Un Profesor Encantador

Capítulo 35: Porque te amo

Narra Brenda

 

No había estudiado lo suficiente para ese examen, pero lo bueno de haberme dedicado toda mi vida a estudiar es que ya conocía las respuestas. Me tomó más tiempo de lo habitual, pero respondí todo y entregué el examen a Alan sin mirarlo a los ojos. Tomé mis cosas y salí corriendo.

 

Después de unos minutos, también salió Anabela.

 

- ¿Qué fue todo eso? - preguntó curiosa.

 

- ¿Qué fue qué? - respondí.

 

- Alejandro hablando de ti por lo que pasó en la fiesta... Alan defendiéndote y tú ahí sin decir o hacer nada.

 

- Mira, Anabela, tengo una resaca de muerte. Nunca me había puesto así, y ayer, por tu culpa al incentivarme a ir a la fiesta, me emborraché y creo que hice el ridículo. Tuve que pasar la noche con Alan.

 

- ¿Y pasó algo entre ustedes? - dijo con una risa juguetona.

 

- ¡¡¡No pasó nada!!! Creo que dije cosas que no debí haber dicho y que en este momento me estoy acordando... No puedo ni mirarlo a los ojos, se me cae la cara de vergüenza.

 

- ¿Y esa ropa?

 

- Él me la prestó.

 

- Eso es amor - dijo con un tono burlón. - Bueno, ¿y qué opina Tito de todo esto?

 

- Primero que nada, no sé si es amor. Ni siquiera puedo darle la cara para agradecerle. Además, ayer Tito terminó conmigo. Es una larga historia que no te quise contar ayer porque estabas enferma.

 

- Acompáñame - dijo. - ¿Me cuentas en el café?

 

- No creo, todavía tengo algunos exámenes más.

 

- Bueno, suerte con todo.

 

Las horas iban pasando y fui haciendo cada examen de cada materia. No había estudiado para ninguno, pero tenía conocimiento. Me tomó tiempo, pero logré responder.

 

Después, tomé la mochila de Alan y fui a mi casa. Con miedo, abrí lentamente la puerta y ahí estaba mi mamá esperándome.

 

- Brenda - corrió a abrazarme. - Ya era hora de que llegaras.

 

- Ya sé que no debí irme de esa forma, pero estaba enojada... Sé que debí haber llegado ayer, pero yo ayer estaba...

 

- Sí, ya sé que pasaste la noche en casa de Anabela - me interrumpió. - Pero aun así, no tenías permiso para ir a esa fiesta.

 

Me quedé pensando un momento. Que ella pensara que había estado con Anabela debía ser obra de Alan.

 

- Pues nunca salgo, así que no me pareció mala idea ir a la fiesta - dije.

 

- Pues nunca estuviste castigada, pero tampoco me parece mala idea que estuvieras - respondió mi mamá.

 

- Sí, entiendo, mamá - dije, bajando la mirada.

 

- Sube a tu cuarto.

 

Subí a mi habitación arrastrando los pies, sintiéndome muy apenada. Cerré la puerta y me puse a lavar la ropa que Alan me había prestado. Mientras me daba un baño, aún me sentía sucia. Con cada gota de agua que caía sobre mi cuerpo, los recuerdos de todo lo que había hecho desde que llegué a la casa de Ian volvían a mi mente, y con cada recuerdo, sentía cómo se me caía la cara de vergüenza. Recordé todas las cosas que le había dicho a Alan, recordé que le dije "te amo" mientras estaba ebria, recordé que él me dijo que me amaba.

 

Salí de la ducha y me vestí. Luego, me di cuenta de que la ropa que Alan me había prestado estaba lista para ser devuelta. Entonces se me ocurrió una idea: iría a devolverle su ropa y agradecerle por todo lo que había hecho por mí, incluso mientras yo estaba ebria. No lo pensé dos veces y guardé la ropa en la mochila que había tomado de su casa, junto con sus anteojos de sol. Sin embargo, había un problema: estaba castigada y no podía salir por la puerta principal. En ese momento, miré por la ventana y vi un árbol grande. Recordé que mi hermana solía escaparse por ahí cuando tenía mi edad. Trepe por el árbol, casi me caigo, pero logré salir. Pero había otro problema: no podía usar mi auto, ya que mi mamá me había confiscado las llaves. Tomé un taxi, pero hacía mucho frío y me di cuenta de que había olvidado tomar un suéter. Si no me ponía algo, me iba a congelar. Entonces saqué la camisa de Alan de la mochila y me la puse, disfrutando de que aún conservaba su aroma.

 

Estaba muy emocionada por ir a verlo. Ahora que lo tendría frente a mí, le agradecería como se merece y, lo más importante, le explicaría por qué dije todas esas cosas.

 

Llegué a su departamento y toqué la puerta. Se tardó un poco en abrirme y cuando lo hizo, apareció solo con una toalla rodeando su cadera. Noté que acababa de salir de la ducha.

 

- Brenda, ¿qué haces aquí? - dijo sorprendido.

 

- Hola, Alan. No sabía que estabas ocupado. Siento interrumpirte. Venía a devolverte tu ropa y agradecerte por haberme cuidado ayer. También quería pedirte disculpas por todo lo que dije anoche y hoy en la mañana.

 

- Oh, no hay problema... no importa. Gracias por traerme la ropa - respondió él.

 

Hubo un silencio incómodo entre los dos, y luego él dijo:

 

- Bueno, muchas gracias, Brenda.

 

Supe que era hora de irme.

 

- No, gracias a ti... Bueno, te veo después.

 

Alan cerró la puerta y ahí estaba yo, sola afuera de su departamento. Había creído que hoy podría hablar con Alan y explicarle todo lo que había pasado, pero él no quería hablar conmigo. Escuché la puerta abrirse de nuevo y él salió. Gire esperanzada, esperando que quisiera decir algo más.

 

- ¿Brenda?

 

- ¿Sí?

 

- Te quedaste con mi camisa - dijo, pues había olvidado quitármela.

 

Sentí una profunda decepción. Yo quería hablar y él solo se preocupaba por su estúpida camisa.

 

- Perdón, es que me olvidé mi chaqueta y tenía frío, así que me la puse - dije mientras comenzaba a quitármela, pero él me interrumpió.




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