El bosque oscuro les parecía infinito e inquietante. Entre las copas entrelazadas de los árboles no se veía nada, salvo destellos ocasionales de luz lunar. A lo lejos, como si viniera de más allá del bosque, resonó un aullido de lobo. León se detuvo, exhaló con fuerza y echó la cabeza hacia atrás.
—¿Se te perdió algo allá arriba? —Malva iba unos pasos por delante—. No eres un cambiante como para andar suspirándole a la luna.
León giró la cabeza hacia ella y esbozó una sonrisa de lado. Sus ojos brillaron de nuevo. Malva entornó la mirada, inclinando la cabeza. ¿Y si de verdad es un cambiante?, pensó. Quién sabe qué son hasta que se transforman. Aunque...
—Si fueras un lobo, ya estarías aullando en vez de andar suspirando —concluyó ella.
—Eso mismo —los hombros de León cayeron, resignados.
Cerca de allí, un búho ululó y una rama crujió. Malva se quedó inmóvil, atenta. El crujido se repitió, más cerca. Un instante después, sonó desde el otro lado.
De un salto, Malva se acercó a León y lo empujó contra un árbol. Sacó un manojo de hierbas secas de su bolsillo, las frotó entre sus dedos y las lanzó al aire sobre ellos. Un polen ingrávido descendió, envolviéndolos en una bruma grisácea.
—Shhh —apoyó un dedo sobre los labios de él.
León contuvo el aliento. La cercanía de Malva aceleraba los latidos de su corazón, calentándole la sangre. Inclinó un poco la cabeza, aspirando el aire cerca de la oreja de ella. Malva se sobresaltó y apoyó la mano en el pecho del joven, intentando ganar algo de distancia. Su proximidad la perturbaba; sensaciones nuevas y desconocidas llenaban su esencia. El corazón de León golpeaba bajo su palma, marcando un ritmo extraño. Su cuerpo estaba tenso, como petrificado. León la rodeó por la cintura y la atrajo más hacia sí, escudriñando la densa oscuridad.
—¿Oyes eso? —susurró Malva, pegada a él.
Un crujido. Esta vez, muy cerca. La bruma sobre ellos vaciló apenas, como por un soplo de viento. Luego otro, desde el lado opuesto.
—No te muevas —susurró ella.
León no respondió; seguía observando el bosque sombrío. Deslizó sus dedos por la espalda de Malva. Ella, olvidando la timidez, apoyó la mejilla en el pecho de él. Sorprendentemente, se sintió más tranquila.
León exhaló suavemente. Sus hombros se relajaron y la tensión abandonó su cuerpo. Parecía que no le asustaba el hecho de que estuvieran a punto de ser descubiertos. ¿Tanta fe tenía en sus hechizos? Algo no andaba bien.
Los crujidos cesaron. No se oía nada más que los sonidos habituales del bosque nocturno: el roce de las ramas secas mecidas por el viento en las alturas.
—¿Oyes algo? —preguntó Malva en un suspiro.
—Absolutamente nada —sonrió León, sin retirar las manos de su espalda—. Ni veo nada. No hay nadie ahí, relájate.
—¿Entonces por qué te pegas a mí como un abrojo? —Malva apoyó las manos en sus hombros para apartarlo, pero él seguía sujetándola con firmeza—. Suéltame.
La bruma se agitó y cayó al suelo, deshaciéndose en diminutas gotas de rocío. León soltó a Malva y un escalofrío se coló bajo el vestido de la chica.
—Qué tontería —murmuró ella para sus adentros—. ¿Me lo habré imaginado?
—No lo creo —León se encogió de hombros y tomó la mano de Malva—. Eran cambiantes. Una manada entera. Es que... —casi revela su secreto, pero se detuvo a tiempo—. Tu magia funcionó, eso es todo.
León sabía que lo habían reconocido por el rastro y por eso se habían retirado. Pero admitirlo ante ella significaba confesar su propia insignificancia. Y también que él mismo podría ser una amenaza para ella. Por suerte, no era así. Dios, apenas esa mañana lo que más deseaba era ser un lobo, y ahora se alegraba de no serlo de verdad. Qué locura.
—Es extraño —Malva caminaba con cautela, aferrada a la mano de León—. Se acercaron tanto y se retiraron tan rápido.
León no respondió, pero una oleada de alivio recorrió su cuerpo. Malva sintió cómo cambiaba su contacto. A pesar del frío de la noche, su mano cálida le transmitió ese alivio. En su boca, sintió el sabor amargo del ajenjo.
—Mira qué belleza —León se detuvo, observando hacia adelante con ojos llenos de asombro—. Qué flor tan extraña, nunca había visto una igual.
Malva forzó la vista hacia la profundidad del bosque, pero no veía más que negrura y las siluetas aún más oscuras de los troncos. Se detuvo y agitó la mano frente al rostro de León.
—No hay nada ahí —dijo, mirándolo fijo—. Deben ser el ajenjo y el musgo, que te hacen ver flores en plena noche.
—Que sí, ahí está —insistió León—. ¿Acaso no la ves?
Tiró de la mano de Malva hacia adelante; ella apenas podía seguirle el ritmo, tropezando con ramas secas y enganchando su vestido en los arbustos. León se detuvo, se inclinó y arrancó la flor. Se la tendió a Malva.
—Aquí está.
Una vara larga con flores grandes apareció ante los ojos de la chica.
—Qué raro —Malva rozó los pétalos y estos vibraron como campanillas—. Es una malva silvestre. Casi nunca crece en el bosque, prefiere los claros soleados, como donde nos conocimos... pero siempre la encuentro donde me quedo a dormir.
Editado: 27.04.2026