Un recuerdo de la primavera

Capítulo 15: Viaje entre recuerdos.

🎧Demons - Imagine Dragons

Arek.

El eco de mis propias voces en el laberinto de espejos resonaba aún en mis oídos cuando desperté al día siguiente. "Los débiles merecen ser aplastados”. "Elisa Sevilla es una niña tonta". Las frases giraban en mi mente como cuchillos en una vitrina, mostrándome el monstruo que había sido, el monstruo que aún habitaba en mis rincones más oscuros.

Pero el Arek que se levantó esa mañana era diferente. La rabia fría que había nacido en el ala oeste se había solidificado durante la noche, transformándose en una determinación de acero. Ya no era la furia ciega del animal acorralado, ni la fría eficiencia del estratega calculador. Era algo más profundo, más peligroso porque era deliberado.

Mi primer movimiento fue técnico. Mientras el sol apenas comenzaba a colorear el cielo, ya estaba en mi laptop, contratando servicios de ciberseguridad de élite con fondos de una cuenta privada que mi padre no monitoreaba. Luther había sido bueno, pero esto estaba más allá de sus capacidades. Necesitaba profesionales que pudieran igualar el juego de los Morgan.

Luego, busqué a Rowena. La encontré en el taller de arte temprano, intentando recrear los diseños perdidos. Sus ojos estaban hinchados por la falta de sueño, sus dedos manchados de carbón y acuarela.

—Rowena—dije desde la puerta.

Ella se tensó, pero no se volvió.

—Si vienes a dar más discursos motivacionales, ahorra tu aliento.

—No vengo a dar discursos—respondí, entrando al espacio lleno de bocetos y materiales—. Vengo a decirte algo que debí decir hace mucho tiempo.

Ella finalmente me miró, sus ojos cargados de una desconfianza que me dolía más de lo que quería admitir.

—Sé lo que piensas de mí—continué, manteniendo la mirada—. Sé lo que le hice a Elisa. Las cartas, las humillaciones, el apodo... cada acto fue deliberado y cruel. No espero tu perdón, Rowena. Ni lo merezco.

Ella parpadeó, sorprendida por la franqueza.

—Pero este festival importa—señalé los bocetos alrededor—. Y tu trabajo importa. No por los datos o la cohesión social, sino porque es real. Auténtico. Y te doy mi palabra: nadie volverá a sabotearlo. Si lo intentan, se encontrarán conmigo primero. No con el presidente del consejo. Conmigo.

Hubo un silencio largo. Rowena estudió mi rostro, buscando el engaño, la manipulación.

—¿Por qué?—preguntó finalmente, su voz más suave—. ¿Por qué te importa ahora?

—Porque estoy cansado de construir sobre mentiras —respondí, y fue la verdad más pura que había dicho en años—. Y porque ella... Elisa... merecía algo mejor de lo que le di. Esto es lo único que puedo hacer ahora.

Rowena asintió lentamente.

—Trabajaremos juntos por el festival. Nada más. ¿Está claro?

—Claro.

Mi siguiente movimiento fue con Benjamín. Lo encontré en la cafetería, sentado solo con una taza de té, observando el flujo de estudiantes con esos ojos grises metálicos que parecían verlo todo. En lugar de evitarlo, me senté frente a él.

—¿Ríos? —preguntó, una ceja ligeramente arqueada—. Esto es... inesperado.

—Dile a tus empleadores que sus juegos de espejos son divertidos. Un buen ejercicio de introspección. Pero no cambian la realidad—dije, manteniendo la voz baja pero clara.

—¿Y cuál es la realidad, según tú?—preguntó, esbozando su sonrisa de depredador.

—Que esta es mi escuela. Y si quieren jugar, juguemos con reglas claras. Sin escondites en alas abandonadas. Sin sabotajes cobardes a archivos digitales. Cara a cara.

Por primera vez desde que lo conocí, la sonrisa de Benjamín se desvaneció. Una sombra de incomodidad genuina cruzó sus facciones.

—Eso sería... imprudente. Para ambas partes.

—Entonces quizás deberían reconsiderar su estrategia —me levanté—. Porque yo ya reconsideré la mía.

Encontré a Claude en la sala de contabilidad, rodeado de impresos y pantallas. Había estado trabajando toda la noche, reconstruyendo los registros dañados.

—Te traje café—dije, colocando una taza en su escritorio.

—Gracias—respondió, sin levantar la vista—. He reconstruido el ochenta por ciento. Fue meticuloso, pero dejaron patrones. Estúpidos.

—¿Patrones?—pregunté, interesado.

—Sí. Cada alteración sigue una secuencia matemática específica. Es como si quisieran que supiéramos que fueron ellos, pero de una manera que no podemos probar. Es... arrogante.

Me senté frente a él.

—No solo vamos a reparar lo que rompieron, Claude. Vamos a construir algo mejor. Algo más fuerte.

Finalmente, levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero alertas.

—¿Y cómo planeas hacer eso?

—Con tu ayuda. Necesito un sistema que no dependa solo de firewalls digitales. Algo análogo, redundante.

Claude esbozó una pequeña sonrisa.

—Ya estoy un paso adelante.

Abrió un cajón y sacó un libro de contabilidad físico, anticuado pero impecable.

—He estado manteniendo registros paralelos desde que empezó este... desorden. Por si acaso.

La admiración que sentí en ese momento fue genuina.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque aún no confiaba en ti—respondió con su brutal honestidad característica—. Pero ahora... ahora veo que quizás estás intentando hacer lo correcto. O al menos, algo menos incorrecto.

Esa noche, en la soledad de mi habitación, los recuerdos vinieron con una intensidad que no había sentido en años. Quizás era el agotamiento, o quizás el encuentro con mis propias distorsiones en los espejos había abierto compuertas que mantenía cerradas.

El primer recuerdo era de una tarde de verano. Yo tendría unos cinco años. Mi madre estaba en el jardín, pintando acuarelas de las rosas que tanto amaba. Mi padre estaba en su estudio, pero cada quince minutos aproximadamente, salía a verla. No decía nada. Solo la observaba con una intensidad que incluso mi mente infantil reconocía como... peligrosa.




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