Un recuerdo de la primavera

Capítulo 14: El peso de las sombras

🎧The Monster - Eminem, Rihanna

Arek.

La advertencia digital se había desvanecido, pero su eco permanecía, un zumbido de baja frecuencia en los confines de mi mente. "Excelentes cavando." Las palabras de los Morgan eran más que una bravata; eran un recordatorio de que mi mundo, por sólido que pareciera, estaba construido sobre arenas movedizas. Ya no podía permitirme ser solo un demoledor. Tenía que convertirme en un arquitecto.

Mi nueva estrategia comenzó con Claude. Nuestra alianza, forjada en el reconocimiento frío de nuestras respectivas eficacias, necesitaba cimientos más profundos. Lo encontré en la sala de estudio, rodeado de sus carpetas impecables.

—Necesitamos un sistema—le dije, tomando asiento frente a él—. Algo que trascienda mi autoridad o tu contabilidad. Un protocolo para cuando las cosas se… desvíen.

Claude dejó su pluma, sus ojos castaños evaluándome detrás de los lentes.

—¿Un protocolo? Eso suena suspicazamente a previsión. No es tu estilo usual, Ríos.

—Mi estilo usual creó este desorden —admití, la confesión sabiendo a hiel—. Tú eres el ancla a la realidad en esta mesa. Quiero que actúes como tal. Si ves una grieta, no esperes a que yo la vea. Si crees que me equivoco, no guardes silencio por protocolo.

Esbozó su rara sonrisa genuina, esa que transformaba su "cara de malo" en algo cercano a la calidez. —Eso suena peligrosamente a pedir una opinión. ¿Estás seguro de que estás bien?

—Lejos de ello —respondí—. Pero es el único camino hacia adelante. Eres mi caja de resonancia, Claude. No mi sí.

—Acepto el riesgo —asintió—. Pero advierto, mi resonancia a veces es disonante.

El siguiente paso fue el festival. En la siguiente reunión del consejo, me dirigí a Elián y Rowena. Ella evitaba mi mirada, sus dedos jugueteando con un lápiz de carbón como si fuera un talismán protector. El rencor por lo que le hice a Elisa era una barrera tangible entre nosotros.

—El trabajo que están haciendo—dije, eligiendo mis palabras con cuidado— es la columna vertebral de este evento. Rowena, tu visión artística le da un alma que ninguna estadística podría cuantificar. Elián, tu capacidad para traducir esa visión en una experiencia tangible es… invaluable.

Rowena alzó la mirada, sorprendida. No había calidez en sus ojos, solo una cautelosa incredulidad. Elián, en cambio, asintió con esa seriedad profesional que lo caracterizaba.

—Los datos preliminares de participación son prometedores—comentó—. La autenticidad del tema parece estar resonando, incluso con su… tono melancólico.

—Quiero que tengan autonomía completa—continué—. Si necesitan recursos, los tendrán. Si enfrentan obstáculos, los eliminaremos. Esta colaboración es exactamente lo que Aurora necesita.

Fue un riesgo. Darles rienda suelta era entregarles un arma. Pero era una apuesta necesaria. Tenía que demostrar que mi palabra tenía valor, que había evolucionado del tirano que una vez fui.

Sin embargo, el pasado nunca se queda atrás del todo. Días después, caminando hacia el taller de arte para revisar los avances del mural, escuché voces bajas y urgentes. Me detuve en la puerta entreabierta.

Era Rowena, hablando con Claris y Dayna. El nombre de Elisa flotó en el aire como un fantasma.

—… no puedo creer que estemos trabajando para él—decía Rowena, su voz cargada de una amargura que me tomó por sorpresa—. Después de todo lo que le hizo a Elisa. Esas cartas, las humillaciones…

—Lo sé—respondió Claris, su tono más conciliador—. Pero el festival es importante para todos. Y… ha cambiado, ¿no?

—¿Cambiado? —Dayna, usualmente la más alegre del grupo, sonaba escéptica—. Solo aprendió a ser más inteligente. Un lobo con piel de cordero sigue siendo un lobo. Elisa se fue por su culpa. Se desmoronó y él ni siquiera parpadeó.

Cada palabra fue un latigazo. "Se fue por su culpa." "Se desmoronó." Sabía, por supuesto que sabía, el daño que había causado. Pero oírlo de boca de sus amigas, escuchar el dolor crudo en la voz de Rowena, le daba un peso, una realidad que mis propias racionalizaciones nunca podrían tener.

Me retiré en silencio, el sabor del remordimiento, agrio y familiar, en mi boca. No podía culparlas. Su lealtad era hacia Elisa, no hacia mí. Y yo me había ganado cada gramo de su desconfianza.

Benjamín, el transferido, parecía alimentarse de este tipo de fracturas. Su asedio psicológico era constante, sutil. Un día, me encontró junto a los casilleros, su sonrisa de depredador educado firmemente en su lugar.

—Tu padre debe estar orgulloso—comentó, como si continuáramos una conversación.

—Finalmente estás aprendiendo que gobernar no es sobre ser querido, sino sobre ser necesario. Es una lección que todos los herederos debemos aprender eventualmente.

—No estoy interesado en tus lecciones, Benjamín —respondí, sin detenerme.

—Oh, no son mías—dijo su voz a mi espalda—. Solo soy un mensajero. Y el mensaje es este: los cimientos que estás tratando de construir son nobles. Pero son frágiles. Y mis… empleadores… son expertos en encontrar la presión exacta para hacerlos colapsar.

La presión llegó más pronto de lo esperado. Fue Claude quien me alertó, su rostro más pálido de lo normal.

—El sistema—dijo, encontrándome entre clases—. Alguien alteró los registros financieros. Las transferencias para los materiales del festival… aparecen desviadas.

Un frío me recorrió la espina dorsal. Revisamos los números juntos. Era un trabajo impecable. Lo suficientemente sutil como para pasar desapercibido en una auditoría casual, pero lo suficientemente obvio como para que Claude lo detectara. El mensaje era claro: podían alcanzar no solo mis archivos personales, sino la mismísima estructura operativa del consejo.

Horas más tarde, fue Rowena. La encontré fuera del taller de arte, sus ojos enrojecidos.

—Los archivos—dijo, su voz quebrada—. Los diseños originales del mural… están corruptos. Semanas de trabajo… perdidas. Y… —tragó saliva— y las copias de respaldo también.




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