaba sin piedad su melena rojiza con el viento. Se abría a regañadientes, dejándolo pasar hacia lo profundo, hacia donde los reflejos del sol en las botas verdes parecían la única fuente de luz en la espesura oscura.




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