🎧Control - Halsey
Arek.
"Extraño el color. Extraño ese tono de verde que solo existe en los ojos de alguien que aún cree en las hadas, antes de que el mundo les haga sentir el peso de la realidad. Ahora solo veo en blanco y negro, te perdí, y lo lamentare cada momento de mi vida".
El primer día del segundo año en la Preparatoria Aurora huele a perfume barato, ambición disfrazada de desodorante y la desesperada necesidad de todos por encajar. Un olor al que ya debería haberme acostumbrado, pero que cada vez me resultaba más nauseabundo.
Desde el asiento de mi auto, observo el espectáculo. Grupo tras grupo, risas forzadas, abrazos exagerados. Es la misma farsa de siempre. Ajusto el nudo de mi corbata en el retrovisor, un movimiento tan preciso y calculado como todo lo demás en mi vida. Perfecto. Siempre perfecto.
-¡Arek!
La voz de Enzo me corta el paso apenas pongo un pie fuera del coche. Su sonrisa es demasiado amplia, demasiado ansiosa.
-Pensé que tu padre te habría comprado un helicóptero para este año.
-Los helicópteros son ruidosos y poco prácticos, Enzo-respondo sin mirarlo, cerrando la puerta con un golpe seco-. Y mi padre cree en la elegancia discreta. Concepto que, por lo visto, aún se te escapa.
Le echo un vistazo a su camisa, ligeramente desaliñada. Él sigue la mirada y se ajusta el cuello, nervioso.
Dios, es tan patético. Pero útil. Los patéticos son fáciles de controlar.
-¿Y los demás?-pregunto, escaneando la multitud.
-Luther ya está adentro, como siempre-dice Enzo encogiéndose de hombros-. Y Adeline dijo que nos vería en el café después de clases.
Luther y Adeline. Los otros dos pilares de este circo. Luther, el genio silencioso cuya familia está atada a la mía por negocios. Adeline, la hija de un poderoso político, tan ambiciosa como yo, pero con una sonrisa en lugar de un puñal. Son herramientas, piezas en el tablero, como todos.
Caminamos hacia el edificio principal. Soy una lanza afilada partiendo un mar de mediocridad. La gente se aparta. Algunas chicas susurran y sonríen; otras bajan la mirada. Es el mismo ritual de poder. El hijo de Ríos, el príncipe de la elite dorada..
-Oye, ¿viste?-Enzo baja la voz, como si compartiera un gran secreto-. La chica Sevilla. No vino. Rumores dicen que se cambió a virtual después de todo el... ya sabes, el drama del año pasado. -Una risita burlona le escapa-. ¿Crees que fue por tu culpa? Lo de "Princesa Wattpad" y eso.
Me detengo en seco. No es por el comentario sobre Elisa. Es por la punzada sorda, rápida como el latido de un ala de murciélago, que siento en el pector al oír su nombre. La ignoro. La ahogo.
-No fue por mi culpa-digo, y mi voz es más fría de lo que pretendía. Giro la cabeza lentamente hacia él-. Fue por su debilidad. Los fuertes se enfrentan a sus problemas. Los débiles huyen y se esconden. Y si quieres seguir caminando a mi lado, Enzo, no malgastes mi tiempo con chismes sobre personas frágiles y sin futuro. Son... insignificantes.
¿Huir? ¿Esconderse? Claro. Es lo que hacen los que tienen opción. Yo no tengo ese lujo. ¿Y por qué ese nombre me hace pensar en un sol molesto y ardiente?
Enzo palidece ligeramente y asiente, tragando en seco.
-Sí, claro, Arek. Lo siento.
Continuamos. Pero la semilla estaba plantada. Elisa Sevilla, la soñadora, la que escribía cartas de amor a un novio de plástico, se ha convertido en un fantasma. Y los fantasmas, a veces, son más persistentes que los vivos.
La primera clase es Historia con el profesor Marcos. Él es uno de los pocos que no me mira con miedo o envidia. Me mira con... lástima. Como si pudiera ver a través de la fachada. Lo detesto.
-Ríos-dice, mientras paso junto a su escritorio-. Espero que este año sus contribuciones sean tan... agudas como siempre.
-No espere menos, profesor-respondo, tomando asiento en la primera fila.
En la tercera fila, Luther me dirige una leve inclinación de cabeza. Lleva gafas, su postura es recta pero relajada. No necesita esforzarse; su mente es una máquina perfecta. Un aliado por conveniencia, no por amistad.
El debate surge, como siempre. Alguien menciona la "perspectiva humana" en tal o cual evento histórico. Es la misma cantaleta sentimentaloide. Abro la boca para destrozar su argumento con lógica pura, para demostrar que la historia la escriben los victoriosos, no los sensibles. Pero justo cuando voy a hablar, una imagen se intromete en mi mente: Elisa, en este mismo salón el año pasado, defendiendo con fuego en la mirada la importancia de las emociones en la historia. Su voz, clara y obstinada.
La imagen me desconcierta un segundo. Un segundo de vacío, de silencio.
-¿Ríos?-la voz del profesor me saca del trance-. ¿Tiene algo que agregar?
Parpadeo. La imagen se desvanece. La furia, mi vieja aliada, llena el vacío.
-Solo que la lógica-digo, con una voz que podría cortar acero, es el único árbitro de la verdad histórica. La emoción es ruido de fondo para los que no pueden soportar el frío de los hechos.
El profesor Marcos me sostiene la mirada un instante demasiado largo antes de asentir lentamente. He ganado. Como siempre. Pero la victoria sabe a ceniza.
Y entonces, bajo la mesa, mis manos empiezan a temblar.
Es un temblor leve, incontrolable. Un recordatorio de mi propia farsa. Aprieto el puño con fuerza, clavando las uñas en la palma para controlarla. No muestres debilidad. Mi otra mano se desliza, disimuladamente, y presiono la pantorrilla a través del pantalón. Un dolor sordo y familiar responde, un eco de la "lección" de anoche. Él lo sabrá. Siempre sabe si no soy el mejor. Si no soy perfecto.
Mantengo la expresión impasible mientras por dentro no soy más que un volcán de nervios y dolor contenido.
El timbre del descanso suena como una liberación. Me levanto, lento, deliberado, y salgo del aula sin mirar a nadie. Necesito un respiro. Necesito paredes que no tengan ojos.
#6149 en Novela romántica
#2557 en Otros
#478 en Acción
prostitucion trafico de mujeres, adolescentes amor, amor amor adolecente heridas y maltrato
Editado: 16.01.2026