Un recuerdo de la primavera

Capítulo 5: El precio del fuego.

🎧 Enemy - Imagine Dragons

Arek.

La furia es un ácido. Quema por dentro, silenciosa y letal, y si no la canalizas, te consume. La derrota de ayer, el jaque mate silencioso de Morgan, no podía quedar sin respuesta. Mi padre lo esperaba. Y yo, yo ya no podía soportar la propia.

Luther tenía el nombre: Daniel Oliviere. Su familia, dueña de una cadena de panaderías de especialidad europea, había expandido su negocio el año pasado con un préstamo de un "inversor privado". El inversor era una fachada de los intereses de Francis Morgan. Los términos, como era de esperar, se habían vuelto... asfixiantes. Daniel, un chico tranquilo y estudioso, llevaba meses siendo el mensajero silencioso de las "sugerencias" de James sobre cómo su familia debía manejar sus finanzas.

No me acerqué a él en el pasillo. Eso era demasiado público, demasiado vulnerable. Envié un mensaje discreto a través de Luther: "Biblioteca. Sección de archivos. Una hora." Un lugar sin cámaras, polvoriento, donde los fantasmas del pasado escolar dormían en carpetas olvidadas.

Yo llegué primero. El aire olía a papel viejo y derrota. Cuando Daniel entró, su postura era la de un animal acorralado. Ojos nerviosos, respiración entrecortada.

—Ríos —murmuró, mirando hacia atrás como si esperara que Morgan surgiera de entre las estanterías.

—Daniel —asenté, manteniendo mi voz baja y plana, un contraste calculado con su pánico—. Sé que estás en una posición difícil.

—Yo... no sé de qué hablas.

—Hablo de la panadería de tus padres. "Delicias Oliviere". El préstamo.

Dejé que las palabras flotaran en el aire polvoriento. Su palidez fue suficiente confirmación.

—No estoy aquí para juzgarte. Estoy aquí para ofrecerte una salida.

—No hay salida —susurró, desesperado—. Él... ellos... lo controlan todo.

—Controlan el miedo, Daniel. Eso es todo.

Di un paso hacia adelante, lo justo para invadir su espacio personal sin ser amenazante.

—Era un baile de poder. Pero el miedo es un recurso que se agota si alguien te cubre las espaldas.

—¿Y tú vas a cubrirme? —Su risa fue un sonido amargo y quebrado—. ¿Contra los Morgan?

—El consejo estudiantil tiene influencia. Tengo influencia.

No especifiqué cómo. La ambigüedad era mi aliada.

—No te pido que te enfrentes a él. Solo que dejes de tener miedo. La próxima vez que uno de sus mensajeros se acerque a ti, me llamas.

Le deslicé un papel doblado con mi número privado.

—Un mensaje de texto. Anónimo. Yo me encargo del resto.

—¿Por qué harías eso? —preguntó, con genuina incredulidad.

—Porque James Morgan es un virus en esta escuela. Y yo soy el anticuerpo.

La metáfora era pretenciosa, pero efectiva. Apelaba a su sentido de supervivencia y, secretamente, a su deseo de justicia.

—Él cree que puede pisotear a quien quiera. Demostremosle que se equivoca. Empezando por ti.

Lo miré fijamente, sosteniendo su mirada. No era una petición. Era un trato. Mi protección, frágil y no garantizada, a cambio de su lealtad y su silencio. Lo estaba reclutando para mi guerra personal, y él, asustado y sin opciones, lo sabía.

—Si se entera... —tragó saliva.

—No se enterará por ti —dije, con una seguridad que no sentía—. Eres un eslabón, Daniel. Un eslabón en una cadena que voy a romper. ¿Estás dentro?

Hizo una pausa eterna, luego, con un temblor casi imperceptible, asintió y guardó el papel en su bolsillo como si fuera una serpiente venenosa. Había plantado la semilla. Ahora a esperar.

La prueba de fuego llegó más rápido de lo esperado. Esa misma tarde, en el patio, el escenario se repitió, pero el guión había cambiado. James se acercó a Valeria, y esta vez, la tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Ya no era la cortesía depredadora de ayer. James estaba serio, su máscara de diversión cínica se había agrietado.

—...no es un juego, Val —logré capturar, acercándome lo justo sin ser visto—. Él no acepta un no por respuesta. Y yo... yo no puedo protegerte si no me dejas.

La voz de James era baja, urgente. No sonaba como un matón. Sonaba... frustrado. Casi preocupado.

—No te he pedido que me protejas, James—replicó Valeria, su voz cargada de una rabia cansada—. Les pedí que me dejaran en paz. A tu padre y a ti. Dile que no quiero su dinero, ni su "protección", ni nada de ustedes. Mi familia saldará su deuda, pero déjennos fuera de sus... asuntos.

Deuda. La palabra resonó en mí como un campanazo. No era solo acoso. Era una transacción fallida, una obligación. La teoría de Luther cobraba vida, pero con un matiz que no había anticipado: James no solo estaba cobrando; estaba usando la deuda como una excusa para acercarse a ella. Su interés, esa intensidad posesiva, era real. Se había enamorado de la chica a la que su familia estaba extorsionando. La ironía era tan retorcida que casi podía saborear su amargor en el aire. Parecía todo un cuento de hadas, que patetico.

—No lo entiendes —dijo James, y por primera vez, vi un destello de genuina exasperación en sus ojos verdes—. Esto no es solo sobre el dinero. Es una cuestión de... principios. Para él.

—¿Principios? —Valeria soltó una risa seca, vacía de humor—. Por favor, James. No insultes mi inteligencia. Y no vuelvas a buscarme.

Se dio la vuelta y se marchó, dejándolo plantado. James no hizo ningún intento por detenerla. Solo se quedó allí, mirándola irse, su puño apretado a un costado. Por un instante, su postura impecable se quebró, y vi no a un depredador, sino a un joven atrapado en la misma red que su presa. Luego, como sintiendo mi mirada, giró la cabeza lentamente. Sus ojos se encontraron con los míos a través de la distancia. No hubo sorpresa, solo un frío reconocimiento. Y entonces, una sonrisa pequeña y peligrosa curvó sus labios, como diciendo: "Ya veo".

El contraataque no se hizo esperar, pero no fue el que yo esperaba. No hubo violencia, ni una confrontación directa. Fue algo mucho más sutil y devastador.




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