Un poco más que nada

Capitulo 8

Otro golpe. La puerta crujió, las bisagras cedieron y el metal estalló. La pesada estructura de madera cayó al suelo, levantando una columna de polvo. Cuando el polvo se asentó, en el umbral se veía una manada de doce lobos. Sus ojos brillaban de color rojo, sus colmillos resplandecían blancos en las fauces abiertas y la saliva goteaba sobre la tierra.

Malva se quedó paralizada, petrificada. El lobo más grande saltó al interior de la cabaña y se plantó frente a ella, listo para el salto final. Podía sentir su aliento en la piel, veía su reflejo en los ojos carmesí. En silencio, se despidió de la vida.

En un instante, el lobo salió despedido hacia un lado, chocando contra la pared. Los estantes temblaron y los frascos cayeron sobre él. El resto de los cambiantes permanecía tras la puerta, observando el enfrentamiento desde una distancia segura. León era tres veces más grande que el lobo mayor, y mucho más fuerte. Le pisó la garganta con la garra y lo inmovilizó contra el suelo, clavando la mirada en los ojos familiares y en aquel mechón blanco sobre el pelaje negro. El lobo no se movía, estaba paralizado. La batalla de miradas duró unos minutos, hasta que el lobo soltó un gimoteo.

León retiró la pata lentamente. El cambiante se puso sobre sus cuatro patas, tambaleándose un poco. Mostró los colmillos en un breve gruñido y, sosteniendo la mirada de León, inclinó la cabeza hacia el suelo. Luego saltó, agitando la cola en el aire, y se volvió hacia el resto de la manada. Al cruzar el umbral, miró hacia atrás, detuvo la vista en el león y asintió. Saltó del porche y, seguido por los demás lobos, desapareció en la oscuridad del bosque.

Malva exhaló, fascinada por el espectáculo. Se acercó a León y lo rodeó por el cuello, hundiendo el rostro en su melena majestuosa. Una brisa suave levantaba los pelos dorados, acariciándole la piel.

—Así que al final sí encontraste a un cambiante —Belladonna aterrizó en su escoba, agitando las hojas secas con el viento—. Aunque uno equivocado.

Malva había exhalado demasiado pronto. La noche aún no terminaba.

Junto a Belladonna, otras siete brujas aterrizaron en el claro. Se colocaron en semicírculo frente a la cabaña, apoyando sus escobas en la tierra. Malva dio un paso al frente, intentando cubrir a León.

—Todavía queda tiempo, aunque no mucho —Belladonna inclinó la cabeza, con una sonrisa feroz—. Llévalo al altar.

—¡No! —Malva golpeó el suelo con el pie y, en ese mismo instante, una malva brotó allí mismo hasta alcanzar el techo.

—¿¡Cómo te atreves a contradecirme!? —rugió Belladonna—. Todas nos esforzamos para que obtuvieras poder. ¡Has perdido el miedo, ingrata! ¡O obedeces o serás castigada! ¡Limpiarás el chiquero de los cerdos hasta la próxima luna de sangre!

—¡No! —repitió Malva, dando otro paso adelante—. ¡No volveré con ustedes! ¡Basta de jugar conmigo, no soy su muñeca!

La bruja soltó una carcajada estrepitosa que retumbó en el bosque.

—¡Eres una nulidad! —gritó Belladonna.

Las demás brujas repitieron tras ella, llenando el bosque de sonidos desagradables. "Nulidad. Nulidad", se escuchaba entre los árboles, rebotando en las piedras, clavándose en las sienes de la joven bruja, oprimiendo su corazón como un tornillo.

Belladonna asintió a las demás brujas y estas se tomaron de las manos, bramando como trompetas. La tierra gimió. De sus pies surgió un torbellino de niebla que fue creciendo y se movió hacia la casa.

Malva bajó la barbilla, miró el peligro de reojo y extendió las manos con las palmas abiertas. Cerca del torbellino, unos brotes delgados de malva perforaron la tierra y se marchitaron al instante.

—¿Eso es todo tu poder? —Belladonna se rió, sin quitarle la vista de encima—. Dije que era poco más que nada. ¡Me equivoqué, es incluso menos!

Malva apretó los dientes. Una mezcla de ofensas, humillaciones y desprecio empezó a hervir en su interior. Caliente e incontrolable, llenándola y pugnando por salir.

La tierra frente a las brujas estalló.

Y ya no eran tallos débiles, sino troncos flexibles los que brotaron de la grieta; vivos, pesados, obstinados. Las malvas, como lianas gruesas, se enredaron en las piernas de las brujas, trepando lentamente. Las brujas intentaron sacudirse las flores extrañas y soltaron sus manos. El torbellino se detuvo, deshaciéndose en gotas de rocío, pero las malvas seguían trepando, envolviendo y apretando a las brujas sangrientas. Las flores púrpura oscuro subieron por sus hombros, por sus cuellos, les cubrieron los ojos, hasta que todas quedaron convertidas en estatuas de flores.

Las manos de Malva temblaban, sus dedos se tensaron. Las flores apretaban a las brujas hasta crujir los huesos, y al mismo tiempo, algo crujía también dentro de Malva. Sus ojos se tiñeron de negro.

—Basta, Malva —el vidente le tocó la mano.

Los tallos se apretaban cada vez más; Malva empezó a temblar. Sentía cada movimiento, cada roce de las flores en su propio cuerpo. Una ola de miedo recorrió su espalda. No tenía miedo de Belladonna. Tenía miedo de sí misma.

—¡Basta! ¡Te lo ruego! —gritó el vidente.

Malva se sobresaltó, como si despertara de un sueño profundo. Miró a sus antiguas hermanas, encerradas en jaulas florales. Se llevó las manos al rostro, observándolas como si las viera por primera vez. Miraba sus manos y luego a los ocho macizos de flores frente a ella. Otra vez a sus manos. Seguían temblando.




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