Un podio para dos (inspirado en Charles Leclerc)

Capítulo 1

Sofía

Si alguien me hubiera dicho, apenas unas semanas atrás, que mi vida entera iba a cambiar de forma radical por culpa de una simple caja de cartón rojo, me habría reído en su cara con total incredulidad. Habría soltado una carcajada limpia, de esas que uso cuando alguien me cuenta un chiste demasiado absurdo.

Porque las cajas no cambian vidas. Las cajas solo guardan objetos, acumulan polvo en el fondo de un armario o sirven para transportar mudanzas de un lugar a otro. Las cajas son inertes, predecibles y aburridas.

Las personas sí cambian vidas. Las personas tienen la capacidad de demoler tus estructuras con una sola mirada, de desarmar tus defensas con una sonrisa a medias y de reescribir tu futuro en el rebufo de una curva a más de trescientos kilómetros por hora.

Y, justo en ese preciso momento, mientras mis dedos rozan la textura satinada de aquel empaque sobre la mesa, yo todavía no tenía la menor idea de que estaba a punto de conocer a la persona que pondría mi mundo completamente de cabeza. Solo veía un lazo de seda, un color escarlata demasiado familiar y el escudo de un caballo encabritado que hacía que mi corazón de fanática comenzara a latir un poco más rápido.

El segundero del reloj de la pared seguía avanzando, ajeno a que mi cuenta regresiva ya había comenzado.

—Sofía, por el amor de Dios, deja de trabajar, aunque sea por cinco minutos —la voz de mi madre llegó nítida desde la puerta de mi consultorio, interrumpiendo el constante tecleo en mi computador.

Levanté la vista de los informes de evolución clínica que estaba terminando de redactar y la encontré apoyada con gracia en el marco de madera, con los brazos cruzados y una ceja ligeramente alzada. Estaba perfectamente arreglada con un traje de sastre impecable, perfectamente elegante como si fuera a asistir a una gala benéfica, desprendiendo ese aroma a perfume costoso que siempre la precedía.

—Mamá, de verdad, estoy trabajando y necesito avanzar con estos historiales —le respondí, acomodándome las gafas de lectura mientras señalaba la pila de carpetas sobre mi escritorio—. Si no los termino hoy, se me van a acumular para la próxima semana.

—Es tu cumpleaños, Sofía —replicó ella, dando un paso hacia el interior del consultorio con tono firme—. Los cumpleaños se hicieron para celebrar, no para redactar informes psicológicos en una oficina.

—Y los niños no dejan de necesitar sus terapias ni sus diagnósticos solo porque yo esté cumpliendo veintiséis años, mamá —le recordé con una sonrisa paciente, señalando el área de juegos del consultorio—. El bienestar de mis pacientes no se toma días libres por mi calendario.

Ella rodó los ojos de esa manera tan suya, exagerada, pero llena de cariño, mientras suelta un hondo suspiro dramático. —Definitivamente eres idéntica a tu padre. Tienen la misma adicción al trabajo.

—Oye, eso que acabas de decir es un insulto directo a mi persona —bromeé, recostándome en mi silla.

—No es un insulto, mi amor, es una realidad absoluta y lo sabes —sentenció ella, aunque la rigidez de su postura comenzó a ceder.

No pude evitar sonreír ante su ocurrencia, y mi madre, perdiendo la fachada de severidad, también terminó por sonreír. Siempre terminábamos igual nuestras discusiones: ella intentando sacarme de mi burbuja laboral y yo defendiendo mi espacio con uñas y dientes, aunque en el fondo adoraba que se preocupara tanto por mí.

Llevaba, de hecho, toda la mañana atendiendo pacientes de forma ininterrumpida. Entre dibujos de colores esparcidos por el suelo, cuentos interactivos sobre el manejo de las emociones, juegos terapéuticos diseñados para generar confianza y complejas conversaciones de retroalimentación con padres notablemente preocupados, apenas había tenido un solo segundo libre para revisar la pantalla de mi celular.

Cuando finalmente lo desbloqueé, descubrí que tenía más de cien mensajes acumulados en las aplicaciones de mensajería. Mi mejor amiga, mis tíos desde el extranjero, mis primos, colegas de la universidad, antiguos compañeros de estudio e incluso algunos padres agradecidos de los niños que atendía diariamente. Todos se habían tomado el tiempo de escribirme para desearme un feliz cumpleaños.

Y yo, por culpa del ritmo frenético del día, apenas había tenido la oportunidad de responder unos cuantos mensajes rápidos con emoticones de agradecimiento. Porque así era exactamente mi vida actual: caótica por los horarios, hermosa por los resultados, agotadora al final de la jornada y completamente dedicada a mi trabajo en la psicología infantil.

La pura verdad era que me encantaba mi rutina. Había luchado muchísimo, estudiando noches enteras y realizando prácticas extenuantes, para llegar exactamente al lugar donde estaba hoy, construyendo mi propia reputación profesional. Ser psicóloga infantil no era solamente una profesión que adornaba un título en la pared; es mi vocación más profunda, mi pasión y lo que me hace sentir verdaderamente útil en el mundo. Es el motor que me hace levantarme con energía cada mañana.

Y aunque mis padres, gracias a sus negocios e inversiones, podían haberme dado una vida sumamente cómoda y llena de lujos sin la necesidad de que yo trabajara un solo día de mi existencia, jamás quise depender económicamente de nadie. Quería construir algo propio, un camino labrado con mi propio esfuerzo, algo que llevara con orgullo mi nombre. Y sentía que lo había conseguido con creces.

O al menos eso era lo que yo creía ingenuamente en ese instante, porque todavía no tenía la menor idea de que la vida ya tenía otros planes completamente diferentes y vertiginosos preparados para mí.

—Tu papá está esperando abajo —anunció mi madre de repente, guardando su propio teléfono en el bolso de diseñador.

Fruncí el ceño con extrañeza, mirando el reloj de mi consultorio. —¿Papá está abajo? ¿Qué hace aquí a mitad de una jornada laboral?




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