🎧The Night We Met – Lord Huron
Arek.
La estrategia era simple. Como todo lo que planeaba Luther. Un movimiento de ajedrez en el tablero social de la Elite. Isabella Rossi, hija del alcalde, tenía una hora libre los martes y jueves entre la clase de literatura y la de química. La pasaba en la biblioteca, en el rincón más alejado de la sección de arte, hojeando volúmenes de técnicas pictóricas del Renacimiento.
Yo era la pieza que Luther movía.
Ese jueves, un libro sobre la perspectiva en la obra de Piero della Francesca bajo el brazo, me deslicé en la silla contigua a la suya. El libro era un señuelo, una conversación forzada basada en el perfil que Luther había compilado. Ella llevaba unos auriculares, pero sus ojos, de un color avellana suave, estaban absortos en las reproducciones de un Giotto.
Durante diez minutos, fingí leer. Podía sentir la presión del plan, el peso de las expectativas de mi padre, la mirada invisible de Luther desde algún lugar de la biblioteca, evaluando mi desempeño. Finalmente, cerré mi libro con un suspiro audible, pero calculado.
—La manera en que domina la luz es sublime, pero no logro descifrar su método para las sombras—dije, como hablándome a mí mismo, pero con un volumen perfecto para que ella lo oyera.
Isabella se sobresaltó levemente y se quitó un auricular.
—¿Disculpa?
—Giotto—señalé el libro abierto frente a ella, manteniendo una expresión neutra pero ligeramente intrigada—. Sus sombras no solo definen la forma, sino la emoción del personaje. Es como si la oscuridad misma tuviera peso moral. Es... desconcertante.
Sus ojos se iluminaron con un destello de interés genuino.
—¡Exacto! —susurró, como si compartiéramos un secreto—. Nadie más lo nota. Todos hablan del color o la composición, pero Giotto entendía que la sombra es tan importante como la luz.
Contacto. La palabra resonó en mi mente con la frialdad de un informe militar.
Objetivo: comprometido.
—Arek Ríos —dije, extendiendo mi mano en un gesto que me resultaba tan ajeno como la sonrisa que intentaba forzar.
—Isabella Rossi —respondió, tomándola con una timidez que contrastaba con la intensidad de sus ojos—. Es... inusual encontrar a alguien aquí que hable de algo más que de los exámenes.
—Este lugar es un refugio —dije, y por un segundo, la frase fue más verdad de lo que pretendía. La biblioteca era un refugio, de mi padre, de las expectativas, de mí mismo. Pero hoy era solo otro escenario.
Hablamos, ó más bien, ella habló y yo escuché, interrumpiendo con comentarios precisos que Luther había preparado. Durante quince minutos no paro de hablar. Fue agotador. Cada sonrisa, cada asentimiento, era un acto de voluntad. Mientras ella disertaba sobre el uso del azul ultramar, mi mente repetía una y otra vez:
“No es tan difícil. Es solo otra estrategia. ¿Por qué siento que estoy profanando algo?... Cállate. Sobrevivir.”
Cuando el timbre sonó, marcando el fin de la hora libre, fue una liberación.
—Debo ir a Química —dijo Isabella, recogiendo sus cosas con una sonrisa tímida pero auténtica—. Ha sido... agradable, Arek.
—El gusto fue mío, Isabella —respondí, con la voz modulada en ese tono de falsa calidez que había perfeccionado—. Tal vez podamos continuar esta conversación otro día.
—Me encantaría —dijo, y se fue, dejando un rastro de ilusión ingenua en el aire.
Me quedé un momento más, fingiendo reorganizar mis libros. La operación había sido un éxito. ¿Entonces por qué sentía este regusto amargo, como si hubiera robado algo?
Al salir de la biblioteca, me encontré con que Isabella esperaba tímidamente cerca de la puerta, como si esperara que la acompañara. Un movimiento más en el juego. Asentí y caminamos juntos por el pasillo. Ella hablaba de su antigua escuela, de lo difícil que era empezar de nuevo. Yo asentía, escuchando a medias, mi mente ya en la siguiente tarea.
Fue entonces cuando el aire en el pasillo cambió.
No fue un sonido, sino un silencio. Una ola de respeto y miedo que precedía a una presencia. Y allí, apoyado contra una hilera de casilleros, como un gato negro observando a un par de pájaros, estaba él.
James Morgan.
Era alto, de una palidez casi translúcida que hacía que su cabello negro azabache y sus ojos verdes parecieran aún más intensos. Llevaba el uniforme con una elegancia despreocupada que desafiaba el código de vestimenta. Su postura era relajada, pero cada músculo parecía listo para el combate. Esos ojos, del color de una esmeralda bajo el hielo, se clavaron en mí con un reconocimiento que era a la vez una evaluación y un desafío. La cicatriz delgada en su ceja izquierda era un guiño siniestro a un pasado del que solo se murmuraba.
—Ríos —dijo, y su voz era suave, educada, pero cada sílaba era un filo de acero—. ¿Ya estás reclutando para tu séquito? Tan pronto en el año. Tu diligencia es... conmovedora.
Su mirada se deslizó hacia Isabella, y aunque no fue obscena, fue profundamente posesiva, como si estuviera catalogando un objeto de interés. Isabella se encogió ligeramente a mi lado.
—Morgan —respondí, mi propia voz bajó varios grados de temperatura. Instintivamente, di un medio paso, colocándome ligeramente entre él e Isabella—. Me alegra ver que el departamento de admisiones sigue siendo... inclusivo. Uno nunca sabe qué sorpresas puede deparar.
Una sonrisa fría y perfecta se dibujó en sus labios. No alcanzó sus ojos.
—Oh, las sorpresas son mi especialidad, Ríos. Me encantaría encontrar mi melodía en este lugar.
Su mirada volvió a Isabella.
—Cuidado, princesa. El no muerde... pero sí traiciona. Es la naturaleza de su especie. Los escorpiones no pueden cambiar su aguijón.
Se limito a señalarme con esa sonrisa y voz juguetona.
Isabella parecía confundida y asustada. Mi puño se apretó a mi lado.
Este es el tipo del que habló Luther. Peligroso. Impredecible. No es un rival de debate, es un tiburón. Y huele la sangre en el agua.
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Editado: 16.01.2026