Un podio para dos (inspirado en Charles Leclerc)

Prólogo

—¿Estás enamorada de él, Sofía?

La pregunta resonó en las cuatro paredes de la elegante habitación con la contundencia de un disparo a quemarropa. Rompió el aire, denso y cargado, dejando tras de sí un eco helado que caló hondo en los huesos.

Durante unos eternos y agónicos segundos, nadie se atrevió a hablar. Nadie respiró. Nadie movió un solo músculo. El silencio se volvió tan físico que se podía cortar con un cuchillo y, sin embargo, Sofía sentía en lo más profundo de su ser que el universo entero se había detenido de golpe, conteniendo el aliento, solo para escuchar su respuesta.

A través de los imponentes ventanales de techo a suelo de la suite del hotel, las luces de Mónaco iluminaban la noche de la Riviera con una opulencia casi obscena, como si fueran millones de estrellas atrapadas a la fuerza en la tierra. Afuera, el mar Mediterráneo descansaba en una calma perfecta, ajeno al drama humano; las olas morían mansas contra el muelle del puerto donde descansaban los lujosos yates.

Pero dentro de aquella suite, nada estaba en calma. Había una tormenta silenciosa desatándose.

Las manos de Sofía temblaban de forma incontrolable, por lo que tuvo que entrelazar los dedos con fuerza sobre su regazo para intentar ocultarlo. Su corazón latía con una violencia tan desbocada que sentía un dolor punzante y real en el centro del pecho, una opresión que le impedía llenar los pulmones de aire. En sus ojos verdes, las lágrimas, acumuladas por la frustración y el cansancio de tantas semanas de escrutinio, amenazaban con escapar y rodar por sus mejillas en cualquier momento.

Frente a ella, su padre la observaba fijamente. Tenía el rostro tenso, los brazos cruzados sobre el pecho y una seriedad en la mirada que ella pocas veces —o casi nunca— había visto en sus años de vida. Diego Vallejo siempre había sido un hombre difícil de impresionar, un empresario de mente fría, calculador y aún más difícil de engañar. Tenía un instinto implacable para leer a las personas.

Y esa noche, por la forma en que la miraba, Sofía supo que ya no había escapatoria. Él lo sabía. Lo sabía absolutamente todo. O, al menos, las piezas más dolorosas del rompecabezas.

—Papá… por favor, déjame explicarte cómo pasaron las cosas —intentó hablar ella, con la voz quebrada.

Movió los labios intentando desesperadamente encontrar las palabras correctas, los argumentos lógicos que pudieran apaciguar el juicio inminente de su familia. Pero ninguna frase parecía suficiente, ninguna explicación sonaba cuerda. Porque… ¿cómo le explicas a unos padres protectores algo que ni siquiera tú misma terminas de entender por completo en las noches de insomnio?

¿Cómo carajos explicas que una sola persona puede cambiarte la vida, demoler tus estructuras y poner tu mundo de cabeza en cuestión de un par de semanas? ¿Cómo explicas que alguien que jamás debió haber entrado en los márgenes de tu historia, alguien que pertenecía a un universo inalcanzable de flashes y velocidad, terminó convirtiéndose sin previo aviso en el centro absoluto de ella?

Diego Vallejo soltó un largo, pesado y sonoro suspiro de decepción, frotándose el puente de la nariz antes de volver a clavar sus ojos oscuros en ella.

—Te hice una pregunta muy clara, Sofía. Y no te estoy pidiendo justificaciones, ni largas historias. Solo quiero la verdad. ¿Estás enamorada de ese piloto?

Ella bajó la mirada hacia la alfombra, incapaz de sostenerle el contacto visual por más tiempo. Sabía que tenía opciones. Sabía perfectamente que podía mentirle en la cara, que podía inventar una excusa o intentar desviar la conversación hacia el terreno profesional para ganar tiempo. Pero la realidad era que ya estaba exhausta. Estaba cansada de esconderse en las esquinas del paddock, cansada de huir de las cámaras de la prensa, cansada de fingir que no sentía nada cada vez que veía su nombre en las redes sociales.

Así que llenó sus pulmones con el poco aire que le quedaba, irguió la espalda y tomó una bocanada de valor. Miró a su padre a los ojos y respondió.

—Sí, papá. Sí lo estoy.

La palabra apenas fue un susurro ahogado, un hilo de voz que casi se pierde en el rumor del aire acondicionado de la suite. Pero bastó. Fue más que suficiente. Porque en cuanto esa pequeña afirmación salió de sus labios, el peso de la gravedad pareció cambiar en la habitación.

Su madre, Marcela, cerró los ojos con fuerza, dejando escapar un quejido silencioso mientras se llevaba una mano al pecho, incapaz de procesar el escándalo que se avecinaba. Su padre, por su parte, desvió la mirada de inmediato hacia la ventana, apretando la mandíbula con una rigidez que asustaba.

Sofía sintió una mezcla extraña de terror y liberación absoluta. Acababa de admitir en voz alta lo que llevaba meses intentando negarse a sí misma frente al espejo.

Sí. Estaba enamorada. Perdidamente enamorada de él.

Y ese era, precisamente, el núcleo de su mayor problema. Porque Charles Leclerc no es cualquier hombre ordinario al que pudieras amar en el anonimato de una cafetería. Es uno de los deportistas más famosos, cotizados y seguidos del planeta. Es el piloto estrella y la eterna promesa de la escudería Ferrari. Es el hombre que aparecía semana tras semana en las portadas de las revistas internacionales de moda y deportes; el hombre al que millones de personas alrededor del globo terráqueo admiran e idolatran. El hombre que, por lógica, etiqueta y circunstancias, jamás debió haber fijado sus ojos en una colombiana que prefería el bajo perfil.

Y, aun así… contra todo pronóstico y contra las leyes de la probabilidad, lo había hecho. Se había fijado en ella.

Lo peor de todo, lo que realmente la condenaba en esta historia, era que ella también se había fijado en él muchísimo antes de tenerlo a menos de un metro de distancia. Mucho antes de saber cómo sonaba su risa en la intimidad, mucho antes de imaginar que algún día compartirían una conversación real en el rincón de un Hospitality, y mucho antes de que sus vidas chocaran de la forma más inesperada y vertiginosa posible en un circuito de carreras.




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