Un recuerdo de la primavera

Capítulo 9: El contraste del vacío.

🎧 Nowhere Man - The Beatles

Arek.

La victoria era un fantasma. No tenía peso, ni sabor, ni calor. Flotaba a mi alrededor como una niebla gris, tan intangible como el eco de un suspiro en una habitación vacía. Los pasillos de la Preparatoria Aurora, que antes resonaban con el desafío silencioso de James Morgan, ahora eran un camino olvidadol de miradas bajas y susurros que se apagaban a mi paso.

Había ganado. La palabra resonaba hueca en mi cráneo. ¿Ganado qué? ¿El derecho a caminar sin que un par de ojos verdes me evaluaran desde la sombra? Era un premio miserable. Extrañaba la certeza de su odio, la claridad brutal de nuestro duelo. Ahora, solo había un silencio vasto y aterrador, y yo era su rey, coronado con espinas de hielo.

—No entiendo por qué no hay más celebración—dijo Elián en "La Pérgola", su sonrisa era un esfuerzo visible, una máscara de optimismo agrietada—. ¡La sinergia del grupo prevaleció! La variable disruptiva ha sido... contenida. Es una victoria para la estabilidad del ecosistema.

Claude no levantó la vista de su carpeta.

—No fue una victoria, Elián. Fue una ejecución. Y nadie celebra al verdugo, solo le temen. —Su voz era un susurro seco. Por primera vez, no estaba hablando de números, sino de la verdad sangrante que colgaba en el aire.

Adeline me miró, y en sus ojos ya no había la decepción de antes, sino algo peor: una cautelosa distancia, como si yo fuera un animal impredecible al que había que observar desde detrás de un cristal.

—¿Estás seguro de que sabes lo que hiciste, Arek?—preguntó, su tono era neutral, demasiado neutral.

—Hice lo que era necesario —respondí, y mi voz sonó como si viniera de muy lejos. Era la respuesta de mi padre. La única que tenía.

Luther, como siempre, era el único punto de referencia constante en mi universo descentrado.

—Los flujos de influencia se han reestabilizado—anunció, deslizando su tablet sobre la mesa—. La incertidumbre asociada a Morgan se ha disipado. Es un resultado óptimo.

<¿Óptimo? Entonces, ¿por qué siento que he intercambiado un enemigo visible por un ejército de fantasmas? ¿Por qué este trono solitario es más frío que cualquier rincón oscuro donde me escondía antes?>

La respuesta llegó esa misma noche, en el estudio de mi padre. No me llamó para felicitarme. Las felicitaciones eran para los niños que ganaban trofeos de participación. A mí me convocó para una evaluación.

—Morgan ha sido contenido—dijo, de espaldas a mí, como siempre—. Un movimiento aceptable. Demostró iniciativa.

Hizo una pausa, letal.

—Pero la naturaleza aborrezca el vacío, Arek. Un trono vacío atrae nuevos pretendientes. Más hambrientos, más imprudentes.

Finalmente, se giró. Sus ojos, como troncos marrones iguales a los míos, no mostraban orgullo. Mostraban cálculo.

—Y un hombre como Francis Morgan—continuó, su voz bajando hasta convertirse en un rumor peligroso.

—No olvida una humillación pública a su sangre. Le has arrancado un diente al león. No subestimes el resto de su dentadura. Has cambiado el tablero, pero el juego es ahora más peligroso, más personal. Tu siguiente movimiento debe ser impecable.

Salí del estudio con el peso de sus palabras aplastándome. No había ganado. Solo había escalado un peldaño más en una escalera infinita, y la caída, desde aquí, parecía mortal.

<No fue el final. Fue el inicio de una guerra mayor. Y mi padre ya está midiendo si seré su general o su próximo sacrificio táctico>.

Dayna.

El contraste no podría haber sido más brutal. Mientras el mundo se congelaba en un silencio elegante y mortífero, el mío explotaba en una cacofonía de colores vivos y risas nerviosas. Alan Díaz, mi amigo de la infancia, contra todo pronóstico, había logrado acordar una pequeña reunión conmigo siguiera en pie, y ahora yo estaba sentada en "La Taza Rota", un café que olía a grano tostado y a pastel de manzana recién horneado, no a ambición ni a perfume caro. Era… humano.

Desde mi mesa, vi la escena en la entrada. Valeria le dio un apretón de manos a Alan justo antes de que entrara. Pude leer en sus labios un "¡Lo lograste!" y una advertencia que, por la expresión de pánico en su rostro, probablemente era "no hables de física cuántica". Él se ajustó el suéter, una prenda claramente puesta con esmero, aunque mi ojo captó al instante una pequeña mancha de salsa cerca del cuello. Fue ese pequeño detalle lo que hizo que mi sonrisa, hasta entonces expectante, se volviera completamente genuina. No era perfecto. Era real.

Cuando se acercó, tropezando torpemente con una silla que parecía haberse interpuesto a propósito, no pude evitar reírme con suavidad.

—Hola —dijo, y su voz sonó un par de octavas más aguda de lo normal.

—Hola, físico nuclear—respondí, dejando que la diversión se colara en mis palabras—. ¿Listo para una noche de… qué era? ¿Dominó estratégico?

—Era… ajedrez, en realidad. Pero se me olvidó el tablero—confesó, y un rubor intenso le subió hasta las raíces de su cabello rebelde.

Fue entonces cuando supe que la noche sería perfecta. No perfecta según las revistas, sino perfecta según yo.

—Perfecto. Entonces podemos hablar. O… ¿jugar a los dados? —sugerí, señalando el estante con juegos de mesa desgastados que descansaban contra la pared.

La velada fue un desastre encantador, una sucesión de pequeños fracasos que, en lugar de crear incomodidad, construían un puente entre los dos. Alan ordenó dos cafés y una porción de pastel de chocolate, pero en su camino de regreso a la mesa, el pastel se deslizó del plato y realizó una pirueta imposible, aterrizando de pie sobre la mesa como un felino azucarado. Él palideció como si hubiera presenciado un accidente mortal. Yo, en cambio, me reí con tantas ganas que las lágrimas asomaron en mis ojos.

—Es un pastel con espíritu de acróbata—declaré, recuperando el aliento y cortando un pedazo del valiente superviviente para compartir—. Merece ser honrado.




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