Un recuerdo de la primavera

Capítulo 11: Jornada.

🎧Take Me to Church - Hozier

El amanecer no llega con luz, sino con un tono. Un sonido discreto, agudo, que perfora el velo de mis sueños como una aguja. No es un despertar; es una activación. Mis parpados se abren hacia el mismo techo blanco e inmaculado de siempre. La habitación huele a limpieza clínica y a quietud. A nada. A nadie.

<El silencio verdadero> pienso, mientras me incorporo, los huesos protestando contra un cansancio que ya es parte de mi estructura. <Lo extraño. Esto no es silencio. Es el sonido de la ausencia. El eco de lo que fui, esperando a que el día me moldee de nuevo>.

Irene, mi compañera y amiga de celda, mi mentora en este infierno, ya está en el suelo, ejecutando una serie de flexiones con una fluidez mortal. Su cuerpo es un arma bien cuidada. Me mira de reojo, sin detenerse.

—Tu respiración está agitada, Azahar —dice, y el nombre ya no me produce un escalofrío; es un uniforme que me queda mal, pero que debo llevar—. Soñaste otra vez con el jardín.

No es una pregunta. Es una afirmación. Irene tiene una habilidad aterradora para leer los restos de mi alma.

—Sí—admito, mi voz aún ronca por el sueño—. Él sonreía.

—Los muertos siempre sonríen en los sueños—responde ella, incorporándose con un movimiento felino—. Los vivos somos los que tenemos que lidiar con las pesadillas despiertos. Enfócate. Valeria te tiene en la lista de esta tarde. Un cliente nuevo.

—¿Tipo?—pregunto, ya preparándome mentalmente.

—No es un sádico bruto. Es peor. —Se seca el sudor de la frente con un brazo—. Es un titiritero. Le gusta… dirigir. Se llama Sr. K. Dicen que es coreano. Frío como el acero. No busca carne, busca rendición. No le des el placer de romperte. Recuerda la burbuja.

El Sr. K. El nombre es simple, anónimo, y por eso mismo, ominoso.

La mañana transcurre en el entrenamiento habitual con Valeria. Hoy es modulación vocal. Aprendo a susurrar sumisión, a entonar inocencia, a proyectar una fortaleza que se quiebre con la mirada correcta. Soy arcilla en sus manos, y ella me moldea sin piedad.

—Esa ceja, Azahar —me regaña, su dedo señalando mi rostro como si fuera un defecto en una pieza de porcelana—. Se levanta un milímetro cuando sientes desprecio. Ese milímetro puede costarte el contrato. ¿Y sabes qué pasa si pierdes el contrato?

Lo sé. Lo sé demasiado bien. La imagen de mi madre, Lucero, en esa clínica privada que es mi condena y su salvación, se cierne sobre mí. Un látigo invisible.

—Sí, señorita Valeria —respondo, y mi voz es ahora una melodía plana, vacía. He aprendido a vaciarme.

La visita del mediodía a mi madre es un recordatorio cruel de por qué estoy aquí. Hoy tiene un momento de lucidez. Sus ojos, tan parecidos a los míos, me miran y se nublan de tristeza.

—Elisa…—murmura, y el sonido de mi nombre verdadero es un golpe—. Tienes los ojos de tu tía Alejandra. Pero los de ella al final… estaban vacíos. Como los tuyos ahora, hijita.

Sus palabras me atraviesan. ¿Me estoy convirtiendo en la mujer que destruyó a mi familia? ¿Es este el precio final de mi supervivencia? Antes de que pueda responder, su mirada se pierde.

—Huele a flores podridas—murmura, confundida otra vez. A dinero sucio. Siempre lo mismo. Ella huele la mentira en mí, la culpa que me carcome.

Regresó a Éter con el peso de su juicio sobre los hombros. La tarde se acerca, y con ella, el Sr. K.

Irene me ayuda a prepararme. El vestido es negro, sencillo, de una seda que se siente como agua fría sobre la piel. Se ciñe a cada curva sin ser obsceno. Es una segunda piel diseñada para ser deseada y despojada.

—No luches—me dice Irene, sujetándome los hombros—. No ganas. Aguanta. Replégate. Tu mente es tuya, incluso si tu cuerpo no. No dejes que te rompa por dentro.

Me llevan a una suite. No es un estudio. Es un salón con luces tenues y alfombras profundas. Huele a cuero, a brandy caro y a un perfume amaderado y seco. Lujoso. Aislante.

Y él está allí, de pie junto a la chimenea apagada.

El Sr. K.

Es más joven de lo que imaginaba. Traje negro impecable, cortado a la medida de un cuerpo delgado pero poderoso. Cabello negro como el azabache, peinado con una precisión que es un desafío. Sus ojos oscuros me recorren de arriba a abajo, y no hay admiración en ellos. Hay evaluación. Apropiación.

No dice una palabra

No dice una palabra. Da un paso hacia mí. Su presencia es física, un cambio en la presión del aire. Se detiene tan cerca que el calor de su cuerpo roza el mío. Huele a poder y a lujo implacable.

Su mano se alza, lenta, deliberada. No hacia mi rostro. Sus dedos, largos y fríos, tocan primero la base de mi garganta. Y se deslizan hacia abajo, por el centro de mi esternón, sobre la seda del vestido. Es un contacto que no explora; que reclama. Traza una línea de fuego frío hasta mi cintura.

Me estremezco. Es involuntario. Un espasmo de piel y nervios.

Él lo siente. Una ceja se levanta un milímetro, la única señal de interés.

—Quieta—ordena. Su voz es grave, serena, con un acento coreano que pule el castellano hasta hacerlo cortante.

Su mano se posa en mi cadera. No es una caricia. Es una sujeción. Sus dedos se hunden en la carne a través de la seda, con una fuerza calculada que no duele, pero que no permite movimiento. Me tiene anclada.

Con su otra mano, toma un mechón de mi cabello que ha escapado del moño severo. Lo enrolla alrededor de su dedo índice, tirando con suavidad, forzando mi cabeza a inclinarse hacia atrás, exponiendo más mi cuello. Su mirada recorre la línea de mi garganza.




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