Un poco más que nada

Capitulo 3

—Así estamos, cariño —susurró Malva, sacando el teléfono del bolsillo—. Duerme. ¿Qué cuántos años...? Cuántos años... No se le pregunta eso a una mujer.

Click, click. El obturador de la cámara sonó suavemente y en la pantalla quedó fija la imagen de aquel pelirrojo apuesto. Un mechón espeso le cubría descuidadamente la ceja izquierda, sus pestañas rojizas vibraban apenas en sueños y sus labios finos se perdían en la sombra de su nariz, con una brizna de hierba asomando por la comisura. El disco solar rodaba lentamente tras el horizonte, lanzando sus últimos rayos a través de las nubes deshilachadas. Malva se inclinó para observar su rostro de cerca, para inhalar el aroma de su primera víctima.

De pronto, un ronroneo suave llegó a sus oídos. Malva se quedó inmóvil. Miró a su alrededor.

— Ksss, ksss, ksss—llamó. Nadie salió a su encuentro, y eso que los gatos siempre respondían a su llamado. No por nada era una bruja.

Malva se tensó. Se quedó quieta como un árbol en medio del claro, volviéndose puro oído. El ronroneo se hizo más fuerte, vibraba en su propio cuerpo, sacudía sus tímpanos. Cerró los ojos y extendió las palmas de las manos frente a ella. Había un gato por aquí. Su gato. Respondía desde su interior; su esencia lo aceptaba. Al fin había encontrado al suyo. Al que le estaba destinado.

Concentró toda la fuerza que poseía en sus palmas. Sentía un hormigueo en las yemas de los dedos; un calor intenso le quemaba la piel fina de las manos.

— Ksss, ksss, ksss—susurró sin mover los labios.

En ese momento, él debería haberse acercado y rozar con su nariz cálida sus palmas. Lo llamaba sin voz, contenía el aliento, esperaba a que su familiar apareciera por fin. Fue en vano. Solo una brisa fría, que se levantó en cuanto los últimos rayos desaparecieron, acarició sus manos abiertas.

Abrió un ojo. Nadie. Inhaló profundamente el aire frío de la noche. Luego abrió el otro.

Algo no andaba bien, no era correcto. Hoy debería haberse convertido en un miembro pleno del aquelarre. Había encontrado a su primera víctima. Había sentido a su familiar. Pero el familiar no vino, no la aceptó. Y la víctima resultó ser demasiado dulce; daban ganas de abrazarlo y mimarlo, no de entregarlo a las brujas para que lo despedazaran.

Se arrodilló a su lado, encogiéndose sobre sí misma. Inclinó la cabeza, estudiando sus facciones bajo la luz de la luna. Rozó su mejilla con la palma de la mano. Estaba tibia; la barba que le había crecido en un día era suave. Él, en sueños, frotó su mejilla contra su mano. Una ola de calor recorrió el cuerpo de Malva y, como una descarga eléctrica, estalló en sus sienes.

Malva retiró la mano bruscamente y la escondió tras la espalda.

—¿Qué demonios está pasando? —frunció el ceño, extendiendo la mano frente a ella. La miraba como si la culpara de todo—. Es por la luna llena. Seguro.

Malva se puso en pie, extendió los brazos y echó la cabeza hacia atrás, mirando el círculo amarillento en el cielo oscuro. La fría luz lunar resbalaba por su cabello azabache, lanzando destellos sobre los mechones lisos.

Pronto sucedería. Pronto su poder florecería por completo. Pero no hoy. La luna llena duraría tres días y, cuando la fuerza llenara cada rincón de su cuerpo, la luna se volvería roja como la sangre. Así ocurre siempre cuando una bruja de linaje alcanza su plenitud. Es la señal de que la oscuridad la acepta, la colma hasta el borde y le otorga el mando.

Desde el bosque llegó un aullido de lobo. Varias decenas de voces se unieron, transformando aquel sonido prolongado en una melodía inquietante. Cambiantes.

Tenía que advertir a sus hermanas brujas. Llevaban mucho tiempo buscándolos. Y ahora era el momento ideal para cumplir la profecía.

Algo se movió bajo sus pies; León se dio la vuelta y apoyó la frente contra el tobillo de ella.

—Los cambiantes son una buena noticia —susurró Malva—. Quizás podamos prescindir de ti, pelirrojito. Así tendrías suerte.

A la joven bruja le perturbaba querer protegerlo, conservarlo. El calor que despertaba en ella con sus roces la inquietaba. Y que el gato ronroneara pero no apareciera... la angustiaba.

Una sombra pasó veloz frente a la pálida luna, luego otra. Eran sus hermanas, que salían de caza en sus escobas. Malva aún no tenía la suya. Ni un familiar. Y su fuerza apenas se había abierto en una tercera parte.

El teléfono en su mano vibró. Belladonna, la suma sacerdotisa del aquelarre, la miraba con ojos furiosos desde la pantalla.

—Dime —respondió Malva en voz baja.

—Malva, ¿dónde demonios te has metido? —gruñó la suma sacerdotisa—. La caza ha comenzado. ¡Ahora necesitamos cada gota de poder!

Maldita sea. Cómo podía, en una sola frase, decir que era necesaria y, a la vez, que era insignificante. "Una gota de poder". Al diablo con ellas. No importaba, pronto llegaría la luna de sangre y tendría fuerza de sobra. Y no una gota, sino un torrente en cada célula de su cuerpo, en cada cabello.

Malva miró a León, que dormía plácidamente en su lecho de cardos, sin sospechar que en ese instante se decidía su destino.

—No me he metido en ninguna parte —se justificó la joven bruja—. Buscaba una víctima adecuada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.