León avanzaba por el bosque con la mochila a cuestas, lanzando piedras a los charcos y persiguiendo pájaros, hasta que topó con un claro invadido por cardos. Y allí estaba ella: una belleza de cabello azabache. Había extendido su vestido rojo y estaba sentada entre los abrojos, como si acechara en una emboscada, hablándole a lo que parecía ser un ladrillo. Él se detuvo, hechizado por su hermosura.
—Cof, cof —se llevó el puño a la boca y tosió para llamar su atención. La chica pareció no notarlo; seguía hablando con una voz suave y ronca, clavando sus ojazos verdes en aquel extraño artefacto.
—¡COF, COF! —tosió León con más fuerza. Se pasó la mano por el flequillo rojizo y ensayó su mejor sonrisa.
—No se pierdan lo que viene, seguidores míos —arrulló la chica—. Mañana habrá contenido nuevo.
Apagó el teléfono y miró a León con sus ojos verdes. Él se estremeció. El aire se llenó de un olor a hojas húmedas y a humo de hoguera.
—¿Por qué diablos me arruinaste el contenido? —preguntó ella—. ¿Acaso no tienes bosque suficiente? ¡Raro!
El viento corrió por el claro, inclinando los cardos en flor hacia la tierra. Se enredó en las ramas de los árboles y silbó cerca del oído de León.
—¿Yo soy el raro? —los ojos rasgados de León se abrieron de par en par—. Tú eres la extraña. ¡Hablas con una piedra y dices palabras que no existen! ¿Eres una hechicera? ¿Una bruja?
—No —una sonrisa torcida curvó sus labios rojos, una expresión que habría asustado a cualquiera, pero León ni se dio cuenta; estaba absorto en ese verde esmeralda—. Soy una maldita hada del bosque.
—¿Y seguro que eres un hada y no una bruja?
—Segurísimo. Solo que tengo un humor de perros —la chica sonrió de lado mientras examinaba al pelirrojo.
—Uf. Con razón hablas con la piedra —suspiró León, aliviado—. Te comunicas con la naturaleza…
—¿Tú de dónde saliste? —preguntó ella con curiosidad, recorriéndolo con la mirada desde su cabello revuelto hasta las botas verdes.
—Pues del bosque —asintió León, y su flequillo saltaba con cada movimiento—. Y deberías saber que vivo aquí, si es que de verdad eres un hada. Soy León, por cierto.
—Ya veo que no eres un caballo —bufó ella—. Yo soy… Malva. Y esto no es una piedra, es un teléfono. ¿Nunca habías visto uno?
—No. ¿Qué es eso?
—Ay, olvídalo —agitó la mano frente a sus ojos y, de hecho, él lo olvidó. Parpadeó dos veces, sus pestañas pelirrojas vibraron suavemente con el viento y sus ojos volvieron a clavarse en el rostro de la chica.
—Soy Malva —repitió ella.
—León —sonrió el joven.
Ella caminó a su alrededor, estudiándolo desde todos los ángulos.
—¿A dónde vas con tanta prisa, cariño, que corres sin mirar el camino?
—Nada importante —hizo un gesto vago—. Busco a un viejo sabio. ¿No sabrás dónde vive?
—Vaya, si soy un hada del bosque, lo sé todo por aquí —sus ojos brillaron como destellos de sol, y por un instante asomó una mueca depredadora en su rostro—. ¿Quieres que te lleve?
León no podía pedir más. Le bastaba con que alguien le indicara el camino, pero esto era mucha suerte.
—Sí —asintió al ritmo de sus palabras, mientras su estómago rugía—. Pero primero comamos algo. Traigo provisiones.
Se quitó la mochila y la puso en medio de los cardos. Abrió la cremallera y sacó la comida.
—Con gusto —Malva se sentó junto a la mochila, pasó las manos sobre los cardos y, ante ellos, apareció un tronco liso que servía de mesa—. Invita.
León sacó todo, tomó el cuchillo de su cinturón y cortó pan, tocino y pepinillos. Malva agarró un trozo grande de pan, acomodó encima una loncha de tocino, luego pepinillos y otra vez tocino. Y lo cubrió todo con otra rebanada gruesa.
—Vaya —exclamó León—. En mi tierra a las chicas como tú las llaman brujas. Comes así y te mantienes tan esbelta.
—Son los genes —respondió Malva con la boca llena de delicias.
León se armó su propio sándwich y le dio un mordisco delicado. Cerró los ojos de puro placer. Solo le faltaba un poco de crema agria…
Mientras León saboreaba con los ojos cerrados, Malva se preparó otros dos sándwiches y la comida se terminó. Cuando él abrió los ojos, solo quedaba el frasco vacío del tocino y las migajas sobre el paño.
—Vaya —exclamó León—. No sabía que tenías tanta hambre.
—¿Te vas a terminar eso? —Malva señaló el resto del sándwich que León aún tenía en la mano.
Él miró su comida y luego la sonrisa de Malva. Ella parpadeó tan rápido que la brisa de sus pestañas negras le movió el flequillo. La miró a los ojos y le tendió el trozo empezado. Malva lo tomó y se lo metió entero en la boca. Masticó dos veces y tragó con fuerza.
—¿Entonces, nos vamos? —preguntó León al terminar.
— ¿Te caíste de un árbol o qué? —soltó Malva—. Ahora hay que echarse un rato para que el tocino se asiente.
Pasó la mano sobre los cardos y estos se entrelazaron formando un lecho mullido. Malva extendió los brazos y, lenta como una pluma, se dejó caer de espaldas. Palmeó el sitio a su lado.
Editado: 27.04.2026