Llegaron al borde del claro, donde el camino se internaba en el bosque. Bueno, si se le podía llamar camino; justo en la linde se bifurcaba en tres direcciones.
—Y bien, ¿cuál de estos es el correcto? —Malva se rascó la nariz.
—¿Y yo qué voy a saber? —respondió León animado, intentando atrapar con la boca una telaraña invisible—. Tú eres el hada del bosque.
—¿Cómo que "nuestra" hada?
—Bueno, hay algo entre nosotros. Tú también lo sientes.
—¿Qué cosa?
—Pues esto —agitó la mano en el aire—. Algo intangible, una energía o algo así. No es casualidad que me haya topado contigo en medio de la nada.
—No siento absolutamente nada —mintió Malva—. No hay nada entre nosotros. Nada.
—¿Ni siquiera un poquito? —León se acercó hasta quedar pegado a ella y frotó su nariz contra su sien. Entornó los ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Na-da-de-na-da —pronunció Malva por sílabas, recuperando el aliento en las pausas.
Se comportaba de forma extraña y eso la irritaba. Pero la casa del vidente no debía de estar lejos. Tenía que elegir el camino correcto, y rápido. Mientras recogían las hierbas, el sol había empezado a ocultarse tras el horizonte. Pronto saldría la luna de sangre y el tiempo para reflexionar se agotaría. Además, ella misma necesitaba pedirle un consejo al vidente antes de decidir el destino de León.
Malva se quedó pensativa, frotándose la barbilla. Puso la mano sobre uno de los senderos y cerró los ojos. Escuchó la hierba pisoteada, la voz del camino arenoso. No percibió ningún rastro de brujería. Él no había pasado por allí.
Repitió el proceso con el camino que seguía recto; el resultado fue el mismo.
—Es por allá —señaló el sendero de la izquierda, que se perdía en la espesura tras unos matorrales. El camino respondió de inmediato a su llamado, con una vibración que recorrió su cuerpo; el rastro mágico susurraba: "Por aquí".
Se abrieron paso entre los matorrales, rasgándose la ropa.
—¿Por qué no apartas estos arbustos como hiciste en el claro? —se quejó León, soltando una rama que se había enredado en su camisa—. Arañan y se enganchan. No dejan pasar.
"Qué tonta", se recriminó Malva. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Pero ya daba igual, faltaba poco. Necesitaría su fuerza más adelante.
A los pocos metros, salieron de la maleza y se encontraron en medio de un bosque denso. Las vibraciones mágicas flotaban en el aire, brotaban de la tierra y se agitaban en las ramas, pero la casa del vidente no se veía por ninguna parte.
—Es aquí —Malva se detuvo, apoyando la mano en un árbol.
—Aquí no hay nada —León miraba a su alrededor buscando alguna construcción.
—Yo tampoco veo nada —respondió ella—, pero sé que hemos llegado.
El sol caía lentamente tras el horizonte y, justo frente a ellos, como si surgiera de la niebla, apareció una pequeña cabaña de madera cubierta de musgo y líquenes. Malva se acercó y llamó suavemente a la puerta.
La puerta se abrió. En el umbral apareció un anciano decrépito; su barba canosa se arrastraba por el suelo y sus cejas blancas caían sobre sus ojos de tal forma que no se veían.
—Pasen —crujió el vidente—, pero dejen el calzado afuera. No es propio entrar a la casa calzado.
Malva se quitó las sandalias con facilidad y dio un paso hacia el interior. León se quedó mirando sus botas verdes. Todo su ser se resistía a quitárselas. Las advertencias de su padre resonaban en su cabeza con una voz tan severa que se le erizaba el cabello. Suspiró. No tenía otra opción; no en vano llevaba dos días caminando en busca de respuestas.
Se inclinó, agarró la caña de la bota y tiró. Estaba muy ajustada; su pie hinchado parecía haberse fusionado con ella y se negaba a salir.
—¿Te ayudo? —preguntó Malva, mirando sobre su hombro.
El viejo bufó, la tomó del codo y la empujó hacia la salida.
—Ayúdalo —dijo con voz chirriante—. Él solo no podrá quitárselas.
Malva regresó junto a León; sus pies descalzos pisaban la hierba junto a la casa. En sus huellas, las malvas brotaban al instante.
—Siéntate en el suelo —ordenó Malva. León obedeció.
Ella agarró la bota con ambas manos, pero no cedía. Apoyó los pies con firmeza, se puso de medio lado y tiró con todas sus fuerzas. Sorprendentemente, la bota no se movió ni un milímetro.
Malva cerró los ojos y exhaló profundamente. El aire se llenó de un zumbido, como en el claro donde recogieron las hierbas; vibraba y rugía como si hubiera un enjambre de abejas cerca. Una bota resbaló del pie y quedó en las manos de Malva. La dejó en el suelo y fue por la otra. Esta también se deslizó fácilmente, cediendo ante su poder. Malva perdió el equilibrio, tropezó con la primera bota y aterrizó de espaldas.
León empezó a agitarse, su cabello se puso de punta. Sus ojos se abrieron de par en par; no lograba dominar las sensaciones que lo inundaban. Estaba descalzo. Por primera vez en su vida. Sentía una ligereza en todo el cuerpo; nada oprimía sus pies, nada lo apretaba ni le rozaba. Pero, al mismo tiempo, la sensación de protección había desaparecido. Se quedó sentado en la hierba, moviendo los dedos, sintiendo cómo el frío de la noche acariciaba sus pies.
Editado: 27.04.2026