🎧The Chain - Fleetwood Mac
Arek.
La decisión estaba tomada. Iba a infiltrarme en esa reunión entre mi padre y Francis Morgan. No por valentía, sino porque la alternativa de seguir jugando a la guerra escolar mientras verdaderas batallas se libraban sobre mi cabeza, era una tontería que ya no podía permitirme.
Selene intentó disuadirme hasta el último momento. Me esperó junto a mi auto al final del día escolar, su expresión seria.
—No tienes que hacer esto, Arek—dijo, su voz más suave de lo habitual—. Hay otras formas. Formas más seguras.
—La seguridad es una ilusión, Selene—respondí, abriendo la puerta del conductor—. Y estoy cansado de vivir entre ilusiones.
—Entonces deja que vaya contigo—insistió, poniendo una mano en mi brazo—. Si es una trampa...
—Si es una trampa, mejor que solo caiga uno—corté, más brusco de lo que pretendía—. Gracias, pero esto lo hago solo.
Sus ojos, por un instante, mostraron algo que rara vez veía en ella: vulnerabilidad. Luego asintió, retirando su mano.
—Ten cuidado. Y recuerda: escuchar es más seguro que ser escuchado.
El Club de Campo "Las Lomas" estaba a cuarenta minutos de la ciudad, enclavado en una zona donde el dinero era tan antiguo que había olvidado ser ostentoso. La elegancia aquí era discreta, letal en su sutileza. Usé la identificación de mi padre que Luther había... obtenido para mí. El portero, un hombre mayor con ojos que habían visto demasiado, me miró un segundo de más antes de asentir.
—El señor Ríos ya está en el Salón Cedro, joven Ríos —dijo, como si mi presencia fuera esperada.
Eso me detuvo. ¿Me esperaban? ¿O simplemente asumían que tarde o temprano aparecería? Decidí que era lo segundo. Mi padre siempre había operado con la certeza de que eventualmente entendería "cómo funcionaban las cosas”.
Encontré una habitación de servicio contigua al Salón Cedro, desbloqueada gracias a otra de las "herramientas" que Luther había adquirido. El aire olía a madera pulida, cera antigua y el fantasma de cigarros caros. A través de una rejilla de ventilación en la pared, las voces llegaron claras.
—... ineficiente, Francis—era la voz de mi padre, ese tono cortante que conocía demasiado bien—. Tu hijo causó problemas que todavía estamos limpiando.
—James era... impetuoso—respondió Francis Morgan. Su voz era más grave de lo que imaginaba, con un timbre educado que hacía que cada palabra sonara como una amenaza educada—. Pero no fue él quien alteró los registros de tu hijo en la escuela. Ni quien corrompió esos archivos de arte.
—¿No?
—No. Alguien más está jugando con tus fichas, Albert. Y las mías. Alguien que quiere que pensemos que somos enemigos, mientras ellos limpian el tablero.
Sentí un escalofrío. Selene tenía razón. Esto era más grande.
—¿Quién?—preguntó mi padre.
—Esa es la pregunta, ¿no?—Morgan hizo una pausa—. Tengo mis sospechas. Comienza con ciertos... círculos de coleccionistas. Hombres con gustos muy específicos y bolsillos muy profundos. Tu esposa anterior, Amelia... tenía conexiones en ese mundo, ¿verdad? A través de su familia.
El aire en mi pequeña habitación se volvió irrespirable. Mi madre. ¿Qué tenía que ver ella con esto?
—Amelia está muerta—dijo mi padre, y su voz tenía una dureza que no había escuchado antes—. Y sus conexiones murieron con ella.
—¿De verdad? —la voz de Morgan era ahora curiosamente suave—. Porque mi informante dice que ciertos patrones han reaparecido. Jóvenes talentosos, problemáticos, vulnerables. Que desaparecen en momentos de crisis y reaparecen... transformados. Tu hijo tuvo una de esas jóvenes en sus manos. La chica Sevilla.
Cada latido de mi corazón resonó en mis oídos. Elisa.
—Esa chica era débil. Un producto de su desorden familiar—dijo mi padre con desdén.
—O un candidato ideal —contraatacó Morgan—. Mi informante dice que no desapareció por voluntad propia. Alguien la recogió. Profesionales. El tipo que deja cero rastro digital pero un vacío perfecto en el mundo real.
—¿Tu "informante"? ¿Esa becada que has colocado en Aurora? ¿Nelia?—la voz de mi padre goteaba escepticismo—. No confío en fantasmas, Francis.
—Deberías—respondió Morgan—. Porque los fantasmas ven cosas que los vivos pasan por alto. Ella dice que hay una red. Que usa la escuela como cantera. Y que tu hijo, en su torpeza, prácticamente entregó a la chica Sevilla en bandeja de plata.
La culpa, vieja y familiar, se retorció en mi estómago. Pero junto a ella, nació una nueva comprensión. Elisa no había huido. La habían tomado. Y yo... yo había creado las condiciones perfectas para que sucediera.
—¿Y qué sugieres?—preguntó mi padre, su tono cambiando a pragmático.
—Que trabajemos juntos para descubrir quién está detrás. Porque si están reclutando en mi territorio y usando a tu hijo como carnada, nos están faltando el respeto a los dos. Y en nuestro negocio, el respeto no es una cortesía. Es una necesidad.
Hubo un sonido de vasos chocando. Un acuerdo tácito.
—Muy bien—dijo mi padre—. Pero mi hijo no lo debe saber. Todavía no está listo.
—¿Y cuándo lo estará?—preguntó Morgan—. Después de que lo usen como a un peón en un juego que ni siquiera entiende.
—Cuando haya aprendido que la compasión es un lujo—respondió mi padre, y sus palabras me atravesaron como cuchillos—. Por ahora, déjalo jugar en la escuela. Mantenlo ocupado. Y vigilado.
—Bien. Pero sabes bien que si sigue así terminaras buscándole una de esas ¿verdad?
—Lo sé. Necesito que mi familia siga. Si tan solo tuviera un encanto sería más fácil adaptarlo a esto, pero no se puede hacer nada.
Salí del Club como entré: en silencio. Pero algo fundamental había cambiado dentro de mí. No era el hijo desobediente que espiaba a su padre. Era un jugador que acababa de descubrir que el tablero era diez veces más grande de lo que imaginaba.
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Editado: 16.01.2026