🎧Meet Me in the Woods – Lord Huron
Arek.
El lunes siguiente a la desaparición de James Morgan, llegué a Aurora esperando… no sé qué exactamente. Tal vez reverencia. Tal vez miedo renovado. Quizás solo el silencio cómodo de un trono incontestado. Lo que encontré fue el principio del caos.
Desde que crucé las puertas principales, el aire estaba diferente. Más pesado, cargado de una electricidad nerviosa. Los grupos de estudiantes no se dispersaban al verme pasar como antes. Algunos ni siquiera tenian conversaciones vacías; continuaban en susurros urgentes, ojos que se encontraban con los míos por un segundo demasiado largo antes de desviarse. No era respeto. Era evaluación.
Había eliminado al rey, pensé, ajustando la mochila sobre mi hombro, pero no calculé que su ejército se convertiría en una docena de señores de la guerra menores, cada uno hambriento por un pedazo del territorio que dejó atrás.
El primer signo tangible llegó antes de la primera clase. Un alboroto provenía del ala este, cerca de los casilleros. Un grupo de chicos de primer año, usualmente invisibles, estaban siendo acorralados por tres figuras que reconocí de inmediato: Emilio, Diego y Sofia. Eran lacayos de James. Ejecutores de bajo nivel. Ahora, sin su patrón, parecían haber decidido abrir su propio negocio.
—¡Es una "cuota de protección"! —escuché a Emilio decir, un chico alto y huesudo con una sonrisa desagradable—. Las cosas están… inestables. Alguien tiene que mantener el orden. Cien pesos a la semana parece un precio justo por no sufrir "accidentes", ¿no?
Uno de los chicos más pequeños, con gafas y manos temblorosas, intentaba argumentar. Sofia, una rubia de ojos fríos, le arrebató la cartera de las manos y comenzó a hurgar en ella.
Me detuve a unos metros, observando. Todos me vieron. La escena se congeló. Los acosadores me miraron, no con temor, sino con un desafío cauteloso. Los acosados me miraron con esperanza. Yo era el presidente del consejo estudiantil. El que había "limpiado" la escuela de la mayor amenaza. La lógica dictaba que interviniera.
Pero otra lógica, más fría y retorcida, surgió en mi mente. Si intervenía directamente, me convertiría en lo que siempre había despreciado: un policía escolar. Además, ¿sobre qué base? ¿Defendiendo a unos débiles de otros débiles? Después de lo que le hice a James, sonaría a la hipocresía más absoluta. Pero si no actuaba, el mensaje sería claro: el poder de Arek Ríos era selectivo. Solo aplicaba a quienes lo desafiaban directamente. El resto podía pudrirse.
La decisión fue instantánea, visceral. Ignoré las miradas. Di media vuelta y continué caminando hacia mi clase. Sentí el peso de la decepción de los chicos de primer año y la satisfacción burlona de Emilio y su pandilla grabándose en mi espalda. Era un movimiento calculado, pero dejaba un regusto amargo en la boca. El orden que tanto valoraba se resquebrajaba, y yo estaba permitiéndolo.
La primera clase fue un trámite. El profesor hablaba, yo tomaba notas, pero mi mente estaba en otra parte. Al salir, me encontré con Claude en el pasillo. Iba directo hacia mí, su carpeta de cuero abrazada contra el pecho como un escudo.
—Ríos —dijo, deteniéndose frente a mí. Su "cara de malo" estaba más marcada que de costumbre, sus cejas fruncidas formando un surco profundo—. Necesito tu aprobación para la reasignación del fondo de actividades culturales. Rowena presentó un presupuesto preliminar para el festival.
—Déjalo en mi casillero —respondí, intentando esquivarlo.
—Prefiero hacerlo ahora —insistió, abriendo la carpeta—. Hay partidas que requieren tu firma antes del mediodía si queremos que el proceso de compra comience esta semana.
Sus dedos señalaban las cifras, pero sus ojos no me miraban a mí, sino a los papeles. Había una frialdad en su tono que iba más allá de su formalidad habitual.
—Confío en tus números, Claude—dije, intentando una aproximación a la camaradería que nunca había existido entre nosotros.
Finalmente, alzó la mirada. Sus ojos castaños oscuro, usualmente llenos de una exasperación profesional, ahora mostraban algo más duro.
—Los números son lo único que no miente, Ríos —dijo, y cada palabra era un cubito de hielo—. A diferencia de las personas. Firma aquí, por favor.
La punzada fue rápida y certera. Tomé la pluma que me ofrecía y garabateé mi nombre en las líneas punteadas. Él asintió, cerró la carpeta con un golpe seco y se fue sin otra palabra. No era solo Claude siendo Claude. Era un mensaje. Sabía que la estabilidad que tanto valoraba se estaba desmoronando, y me culpaba por ello.
Encontré a Luther en la biblioteca, como siempre, sumergido en su tablet. Se había convertido en mi oráculo particular, pero incluso el oráculo parecía haberse vuelto distante.
—Actualización —dijo sin preámbulos cuando me senté frente a él—. Emilio, Diego y Sofia. Han estado… activos. Tres incidentes de extorsión reportados, dos robos en casilleros no confirmados. Su modus operandi es tosco, pero efectivo. Se están aprovechando del vacío de autoridad.
—¿Y?—pregunté, sabiendo lo que vendría.
—Es tu decisión —respondió, deslizando la tablet hacia mí—. Pero la percepción de impunidad es un virus. Se propaga rápido. Los datos de conflictos intergrupales han aumentado un 22% desde la partida de Morgan.
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Editado: 16.01.2026